Cuanto más ligeros, más felices

Cuanto más ligeros, más felices

«Francisco de Asís, entre el 1182 y el 1226, destacó por
su experiencia profunda de fraternidad con todo lo existente,
una fraternidad que representa un cambio de paradigma.»

Paseando, Siscu fue recorriendo las calles donde había vivido su infancia y juventud y reconociendo algunos edificios todavía existentes que su abuelo había construido cuando se diseñó todo aquel barrio. Inmigrante italiano, llegó a Chile por los alrededores de la primera década de 1900, se quedó, tuvo hijos y después nietos, uno de ellos es Siscu. Cuando el abuelo murió, Siscu fue al pueblo de Italia donde el viejo había nacido y dejó una placa en conmemoración de alguien que había conseguido una cierta celebridad a lo largo de su vida y también dejaba un valioso legado histórico y material. Después de muchos años, recordaba aquel viaje con agradecimiento, pero también se sentía liberado de aquel pasado. La familia de Italia, el abuelo, las casas construidas por él donde habían vivido tantas familias —incluidos sus padres, que lo engendrar—, las vivencias que lo hacían ser quien es y sin las cuales no hubiera existido nunca, ahora lo dejaban libre. Agradecido de todo, pero propietario de nada, sentía que los ciento y tantos años que lo vinculaban con ese espacio eran diminutos para la inmensidad del universo, un suspiro en la Historia. Y se sentía libre de cualquier posible vanagloria o culpa de su abuelo o de sus antepasados. Aquellas calles ya no eran las suyas y otras personas hacían su presente y vida concreta allí. Las casas, el barrio tenía otra vida y daba vida a otros.

Hace cien años se vivía de otra manera, tal como hace mil también se vivía diferente, pero, tal como experimentó Siscu, la vida de una persona, es un pequeño milagro de probabilidades. Somos minúsculos y únicos, enormes en nuestra cronología y muy relativos dentro del océano de la humanidad, de la vida en la Tierra, del cosmos. La conciencia de este hecho nos ayuda a tener conciencia ecológica y a ser humildes con el planeta. Moriremos, marcharemos y debemos permitir que otros puedan hacer vida, engendrar y recrear.

La ecología no es un concepto contemporáneo, ni siquiera moderno. Francisco de Asís, entre el 1182 y el 1226, destacó por su experiencia profunda de fraternidad con todo lo existente, una fraternidad que representa un cambio de paradigma. El geógrafo Elisée Reclus a lo largo del 1800 define al ser humano como «la naturaleza que toma conciencia de sí misma», y propone una economía racional, solidaria y progresista basada en un planeta donde hay lugar y recursos potenciales para todos. Ambos, Francisco de Asís y Elisée Reclus, siendo muy diferentes, nos anuncian la necesidad de ser conscientes de que la ecología es una actitud de vida, una profunda manera de entendernos como humanidad consciente. Ambos hablaban del tema cuando parecía que el planeta tenía recursos ilimitados y el ser humano autosuficiente y todo poderoso podría siempre utilizarlos. Hoy sabemos que estábamos equivocados.

Son en gran medida los jóvenes, las niñas y niños pequeños los que arrastran a sus padres y abuelos, deformados por toda una vida de tirar basura, a reciclar, reutilizar y buscar soluciones, las más limpias posibles, para no seguir rompiendo el ecosistema, pero no es suficiente. Tenemos que ir más allá y conseguir reducir al máximo los residuos. Desconsumir, no acumular, regalar lo que no usamos y especializarnos en aprender los ciclos orgánicos. De hecho, todo liga, cuanto más ligeros, también más felices.

Elisabet JUANOLA
Periodista. Chile
Publicado originalmente en Revista Re Catalán núm. 101 «Una mirada humana al Planeta»

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