La imperfección artística

La imperfección artística

Si nos ceñimos a las definiciones que encontramos en varios diccionarios de lengua sobre la palabra imperfecto, siempre encontramos la misma definición: «Cosa que tiene algunos errores o defectos». ¿Esto realmente se cumple siempre? ¿Estamos seguros de que con una mirada tan simple ya lo tenemos todo resuelto?

«La belleza de la imperfección… la aceptación
de la diferencia, de la fealdad, de lo que está roto
y se puede rehacer dándole otra mirada.»

Como siempre, el arte viene al rescate. Es el mejor ejemplo de vida para demostrarnos que no hay que quedarse nunca en la superficie. Como decía el escritor Carles Hac Mor: «La imperfección no significa que no se busque la excelencia. Quiere decir saber ver lo que hay detrás de lo que se representa o se quiere decir.»

Esta aseveración es así. Y es que la imperfección y el arte han ido siempre juntos. En muchas ocasiones, esta ha ayudado a llegar a la máxima corrección y belleza deseadas. Es la que ha ayudado, y aún lo hace, a dotar de vida la obra. La que la hace única y que te provoca cuando te encuentras delante de ella. Es lo que muchas veces esconde el gesto artístico. No puedes evitar sentir un hormigueo, y nada vuelve a ser lo mismo.

Un caso muy paradigmático y que lo ejemplifica a la «imperfección», es el Panteón de Atenas. Los antiguos griegos han sido siempre considerados los máximos exponentes en la búsqueda de la perfección en todo lo que emprendían, incluso, en el arte de la guerra. Para llegar a esta precisión, utilizaban las matemáticas, concretamente la geometría, como base de su creación. Por poner un ejemplo, en el siglo V, los arquitectos Ictino y Calícrates incorporaron a las columnas rectas del Partenón, lo que ellos llamaban «correcciones matemáticas». Estas correcciones eran fórmulas matemáticas calculadas con precisión para engañar el ojo humano, creando una ligera convexidad llamada éntasis. Engañándolo de las ilusiones ópticas que se producían por el uso de muchas líneas paralelas y horizontales combinadas a la vez que vistas desde lejos creaban un efecto no deseado.

¡Ya lo tenemos! La imperfección como correctora para poder dar el efecto deseado de belleza. Y, sobre todo, que no parezca que el templo se te echa encima, que es el efecto no deseado que nos daría esta maravilla si no lo hubieran hecho. Y cuando estáis justo en frente, es cuando podéis ver la imperfección: las grandes columnatas son más anchas hacia el medio y no tienen una perfecta proporción. Parece que estas correcciones las hicieron en algunos edificios más, pero nunca de forma tan exagerada.

Nuestros antepasados ​​nos dan muchos ejemplos de que no hay que quedarse con la primera impresión. Los otros grandes buscadores de perfección a imagen de los griegos y romanos, fueron los renacentistas. Sin entrar en grandes detalles, sólo como ejemplo, os pediría que si tenéis ocasión de ir por Florencia, os miréis la escultura del David de Miguel Ángel, y veréis cómo sus proporciones no son canónicas, también precisamente para engañar el ojo humano. El David, que tantos suspiros levanta, si el florentino hubiera hecho la escultura con las proporciones adecuadas, no lo veríamos tan esbelto, y parecería bastante monstruoso. Una vez más la imperfección al servicio de lo bello.

Buscar la perfección

¿Por qué este reiterado interés en engañar el ojo humano, si precisamente lo que estas culturas buscaban era la perfección? ¿Lo que ellos creían que era la representación de la naturaleza? Si teóricamente huían de la imperfección, ¿por qué encontraban desorden y mala praxis? Pues porque ellos sabían que la naturaleza era imperfección, que precisaba desorden para crear el ideal de orden.

«El David, que tantos suspiros levanta, si se hubiera hecho con las
proporciones adecuadas, no lo veríamos tan esbelto, y parecería
bastante monstruoso… la imperfección al servicio de lo bello.»

Lo que hace que las personas y las cosas sean únicas, es precisamente el no uniformizarlas, el no buscar que respondan a los mismos cánones artísticos e incluso matemáticos. Ya desde los inicios del siglo XV, el artista se preocupa de no ser un transmisor neutral, sino de imprimir en la obra su propia huella. Huyendo así, la mayoría de las veces, de la idealización que suele acompañar la búsqueda de la perfección.

La imperfección, muchas veces ligada a la fealdad, se hizo protagonista a partir de este preciso momento en que el artista decide tener un mundo propio y se siente libre.

En el siglo XVII, el filósofo Baumgarten, fue quien de forma explícita, identificó el concepto de belleza con el de perfección. Pero Rosenkranz, un siglo más tarde, le contradice apostando por la relatividad del concepto de imperfección, poniendo como ejemplo la naturaleza tan apelada por los buscadores de perfección: «La hoja es imperfecta respecto a la flor y ésta lo es respecto al fruto». Por lo tanto, él venía a decir que nunca imperfecto puede ser igual a bello, ya que el primero contribuye a caracterizar las cosas. Es el alma que encontramos en las cosas, «el ángel» que llaman los andaluces, el «je ne sais quoi» de los franceses. Es esto, la imperfección que nos hace únicos. Y este es el hilo que los estéticos contemporáneos han ido siguiendo.

Cuando se va en busca de la perfección, se puede incurrir en el error de llegar a un vacío insoportable, porque nos damos cuenta de que ésta no tiene alma y que lo que hace es uniformizarnos como robots perfectos. Autoengañarnos, obligándonos a taparnos bajo capas y capas de maquillaje, ropa y perfumes. Y cuando nos los tenemos que sacar, porque tarde o temprano esto ocurre, nos encontramos como los señores de la corte de Luis XIV, que cuando se sacaban las pelucas o el maquillaje se les caía por exceso, salían los piojos y los parásitos que vivían debajo. ¡Y esto no es una metáfora!

Y no es sólo la tradición occidental la que rompe con el sentido negativo de la palabra. Hay una premisa filosófica zen llamada Wabi-sabi que habla de la belleza de la imperfección. Es un término estético japonés que reconoce tres premisas básicas: 1) Nada dura para siempre; 2) Nada está completo, y 3) Nada es perfecto. Es la aceptación de la diferencia, de la fealdad, de lo que está roto y se puede rehacer dándole otra mirada.

Es una de las grandes lecciones que muchos necesitamos aprender. La imperfección es una herramienta que tenemos para llegar a mundos que de otra manera ni conoceríamos. Y nos pone a todos al mismo nivel. Sólo por eso la necesitamos en nuestras vidas. También por eso tenemos que hablarles a nuestros descendientes. No se ha de evitar porque es lo que nos hace ser personas y lo que nos define como individuos.

El arte, como hemos visto, la ha convertido en una aliada a la hora de construir su discurso y de dotarse de sentido, como tenemos que hacer nosotros.

Mar FORCADA NOGUÉS
Licenciada en historia del arte
Publicado originalmente en Revista Re Catalán num 92 «Humans, tanmateix imperfectes»

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