Brotes primaverales

Brotes primaverales

Fotografía: Josep Alegre

Desde el 12 de julio de 2019 estamos celebrando el centenario del nacimiento de Alfredo Rubio de Castarlenas, creador e impulsor del realismo existencial. Este evento motivó la publicación del artículo de investigación Pedagogía de la amistad existencial el pasado mes de agosto. (https://www.revistare.com/2019/09/pedagogia-de-la-amistad-existencial/) [i]. Desde la sección de pedagogía queremos profundizar este tema, sucesivamente a lo largo de este año de centenario, exponiendo nuevos matices de las intuiciones pedagógicas de Alfredo sintetizadas en el artículo antes mencionado.

“El secreto de madurar
y de expandir todo lo que uno puede dar de sí,
se encuentra en el amor dado y recibido”
Alfredo Rubio de Castarlenas

El milagro del universo es imparable. En primavera,  puntualmente, la vida revive en diversidad de verdes, reapareciendo en rica cromacidad en las flores, activándose en los animales…, anunciando un esplendor en ciernes. La naturaleza nunca se cansa, y también las personas somos invitadas a florecer y fructificar en nuestra existencia y orientar nuestra energía creadora completando el milagro tras la erosión. Las fibras y células de las plantas se movilizan e inician la construcción de la planta hoja tras hoja. Las yemas,  apretadas unas contra otras, comienzan a crecer tras las ramas y los tiernos brotes se ponen en marcha. Flores, frutos… todo brota y crece.

La primavera del espíritu y el corazón

La primavera asoma en las personas cuando volvemos a ver “desde dentro” nuestros ritmos vitales, ventilamos, reconectamos… el alma, para gestar nuevas oportunidades y avanzar juntos aunando esfuerzos en pequeños pasos para el bienestar compartido. La primavera del espíritu y el corazón nos ponen en camino, nos devuelven el entusiasmo y la alegría, y nos proyectan, en un brote primaveral vinculado y armónico,  alentando juntos el arte de vivir. Esta vertiente social del ser humano se inicia en la aceptación de la propia realidad y la de los demás que nos conecta, en la búsqueda del bien personal y ajeno con respeto y amor…, desde la corresponsabilidad, la cercanía, la unidad y el afecto.

Hemos de orientar nuestra energía y aprender a vivir junto con los demás porque todos somos uno. Coexistimos en el tiempo y en un espacio. Somos interdependientes y hemos de interactuar desde valores como la autoestima, la sensibilidad, la empatía, la tolerancia, el esfuerzo, la compasión, la bondad, la cooperación, la justicia, la generosidad, el altruismo…, por un bienestar compartido que posibilite que la primavera brote para todos. Si sumamos fuerzas construimos una sociedad humana, amigable, pacificada y en fiesta. Nuestra acción colectiva en el entorno socio-comunitario, genera solidaridad, fraternidad… y un tejido social pleno creado por nuestra inteligencia y acción colectivas.

Existir codo a codo

Fotografía: Josep Alegre

Ser uno por la savia común de existir, es un primer grado de comunión en esta primordial familia en la que las diferencias se proyectan después. Existir codo a codo, formar parte del mismo equipo, hermanarse libremente, construir una fraternidad inclusiva, encontrase convocados por el amor,… nos impulsa a un progreso fraternal que hemos de compartir en el tiempo. Caminar juntos, ayudarse abnegadamente, sacrificarse unos por otros, quererse de verdad…, porque el amor nos agrupa a todos. El anhelo del bien para el amigo, que es digno e igual a nosotros, nos dispone al a la generosidad. Este brote dilata y gratifica el corazón, nos envuelve, nos proyecta hacia el bien, lo útil y lo festivo.

Este afecto recíproco y permanente, basado en la cercanía, la confianza y la afectividad, se convierte en fuerte vínculo espiritual que nos aúna en amistad verdadera. Es una relación exigente que nos concilia con cada persona, asumiendo en todo su condición humana y aceptando las implicaciones que la existencia fraternal conlleva. En este vivero no hay diferencias porque nos une la misma savia amical. El bienestar material conjunto es solidario, se protege y se defiende, porque es tierra común. La armonía entre todos es esencia y cualquier gestión de conflictos la protege. En esta disposición los brotes que van surgiendo, desde lo que somos, son fecundados por la agrupación de corazones.

El buen campesino sigue los tiernos brotes primaverales que asoman, frágiles y prometedores. Observa cómo van creciendo, desarrollándose, ramificándose, encalleciéndose…, y envejeciendo, según la luz y savia que les llega. Entre sus tareas centrales está podar, injertar, reproducir con esquejes…, para reencauzar, equilibrar, impulsar o multiplicar, armonizar…, la energía propicia. Ha de “abrir” la planta al aire, a la luz y a la armonía, favoreciendo que la savia pueda circular y los líquidos internos, impulsados desde las raíces, se movilicen hacia dentro y hacia fuera. Esto precisa, en ocasiones, intervenciones traumáticas como podar las raíces y las ramas, o modificaciones y mejoras compatibles con su progreso.

Construir una fraternidad inclusiva

La primavera de las personas también ha de cuidarse, corresponsable, solidaria y permanentemente,  para obtener buenos frutos. Necesitamos aprender juntos a desarrollar valores, actitudes y habilidades que profundicen en lo propio para abrirlo generosamente al otro. Desde que nacemos estamos predestinados a vivir en sociedad: tolerar, respetar, colaborar, seguir normas… por lo que hemos de gestionar bien las relaciones interpersonales. Para que esta savia personal y colectiva llegue a ser convivencia positiva entre todos, para cohabitar en armonía y de manera saludable…, hay que crear un ambiente de confianza mutua en un proceso lento de educación inicial, continua y permanente.

Esta línea educativa se agrupa en las competencias sociales que nos ayudan a actuar de manera positiva y constructiva. Son competencias para la vida que nos movilizan y dirigen manifestándose en la acción concreta favoreciendo la adaptación, la autoeficiencia, la aceptación de los otros y el bienestar. Estas aptitudes no son estáticas y evolucionan con nosotros. Las podemos trabajar a partir de cinco pilares: la empatía que empuja a ponerse en el lugar del otro con sensibilidad y apertura; la asertividad que ayuda a integrarse y participar adecuadamente con los propios recursos; la autoestima que abre a la heteroestima; la comunicación leal y la vinculación con el bien que orientan la convivencia positiva.

Esta educación de las emociones es indispensable, en el desarrollo de la personalidad y el bienestar individual y social. Ha de ser nutriente, continuo y permanente, que oriente la elección de las mejores alternativas, asumiendo tanto nuestras emociones como las de los demás, y buscando un clima favorable y de calidad en el conjunto de relaciones. Esta cultura escolar pacificadora prepara para tomar decisiones reflexivas y asertivas, promueve relaciones democráticas e incluyentes, crea espacios de aprendizaje y experimentación. Este proceso, dinámico y en construcción, utiliza metodologías activas basadas en el aprendizaje cooperativo, fomentando, además, las relaciones de amistad y cohesión.

Fotografía: Josep Alegre

La savia del amor dado y recibido

Nuestro vivir es convivir. La coexistencia se da socialmente pero la convivencia hay que construirla día a día. En lo relacional hemos de impulsar interacciones positivas apoyadas en valores compartidos de respeto y tolerancia, de participación y creación de espacios de comunicación e intercambio. Lo que da valor al vivir juntos es el compartir desde nuestras semejanzas. Todos estamos implicados en la educación, de manera directa o indirecta, y somos responsables de generar relaciones erigidas desde el respeto, la igualdad, la tolerancia, la justicia… Porque enseñar y aprender a convivir, trabajar por el bien común…, han de ser siempre pilares de la educación.

Hay acciones que extienden la savia pacificadora: la acogida, la comunicación, las relaciones interpersonales, el reconocimiento del otro, la cooperación, la gestión democrática de las normas, la expresión positiva de las emociones, la confianza en los otros, la inclusión de toda la diversidad, la resolución constructiva de los conflictos, la convivencia inclusiva y democrática, la observación activa y permanente de la convivencia…, el manejo de los límites con diálogo, deliberación y acuerdo; la búsqueda abierta y constructiva del hablar y pensar juntos; las prácticas efectivas de inclusión, cuidado y aprecio; la democracia solidaria que desarrolla la empatía, la tolerancia y el respeto…

La primavera proyecta y moviliza. Nos reconecta y vincula en las similitudes que coexiste con y entre nosotros. Esa savia personal y colectiva nos empuja a convivir e interactuar en armonía en comunión de corazones, aceptando las implicaciones que eso supone. Esa fraternidad inclusiva va configurando un tejido social pleno que ha de consolidarse, brote tras brote. Para ello hemos de orientar nuestra energía proyectándola hacia el bien y favorecer que la savia circule al movilizarnos hacia dentro y hacia fuera. Esta disposición la hemos de educar y construir juntos eligiendo las mejores alternativas para crear en la tierra un trocito de cielo donde los brotes primaverales sirvan para ajardinar el mundo con la savia del amor dado y recibido.

Josep ALEGRE
Profesor, filólogo y educador socio-cultural
Barcelona, España
Mayo de 2020

[i] Este artículo se ha ido concretando progresivamente: El mapa vital (https://www.revistare.com/2019/11/el-mapa-vital/) y Bien  aventurados (https://www.revistare.com/2020/02/bien-aventurados/).

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