Soledades patológicas versus soledad fecunda

Soledades patológicas versus soledad fecunda

Sentirse solo es una desgracia, algo indeseado, una carencia de compañía que produce sentimientos de tristeza, abandono y un malestar, fruto de una soledad indeseada. Pero tener un espacio para estar solo puede ser una experiencia distinta, gratificante y de gozo. Estar solo en ciertos momentos tiene sus beneficios, sobre todo si es un espacio que se desea y valora.

Soledades negativas

* El mundo de hoy potencia el “solitarismo” como una construcción social individualista. No se ven sus estrategias pero se esparce este ambiente y, poco a poco, se cierran las relaciones, los círculos y los espacios a un nivel cada vez más personal. Así las personas nos vamos alejando unas de otras. Pareciera que la vida postmoderna tiene el propósito de enfermar a la gente: las crisis económicas y familiares, la soledad de tantos sin lazos afectivos, el vivir en un mundo sin ética…

* La soledad produce desesperación si no se tienen vínculos, afectos, familia, compañía, ni fe… Esa vivencia crea angustia y un dolor en el alma que no se elimina con fármacos, sólo la alivia la compañía, una palabra cercana, el enfrentarse a los miedos, ataduras y resentimientos que llevamos dentro.

* La soledad patológica es trágica, no sólo provoca angustia, también asfixia y ganas de morirse. Con frecuencia hunde sus raíces en la personalidad y en el desarrollo psicodinámico de las familias; también en algunos tipos de trastornos que se dan en la edad infantil (por ejemplo, los abusos sexuales).

* Existen otras soledades negativas. Desde el punto de vista existencial, la de los que pasan por el mundo sin conciencia de ser, de existir. Esto ocurre si no se asume en plenitud la existencia personal e intransferible que tenemos cada uno con sus múltiples posibilidades.

Esta soledad llega sin ser deseada, ni querida, no se disfruta e incita al escapismo puesto que todos los pensamientos que se agolpan son anómalos: resentimientos, pesimismo, exclusión, culpabilidad. En esta situación no se construye nada positivo ni creativo; es negación, ausencia del sentido de pertenencia. Se llega al deseo de morir, a la depresión, a la sensación de estar en el interior de un túnel negro. Aparece una soledad pobre, asfixiante, agónica donde se mitiga la pena, el dolor, la resaca…

Soledad para sentirme bien, o para descansar, o para disfrutar de la naturaleza; o para pensar, tomar el sol, contemplar, …

Soledad nutriente

Pero hay otros tipos de soledad que son positivas. Se disfrutan, son elección personal (temporal, momentánea o para toda la vida) y, por tanto, reporta crecimiento y felicidad. Soledad para no hacer nada y sentirme bien, o para descansar, o para disfrutar de la naturaleza; o para pensar, tomar el sol, caminar, contemplar, rezar… O, simplemente, hacer lo que me gusta sin interferencias de otras personas.

Estas soledades deseadas y nutrientes pueden llevarnos a un mayor conocimiento de uno mismo y de los otros; a relacionarnos con el mundo de los sentimientos y las emociones; a ser creativos en sus múltiples facetas; a desarrollar relaciones más auténticas y veraces; a sentirnos libres.

El artista busca este tipo de soledad creativa. Pues a pesar de la cercanía con otras personas se desea y se exige una soledad íntima, porque dentro de cada uno reside una profundidad que requiere ser descubierta a través de experiencias personales y de la observación que sólo se desarrolla en soledad y desde la soledad.

La inspiración del artista parte de ese lugar profundo e individual que no es compartido ni está sujeto a la conciencia o la subconciencia; aunque muchos tratarán de buscar en el mundo físico una correspondencia con este mundo interno.

Buscar espacios de soledad en la vida personal, desde un ámbito positivo, es una experiencia humana rica en interioridad, pero las prisas y la vorágine del mundo adormece. Llega a despertar la conciencia personal, es decir, la ciencia del conocimiento de mi propio yo, ofreciendo la oportunidad de reconocer con sorpresa la gratuidad de mi ser -podríamos no haber nacido nunca- puesto que nos engendraron.  Descubrir esta vivencia existencial, como una lotería o una suerte entre miles de millones, poco a poco se torna en profunda alegría. Ésta surge del hecho de sentir que ¡soy!, en lugar de no ser o la nada. Soy lo que soy y como soy; o no sería nunca y de ninguna otra manera.

Esta inmersión soledosa, deseada, constructiva, serena, solitaria no es ni huida, ni escapismo es zona de libertad. Promueve y hace posible un proceso de introspección personal desde la misma realidad. De ahí surge el amor, la solidaridad, el pleno sentido de la vida a partir de la experiencia de que existo y no estoy sólo en el mundo.

Anna Maria OLLÉ BORQUE
Del Ámbito María Corral
Santo Domingo (República Dominicana)

Publicado en RE 68

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