Una exterioridad llena de silencio

Una exterioridad llena de silencio

No es habitual estar en un lugar donde puedes ver salir el sol cada mañana y ponerse por la tarde, sin moverte prácticamente del mismo lugar. No es habitual para las personas que vivimos en la ciudad… pero, para las personas que viven en Chiu-Chiu o en cualquier pueblecito del altiplano del desierto de Atacama, el ritmo del día está marcado por el astro y así calculan sus tiempos.

«Una exterioridad llena de silencio, exenta de obstáculos, facilita enormemente el ejercicio interior, vaciarse.»

El desierto es inmenso y las distancias son difíciles de prever porque entre un punto y otro no hay casi nada, no hay árboles o edificios para medir la perspectiva, simplemente está el horizonte. Y entre el horizonte y el punto de referencia, kilómetros. Piedras, pequeños montículos y aunque poca, vegetación leñosa. Viento, por la tarde comienza el viento. Una persona que no conoce, no ve puntos de referencia, para un atacameño, está claro donde es el norte… siempre.

Es cierto que cuando una persona quiere y busca el silencio, puede hacerlo en casi cualquier parte, pero hay lugares que ayudan más que otros. Una exterioridad llena de silencio, exenta de obstáculos, facilita enormemente el ejercicio interior, vaciarse. Suena raro hablar de vaciarse y posiblemente no se entiende demasiado si no se ha tenido experiencia, cada uno la suya, personal y única. Y el desierto lo pone fácil, ayuda a dejar de lado lo que puede molestar, lo que pesa, lo que no sirve, tal vez, incluso, casi de forma inmediata: llegar y empezar a conectar con el ritmo del día, con el cielo y la luz, con que no se necesita casi nada, con que todo tiene sentido y es más sencillo de lo que parecía.

La interioridad se cultiva, se le debe dedicar tiempo y a veces, no siempre es disciplina, dedicación, perseverancia. Cuanto más nos vaciamos, más nos llenamos de luz, una luz intensa que nutre el ser. Y después, cuando volvemos a la ciudad, al ritmo impuesto por las horas, no por el sol, podemos cerrar los ojos y buscar dentro aquella luz que nos llena y es como tener un ahorro, un pequeño dique.

Aprender a hacer silencio implica hacerlo, apagar los ruidos, exteriores e interiores, no es fácil. Una exterioridad silenciosa, tan luminosa e intensa de día que pide un espacio curado, por eso hay que estar dentro, recogerse, poner pausa, cuando vamos al desierto, vamos a buscar profundidad.

El desierto es un lugar para ir solo o con aquellos que entienden el silencio.

Elisabet JUANOLA SORIA
Periodista
Santiago de Chile
Publicado originalmente en Revista Re Catalán núm. 97 «Interioritat»

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