Los límites de la corporeidad

Los límites de la corporeidad

Si no reducimos el cuerpo a desnuda y cruda estructura anatómica, el cuerpo humano aparece como una viva materialización orgánica suficientemente consistente y concreta, aun siendo, paradójicamente, la menos sólida del mundo físico. Y es que su presencialidad, bien visible y patente, se resiste a ser tratada como una realidad material más. Uno, ciertamente, no puede relacionarse con su propio cuerpo como si fuera un objeto exterior ajeno a sus sentidos, pensamientos y sensaciones. Y no lo puede hacer sencillamente porque cualquier relación que tenga le pone delante los mismos límites de su corporeidad, se dé cuenta o no.

«La corporeidad no se agota en su dimensión física, material, social, y espacial.»

La expresión “hacer lo que el cuerpo me pide” lleva a la conciencia de la persona el deseo más perentorio de ser libre en todo aquello que le proporcione placer corporal y directa gratificación de los sentidos. Más que una demanda del cuerpo, quizás sería más adecuada una orden suya. Una especie de orden incondicional a su poseedor para dejarse mandar con clara complacencia por éste sin poner objeciones ni resistencias. Así, por lo tanto, a su gusto. En efecto, todos pueden atribuirse el derecho de hacer lo que le plazca con su propio cuerpo sin tener que justificar a nadie el trato que le dé, guste o no a los demás.

La corporeidad que le constituye, sin embargo, no es un valor absoluto. Y en cuanto el individuo entra y se sitúa dentro de un marco de relaciones intersubjetivas, deja en cierta manera de lado, sin desdoblarse, su cuerpo físico para formar parte de un cuerpo social. Y es en él donde uno se puede encontrar mejor o peor consigo mismo y con los otros individuos que conformen este cuerpo social.

En la dialéctica del ser y el tener, entre afirmar que somos o tenemos cuerpo no hay demasiada diferencia a pesar del calado ontológico que conferimos al ser delante del simple tener, entendido generalmente en sentido de posesión, pertenencia o propiedad. Pues si afirmamos que somos cuerpo no es para negar que tenemos un cuerpo sino para remarcar la soberanía y primacía de éste en tanto que real por el sujeto personal que se hace, por decirlo así, amo y señor.

Su corporeidad le es intrínseca como ser humano por mucho que pague tributo a todas las servitudes, fragilidades, limitaciones, chacras y debilidades connaturales a su contingencia. Y por mucho que uno pueda sentirse y pensarse separado del cuerpo, o bien talmente se viviera como una mente con la conciencia inquietante y no exenta de sufrimiento de cargar su cuerpo sobre sí.

Con todo, uno también intuye que en sí hay alguna cosa más que el cuerpo que es y tiene. Digámoslo espíritu, fuerza interior, energía interna, etc. que habita en su cuerpo sin hacerse extraño. Entonces, cualquier experiencia comportará no sólo la visibilidad objetiva de las expresiones propias del lenguaje corporal sino también la invisibilidad subjetiva de lo que se vive para uno mismo, por abierto, receptivo y sensible que sea con los otros.

Y es que la corporeidad no se agota en su dimensión física, material, social, y espacial. El hecho que nuestro cuerpo ocupe necesariamente un lugar en el mundo, y que interactúe, no tiene por qué hacer creer que una vez muramos lo perdamos todo: cuerpo, lugar y mundo. Que nuestra vida en la tierra tenga su tiempo largo o corto no convierte nuestra finitud en definitiva. Ni la infinitud, en una ilusión. O la eternidad, en una invención ingeniosa de la mente humana.

Es, curiosamente, nuestro cuerpo que, sabiéndose mortal, nos informa de su fin temporal en cada acción y movimiento, evidenciando así mismo en cada latido del corazón su corruptibilidad y a la vez su perdurabilidad en un nuevo estado que, nunca mejor dicho, está por ver. Y a mi parecer, es bueno creerlo.

Josep JUST SABATER
Poeta
Publicado originalmente en RE catalán núm. 98

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