Los vínculos humanos

Los vínculos humanos

Pensando en cómo iniciar un artículo sobre cuidar los vínculos, me vino a la cabeza el libro El Pequeño Príncipe, concretamente en el momento que el zorro le pide al Pequeño Príncipe que lo domestique para poder crear lazos con él. Esta parte del relato habla de la importancia de «conocer» para crear vínculos.

«Esta variedad genera riqueza en el grupo
porque cada persona puede aportar diferentes
habilidades, capacidades, conocimientos, etc.»

Nuestros primeros vínculos como personas los establecemos ya desde nuestro nacimiento. Eso es lo que nos permite estimar y, sobre todo, dejarnos estimar. Es fácil establecer vínculos si lo hemos aprendido de pequeños, y mayoritariamente lo vemos como algo fácil y normal. Pero puede ser muy difícil para las personas que han nacido y criado en un entorno sin amor, sin afecto o sin reconocimiento de su dignidad como personas. El vínculo es vital para nuestro desarrollo, ya que no es suficiente con cubrir las necesidades básicas como el alimento, la vivienda y la protección. Necesitamos vínculos emocionales y afectivos. Lo he comprobado en mi experiencia personal y profesional con muchos jóvenes adoptados y con sus familias. La principal repercusión de las situaciones de desamparo es, muy a menudo, la dificultad para establecer vínculos.

En este artículo me referiré a los vínculos ya establecidos o a los nuevos que podemos establecer como personas adultas y cómo cuidarlos. Sabemos que somos seres frágiles y vulnerables, susceptibles de fracasar y sufrir porque somos sensibles; y establecer vínculos nos resulta imprescindible.

¿Con quién establecemos vínculos?

Con nuestro núcleo familiar íntimo; con nuestra familia amplia; con nuestros amigos y amigas de toda la vida; con un grupo de personas con las que compartimos un estilo de vida, una afición, unas ideas, unos principios; con aquellas personas con las que compartimos una situación personal o una experiencia vital (tenemos un familiar con una enfermedad mental, somos emigrantes, somos mujeres, tenemos una discapacidad, etc.); o con cualquier persona por el hecho de haber nacido.

Con cada una establecemos más o menos vínculo y seguramente no todos buscados y deseados, un elemento también importante a la hora de dedicar más o menos tiempo a cuidarlos, si no queremos que se pierdan o se rompan.

Reflexionemos un poco más y pensemos en qué elementos nos vinculan. El primero que a la mayoría nos viene a la cabeza es compartir la misma sangre; también, claro, el afecto y la ternura; la convivencia; un interés común; una espiritualidad compartida; la solidaridad; el compromiso o la confianza, entre otros.

«El vínculo es vital para nuestro desarrollo,
ya que no es suficiente con cubrir las necesidades básicas …
Necesitamos vínculos emocionales y afectivos.»

Al mismo tiempo, podemos pensar en aquellos elementos que nos limitan como la intolerancia; la falta de compromiso; las relaciones tóxicas y de dependencia; los estereotipos; los prejuicios; el egoísmo y seguramente muchos más que los lectores puedan pensar.

Y para continuar, ahora que tenemos clara la necesidad y la importancia del vínculo y de cuidarnos para cuidar estos vínculos; con quien establecemos vínculos; qué elementos nos limitan y cuáles nos facilitan estos vínculos; pensemos cómo cuidarlos, qué cosas podemos trabajarnos a título individual para mantenerlos o fortalecerlos.

Por eso a continuación nombro algunos elementos que pueden parecer muy sencillos y que muchas personas podemos entender desde la razón, pero que no siempre sabemos practicar en nuestra cotidianidad. La lista es breve. Pensemos, por ejemplo, en nuestro grupo de amigos.

Elementos significativos

El primer elemento de la lista es promover el conocimiento de las personas. Hagámonos preguntas: ¿Nos conocemos realmente? ¿Sabemos de nuestras historias de vida? ¿De nuestra realidad cotidiana? ¿De nuestras necesidades económicas? ¿De nuestros gustos gastronómicos? ¿De nuestra salud? ¿De nuestros hobbies? ¿De nuestros miedos? Conocernos nos ayuda a entendernos, a ponernos en el lugar del otro y ser empáticos.

¿Y cómo lo hacemos? Pues una sugerencia puede ser creando espacios de interacción positiva donde haya espacio para el humor, para trabajar juntos y poner en valor la variedad de talentos, para compartir experiencias, sentimientos y emociones; fomentemos espacios de diálogo y reflexión. Y no nos olvidemos de buscar entornos agradables que faciliten las relaciones.

En segundo lugar, y muy importante es dejar de lado estereotipos y prejuicios. Es decir, generalizaciones sobre las características de las personas, que las etiquetan a todas por igual; evitemos juzgar a las personas antes de escucharlas o conocerlas en profundidad debido a nuestras ideas preconcebidas. Seamos honestos con nosotros mismos y reconozcamos que a menudo tenemos ideas preconcebidas sobre la procedencia o el lugar de origen de las personas, como la edad, las costumbres, las religiones, las clases sociales, etc.

«Hagámonos preguntas: ¿Nos conocemos realmente?
¿Sabemos de nuestras historias de vida?»

En la mayoría de las situaciones que vivimos en nuestro día a día, el proceso de definición de la realidad no sigue el procedimiento lógico de observación y juicio, sino a la inversa, primero juzgamos, definimos y luego miramos. Es una manera de pensar que la mayoría de las personas usamos para simplificar la percepción de algunas realidades para que sean socialmente operativas. Este mecanismo funciona como herramienta de comprensión para economizar esfuerzos a la hora de definir un concepto especialmente complejo.

El tercer elemento es generar sentido de pertenencia. Por eso es importante incorporar todas las opiniones de las personas que forman el grupo o colectivo, e intentar construir escuchándolas todas y generando espacios que permitan su participación. Seguro que una vez nos hayamos conocido con más profundidad, y desmontado algún estereotipo o prejuicio, seremos capaces de encontrar puntos en común y ser personas empáticas, y al mismo tiempo, estaremos mejorando la calidad de nuestros vínculos.

Y el último elemento de esta lista es reconocer la diversidad. Todas y cada una de las personas que formamos un grupo, el que sea, tenemos características muy diversas que nos hacen diferentes y diría que a cada persona nos hace irrepetible y única. Pero al mismo tiempo esta variedad genera riqueza en el grupo porque cada persona puede aportar diferentes habilidades, capacidades, conocimientos, etc., que enriquecen este grupo.

A partir de estos elementos, invito a los lectores a la reflexión empezando por pensar cómo las personas nos cuidamos a nosotras mismas y a partir de ahí cuestionarnos cómo cuidamos los vínculos con la familia, las amistades, compañeros, etc. Hacemos una breve lista de sencillas acciones de mejora, especialmente ahora que todavía la pandemia sigue limitando nuestros encuentros con los que queríamos. En definitiva, esto no es más que una invitación a cuidar nuestros vínculos, aceptando las diferencias y disfrutando de ellas.

Y recordemos que como dijo el zorro en El Pequeño Príncipe: «Mi secreto es muy simple: no se ve bien sino con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos.»

Elena CABALLÉ ROSELLÓ
Directora técnica del Institut Diversitas
www.institutdiversitas.org
Publicado originalmente en RE catalán núm. 109

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