¿Por qué ser solidarios?

¿Por qué ser solidarios?

Hacia una corresponsabilidad social

A menudo se invita a la gente a ser solidaria. Solidarios con los que están desempleados, con los ciudadanos víctimas de las guerras, del hambre o de cualquier otra calamidad, con los enfermos, etc. Pero, ¿desde dónde se edifica la solidaridad? ¿Quién debe ser solidario, con quién y por qué? Y ¿qué significa ser solidario? ¿Por qué tenemos que preocuparnos de los problemas de otros, tanto de los que viven en otros países o de aquellos residentes unas calles más allá de nuestra propia vivienda?

«El hecho de existir
debería ser el origen de toda acción solidaria.»

A menudo vivimos la solidaridad de manera fraccionada: unas veces somos solidarios porque no hay trabajo, otras porque hay problemas económicos, también porque la integridad física de las personas ha sido violada, o porque un fenómeno natural ha provocado inundaciones, falta de alimentos, de albergue, etc. Cuando así actuamos debemos entender que todas estas acciones son apenas fracciones de una solidaridad global, en la que existen motivaciones diversas: se puede ser solidario por mero altruismo o por el interés de que nuestra acción solidaria revierta en un bien para nosotros. Y puede suceder que seamos solidarios porque estemos en el centro de la situación y debamos interrelacionarnos so pena de hundirnos todos. Otra forma de acción de solidaridad es por sensibilidad humana y compasión con los más débiles y necesitados, aun cuando no haya nada en común con éstos.

Hay otra razón más profunda para vivir la solidaridad que podríamos denominar solidaridad existencial, y es decir pensar y sentir que de un lado y otro los dos existimos habiendo podido no existir. Soy solidario con este otro -sea quien sea- porque existe como yo. Este fundamento, esta razón para la solidaridad es quizás más evidente, se hacen más sólida, apropiada y también más natural.

El hecho de existir debería ser el origen de toda acción solidaria. Basarse en esta fraternidad en la existencia, es aceptar que los otros que conviven conmigo, o que residen en otros lugares del mundo, no son extraños a mi persona o a mi familia. No existe ningún ser humano que pueda ser considerado inferior en dignidad respecto a otro, ya que esta dignidad básica proviene del hecho de existir, y éste lo compartimos todos en igualdad de condiciones.

Darse cuenta de que somos hermanos en la existencia por el mero hecho de existir hace que resituemos en el lugar exacto a la familia carnal, los amigos y los conocidos, entre otros. Porque en el fondo sabemos que hay una concepción más amplia y que estos grupos no se acaban en la consanguinidad, en unas fronteras político-geográficas, sino que se extienden a todos aquellos que, siendo fruto de la misma historia, se convierten en nuestros contemporáneos.

En definitiva, tal vez no hay que buscar demasiadas razones para ser solidarios, da lo mismo si son padres, hijos, hermanos, vecinos, amigos, enemigos, conciudadanos, extranjeros, pobres, ricos, conocidos, desconocidos, etc. En el fondo, es suficiente con que existan. Ante esto, los otros calificativos se convierten en pequeñeces.

Anna Maria OLLÉ
Ámbito María Corral
República Dominicana
Publicado originalmente en RE 63

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