El alfarero

El alfarero

«El alfarero moldea amorosamente el barro
blando y húmedo, le da forma, dedica un tiempo.
Cada pieza será única, como cada ser humano…»

J. Tolentino, en su libro Pequeña historia de la lentitud, nos dice que la vida es completamente artesanal y requiere de la paciencia del alfarero. Este oficio, ahora casi desaparecido, es un buen ejemplo de lo que muchos de nosotros experimentamos en el día a día. Hacer y deshacer. Moldear, retocar, aceptar que no somos perfectos… y descubrir que justamente eso es lo que nos hace únicos y estimables cada uno por cómo es.

El educador lo tiene claro: no hay ninguna receta mágica para acompañar en la aceptación de uno mismo al educando -sea niño o joven- en su proceso de crecimiento y descubrimiento personal. Transmitirle que no hay nada más difícil que aprender a convivir con uno mismo y darse ante los tropiezos una segunda oportunidad.

Como educadores se nos entrega una vida, un proyecto de persona que será el que quiera ser con la suma de lo que todos sus referentes adultos le faciliten. Se nos confía el acompañamiento de aquel futuro que ya es presente y que busca, en sí mismo, cómo ser quien ya es con todo lo que conlleva.

El alfarero moldea amorosamente el barro blando y húmedo, le da forma, dedica un tiempo. Cada pieza será única, como cada ser humano, seguro que imperfecto a los ojos de unos y perfecto a los otros, y eso es lo que lo hará único y reconocible, con un aspecto propio e irrepetible, con un carácter y una manera de hacer concretos.

Ser imperfecto no es sinónimo de ser un fracasado o una mala persona, ni de «soy así y no voy a cambiar nunca». Ser imperfecto es darnos cuenta que somos humanos, cometemos errores, nos equivocamos, caemos… Ser imperfectos nos hace topar con la realidad, marcarnos retos y objetivos de superación, levantarnos siempre. Nos hace diferentes unos de otros y por lo tanto nos lleva a tener que aprender a convivir, a valorar la diversidad. Nos hace pacientes con nosotros mismos, y nos lleva a un trabajo personal para limar aristas, pero no para igualar y construir personas perfectas y clonadas, sino para descubrir positivamente nuestras capacidades y singularidades, nuestra personalidad con todos sus pormenores.

El alfarero mira satisfecho su obra. Hecha a mano, una por una, buscando la originalidad. Ni perfecta ni imperfecta, sino única.

Cada uno de nosotros nos hacemos en nuestro proceso de crecimiento, con la ayuda de los demás y de la sociedad. Nos encontramos a nosotros mismos.

El educador, como el alfarero, conduce con estima y suavidad el crecer de los niños y jóvenes para que aprendan a gestionar ellos mismos sus límites, su vida y se acepten tal como son, con la humildad de quien se sabe frágil y vulnerable, después de todo, simplemente humano.

Anna-Bel CARBONELL RÍOS
Educadora
Publicado originalmente en Revista Re Catalán num 92 «Humans, tanmateix imperfectes»

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