Antes que la inteligencia

Antes que la inteligencia

En la posmodernidad está ocurriendo como en la anécdota de aquellos dos que corrían hacia un lugar y el más joven de ellos llegó antes, pero esperó a la puerta a que llegara el mayor y le cedió el paso. La ilustración ensalzó la “luz” de la razón, la cual estableció su imperio incluso sobre la misma libertad. Hoy, en cambio, se advierte que lo primero en el ser humano no es su razón sino su libertad y que aquélla ha de “ceder el paso” a ésta o, mejor dicho, devolverle el primer lugar que le había arrebatado.

La Revolución Francesa ya gritó “libertad”, especialmente en el plano político y público; pero, posteriormente, filósofos, poetas, religiosos y escritores de finales del siglo XIX y del XX, han clamado por una libertad interna, más profunda y a la vez más amplia, global, que abraza todas las dimensiones de la persona humana. Por supuesto, una libertad responsable. No se trata tanto de la libertad de elegir, del libre albedrío; éste es fruto de la libertad ya junto con la inteligencia. Se trata de algo anterior, algo más primigenio, previo a la razón, muy cercano a la conciencia. ¿Qué es este algo tan inicial en la persona humana?

Contemplando y gozando la belleza es como empieza a despertarse
la inteligencia, la curiosidad, el ansia de comprender.

La libertad tiende a la belleza

El saber popular ha acuñado la expresión “uso de razón” para dar a entender que la capacidad de razonar, aunque se posea desde pequeño, sin embargo, no se “usa” de modo suficiente para llamarla tal, hasta los 6 o 7 años comúnmente. Algo semejante se advierte en la capacidad de desear, la voluntad. En cambio, la capacidad de captar la belleza, de gozar de ella, es muy anterior. Ésta es la libertad que hoy se requiere rehacer.

De igual modo que la inteligencia busca la verdad y que la voluntad tiende al bien, la libertad se nortea por la belleza, es atraída por ella, se adhiere a ella. La misma libertad es bella, ya es belleza. Pues, como dice Alfredo Rubio, donde existe algún resto de esclavitud no hay belleza.

Los niños distinguen si aquello que ven, cosas, personas, actitudes, etc., es bello o es feo. Incluso hay indicios de una capacidad levemente semejante en animales, y se han hecho experimentos a fin de estudiar la reacción de algunos de éstos -perros, por ejemplo- ante dos recintos muy similares, equidistantes a ambos lados suyos y decorado uno de ellos con belleza y armonía y otro con fealdad y desorden. La mayoría de los casos eligieron el primero. (¿Habrá algún grado de “libertad”, por ínfimo que sea, en los animales, como parecen tenerlo de inteligencia y también de afecto o de “amor”?, pero éste es otro tema).

Vibrar sintónicos

Un niño, aún sin uso de razón, es capaz de gozar: le atrae un gusto agradable, un tacto suave y cálido, una mirada o una palabra tierna, o que le canten una nana. No está programado ni condicionado. Es pura libertad. Puede vibrar al unísono con aquello que le rodea.

Ésta es la profunda libertad: vibrar gozoso acorde con lo que se es, con la belleza de lo que existe que es verdadera y es buena, según el saber clásico. Sentirse atraído por ella. Sentir el éxtasis. O, por el contrario, sentir displacer y agitarse desacorde con la fealdad, con aquello que repele y disgusta. El que goza está empático y en paz con lo que es y con su entorno. El que está a disgusto, generalmente, ambiciona ser más, ser de otra manera.

A los niños pequeños se les puede educar para la belleza. Enseñarles a “ver”, a contemplar con sosiego. Darles tiempo “libre”. Esto es educarles en la libertad, pues ésta, como he dicho, se nortea por la belleza. Ésta es la primera educación a hacer, y puede y debe empezarse antes de su “uso de razón”. Es educarles en el hondón de su conciencia, posibilitarles desde el principio que cimienten y desarrollen bien su yo, que crezcan realmente libres, que sean “ellos”.

La belleza no puede no tener sentido

Contemplando y gozando la belleza es como empieza a despertarse la inteligencia, la curiosidad, el ansia de comprender. Porque -aquí viene lo importante- disfrutando de lo bello se intuye que la belleza no puede no tener sentido. Se advierte que ella no existe porque sí. Que algo bello no es, ni puede ser, una sinrazón, sino que ha de albergar una escondida coherencia interior. Y se empieza a buscarla.

Ha comenzado el quehacer de la razón. Aquí empieza su ejercicio. Una razón no idealista y meramente interiorizada sino objetiva, abierta a la realidad exterior e interior. Una razón humilde, que sigue a la libertad y a la belleza. Una razón no meramente pasiva o receptora sino también activa, interactiva.

Rehacer nuestra libertad es una tarea larga y esforzada. Se ha de ser paciente y perseverante. Para recolocar la libertad en su primer puesto en la tríada de cualidades fundamentales del ser humano (libertad, razón y voluntad), tenemos un aliado: el niño que somos, que todos llevamos dentro. Hemos de dedicar tiempo y sosiego, soledad y silencio para poder saborear y crear. Los artistas, esto lo saben bien. Vale la pena hacerlo.

Si la razón y la voluntad humana se atreven a confiar en la libertad de la propia persona, de las personas, a abandonarse en ella, surgirán consecuencias sorprendentes, casi “milagrosas”: la iniciativa, la creatividad que la mayoría de nuestra generación hemos tenido arreojadas durante tanto tiempo. No debemos tenerles miedo.

La libertad, sin embargo, no debe endiosarse. No pretender tiranizar a sus compañeras, la razón y la voluntad. Ella ha de estar abierta al acompañamiento constante de la inteligencia, que indagará en la libertad el sentido de las vibraciones y las empatías de esta última con la belleza, con el ser. Así crecerá la sabiduría. Y la sintonía entre ambas, libertad y sabiduría, será la buena base para que surja una sana voluntad: apetencias, deseos que sean armónicos, justos y gozosos para todos.

Libre nuestra libertad y norteada por la belleza, seremos artistas de nuestras vidas.

Juan Miguel GONZÁLEZ-FERIA
Publicado en RE 41

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