Sanar nuestras relaciones humanas

Sanar nuestras relaciones humanas

«Todo ser humano tiene en su interior el profundo deseo
de dar y recibir afecto auténtico; ser valorado y acogido
con sinceridad por parte de otro ser humano.»

Las relaciones entre las personas suelen ser la fuente más profunda de su vivencia de plenitud o desgracia. Son el baremo con el que en el fondo del corazón se mide la satisfacción interior sobre la propia vida. Nos lo confesamos o no a nosotros mismos, casi todos los demás bienes que se buscan ardientemente: dinero, belleza, ropa y objetos, incluso el poder, tienen por meta convencerse de que uno vale algo y puede conquistar la estima y la consideración de alguien. Todos deseamos sentirnos «alguien» ante alguien. Aunque en el terreno de la realidad, estos bienes a veces nos alejan precisamente de estos vínculos que anhelamos.

Y es que no se nos enseña cómo establecer relaciones satisfactorias, sanas, constructivas, que llenen. Es un aspecto educativo que suele dejarse abandonado a la improvisación. Los niños no aprenden a ser amigos/as, no se les enseña a gestionar sus sentimientos básicos de afecto, rechazo, miedo, celos, envidia … Y simplemente imitan lo que ven hacer a las personas mayores cercanas o lo que les presentan las historias de ficción.

Todo ser humano tiene en su interior el profundo deseo de dar y recibir afecto auténtico; ser valorado y acogido con sinceridad por parte de otro ser humano. No todos aprenden que esto supone y requiere reciprocidad, es decir, acoger, valorar y apreciar también al otro. Este aprendizaje se basa en la llamada «construcción de la alteridad», que normalmente se da entre los cuatro y ocho años, y consiste en pasar del egocentrismo de la primera infancia a la conciencia de que los que tenemos alrededor, son «otros yos», son personas que sienten, necesitan y reaccionan de manera similar a uno mismo.

Si la educación ha facilitado este proceso, si niños y niñas han sido respetados y han visto en su entorno unas relaciones de respeto entre los adultos, es más probable que desarrollen este sentido de comprensión y empatía hacia quienes los rodean. Pero, se debería ir más allá: enseñarles activamente cómo relacionarse, cómo gestionar los conflictos, cómo mantener el respeto de sí mismos, cómo gestionar el deseo de ser aceptados al momento crudo de la adolescencia…

Cómo evaluar nuestras relaciones con otros

Hay que decir que el aprendizaje infantil es lo que nos da la medida de lo que consideramos «normal». Por lo tanto, a veces se establecen relaciones destructivas en las que se encuentra una relativa satisfacción porque no se conoce otra modalidad. Incluso pueden llegar a ser muy estables.

Pero si consideramos que las personas son libres, inteligentes y capaces de amar, vemos que están llamadas a establecer relaciones que mantengan estas notas, y que las mantengan de manera recíproca.

Por lo tanto, hay que preguntarnos: ¿Nuestras relaciones con los demás, están establecidas y mantenidas libremente? ¿Son relaciones en las que hay respeto por las ideas y modos de vida de cada uno? ¿El amor se da y se recibe de manera recíproca o es sólo unilateral?

Propongo unos síntomas que deberíamos detectar desde los inicios para evitar males mayores.

El primero es el dominio/sumisión: uno manda y el otro obedece. Son relaciones de mutua dependencia que pueden llegar a ser muy estables, pero que infantilizan a ambos: el dominador porque no puede prescindir de su dominado, y éste porque sin el dominador está perdido. La humillación del otro se vuelve un hábito terrible que marca estas relaciones. La terapia —o tratamiento preventivo— es la de la autonomía: ser personas capaces de mantenernos en pie y caminar por nosotros mismos, sin depender de otra persona que nos haga sentir dignos de vivir.

Otro es la imitación del otro: cuando uno se siente tan poca cosa, que imita al otro para darse algún valor, olvidando la propia dignidad y la importancia de ser uno mismo. La terapia o prevención consiste en «caminar en la verdad», siendo lo que se es, ni más ni menos. Ir encontrando en nuestro ser su valor propio tal como somos.

La tercera sería establecer las relaciones en términos de competitividad, luchas de poder para ver quién manda. No son tan asimétricas como las primeras, pero aspiran a serlo. No conocen otro modo de relación que el vertical. ¡Cuántas parejas o amistades viven así!, en un círculo vicioso que no permite la confianza y el reposo en el otro.

La mutua utilización es una relación de iguales, pero instrumental. De hecho, no existe un vínculo. Es una relación funcional donde ambos se utilizan para el propio beneficio. Tienen aún que descubrir lo que significa el encuentro auténtico, reconocer en la otra persona a un interlocutor de igual dignidad y que sea un fin en sí mismo, no un instrumento al propio servicio.

Y finalmente el miedo y la desconfianza: el temor de ser agredidos o de no ser aceptados, la duda sobre la lealtad del otro, que podría considerarse un común denominador de todas las anteriores. El síntoma más evidente que la relación no va por buen camino.

Autonomía, autenticidad, humildad, generosidad y amor, serían los ingredientes de unas relaciones humanas que realmente nos hagan sentir dignos, llenos y felices. Con respeto de uno mismo y del otro; con el valor de ser uno mismo, en un mutuo servicio y estima, en un encuentro sincero, y confiando en la libertad del otro.

Todo un maravilloso desafío.

RELACIONES ENFERMAS TIPOS TERAPIA RELACIONES SANAS
Dominio/sumisión Estable Autonomía Respeto de sí mismo y del otro
Imitación del otro Inestable Autenticidad Valor de ser uno mismo
Luchas de poder Inestable Humildad Mutuo servicio
Mutua utilización Estable Generosidad Encuentro
Miedo y desconfianza Inestable Amor Confianza en

la libertad del otro

Leticia SOBERÓN
Cofundadora Innovation Center for Collaborative Intelligence
Publicado originalmente en RE catalán núm. 95

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