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	<title>relaciones tóxicas | Revista RE Castellano</title>
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	<description>Revista de pensamiento y opnión</description>
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	<title>relaciones tóxicas | Revista RE Castellano</title>
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		<title>Propiedad: de la posesión al cuido</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Natàlia Plá]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Feb 2018 06:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Editorial]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La propiedad sería la capacidad de des-centrarse de uno para ocuparse del otro/lo otro y atenderlo lo mejor posible para que pueda ser lo que, de hecho, es, y del mejor modo posible.</p>
<p>The post <a href="https://www.revistare.com/2018/02/propiedad-de-la-posesion-al-cuido/">Propiedad: de la posesión al cuido</a> first appeared on <a href="https://www.revistare.com">Revista RE Castellano</a>.</p>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_3045" aria-describedby="caption-attachment-3045" style="width: 306px" class="wp-caption alignleft"><a class="pop-img-bd" href="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/Andadura_432.jpg"><img fetchpriority="high" decoding="async" class=" wp-image-3045" src="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/Andadura_432-225x300.jpg" alt="" width="306" height="408" srcset="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/Andadura_432-225x300.jpg 225w, https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/Andadura_432.jpg 384w" sizes="(max-width: 306px) 100vw, 306px" /></a><figcaption id="caption-attachment-3045" class="wp-caption-text">Fotografía: Joan Grané</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Si jugamos con la etimología del término propiedad, parece que podamos desglosarlo en «pro-piedad», es decir, tener piedad en pro, en favor de alguien o algo. La piedad, además de una virtud de tradición cristiana, es recogida en el diccionario como una expresión de amor entrañable y de compasión motivados por el amor a otro ser. Parece plausible, pues, que distingamos entre la propiedad y la posesión. La primera tendría, con respecto a la segunda, unos matices de cercanía digamos que «afectiva» de los que carece la posesión.</p>
<p style="text-align: justify;">Así nos encontramos, sorprendentemente, con que al hablar de propiedad, el centro se desplaza desde nosotros hacia el otro. Lo importante de la propiedad es aquello hacia lo que nos referimos: quién es, cómo está, qué precisa, de qué adolece&#8230; El propietario es aquel capaz de sentir piedad, amor entrañable, compasión, hacia aquello de lo que se siente propietario. La propiedad sería la capacidad de des-centrarse de uno para ocuparse del otro/lo otro y atenderlo, cuidarlo, lo mejor posible para que pueda ser lo que, de hecho, es, y del mejor modo posible. Con ello estamos rompiendo con la concepción generalizada de que cuando algo es de nuestra propiedad podemos hacer con ello lo que nos venga en gana, sin que nadie tenga derecho a inmiscuirse. No; un verdadero propietario no es quien tiene un uso exclusivo sobre algo, sino quien se encarga de que eso esté en perfectas condiciones para que realmente pueda cumplir su cometido.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente, acabamos de relativizar el concepto de «mío» o «tuyo». Más allá de lo estrictamente individual y más acá de un difuminado colectivismo, reluce el valor de lo «nuestro». La propiedad sobre algo, en el sentido de que es una posesión, no es un valor absoluto que pase por encima de cualquier otro criterio. El objetivo más importante es que cada cosa sirva para aquello para lo que está hecho o pensado; y es algo secundario el quién disfrute de ese servicio: importante pero secundario. Las cosas están al servicio de todos, y cada uno somos responsables de algunas de ellas para que todos podamos acceder a lo necesario. La propiedad privada tiene sentido concebida al servicio de quien lo necesita y velando que no se sostenga sobre una base de menesterosidad de otros seres.</p>
<p style="text-align: justify;">A la hora de hablar de las personas, la cuestión es más rotunda todavía. Si entendemos la propiedad como posesión, ninguna persona es propiedad de otra. A menudo se considera el vínculo sanguíneo como si este otorgara ciertos derechos sobre la otra persona; o bien la relación de pareja entendida como una pseudoposesión. En ambos casos subyace un anhelo de poder sobre otra persona que no es, en absoluto, deseable. Como dice el cantautor, «yo no soy de nadie». Ser de nadie no es un modo de eludir cualquier relación, sino de rechazar cualquiera que sea posesiva. Porque no soy de nadie en concreto, puedo relacionarme con todos. Por supuesto que estableceré niveles distintos de intimidad con cada uno; pero por muy íntimo que sea de alguien, ni soy suyo ni es mío; no tengo derechos sobre él. Es el miedo a perder al otro lo que desarrolla la posesividad; pero este mismo miedo esteriliza una verdadera relación humana para «cosificarla». Parafraseando: «nadie es de nadie».</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque la expresión más evidente de la posesión de las personas es la esclavitud, existen muchas otras formas más o menos sutiles de intentar poseer a alguien. Por ejemplo, hacer que las personas dispongan de escasos recursos materiales o económicos, de modo que esa persona no sea libre para hacer o deshacer, ir o venir, quedarse junto a alguien o dejarle&#8230; Otra forma es el control de la información: intentar saber todo de ellas: qué hacen, en qué momento o con quién. Y también ocultarles datos a los que tienen derecho porque les afectan y que pueden incidir en su opinión, sus deseos o conducta.</p>
<p style="text-align: justify;">En cambio, sí es apropiado considerar que en las relaciones que tenemos unos con otros podemos descentrarnos para pensar en el otro, en lo que precisa, en cómo puede desarrollar su ser al máximo&#8230; Y todo ello sin que medie ningúna ambición oculta por nuestra parte. Cuidamos del otro para que sea él, no para que sea nuestro.</p><p>The post <a href="https://www.revistare.com/2018/02/propiedad-de-la-posesion-al-cuido/">Propiedad: de la posesión al cuido</a> first appeared on <a href="https://www.revistare.com">Revista RE Castellano</a>.</p>]]></content:encoded>
					
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		<title>El dolor estúpido</title>
		<link>https://www.revistare.com/2018/02/el-dolor-estupido/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Leticia Soberón]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Feb 2018 05:59:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relaciones humanas]]></category>
		<category><![CDATA[SCROLLER]]></category>
		<category><![CDATA[ecología emocional]]></category>
		<category><![CDATA[El dolor estúpido]]></category>
		<category><![CDATA[Leticia Soberón]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones humanas]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones tóxicas]]></category>
		<category><![CDATA[sentimientos tócxicos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Leticia SOBERÓN</p>
<p>The post <a href="https://www.revistare.com/2018/02/el-dolor-estupido/">El dolor estúpido</a> first appeared on <a href="https://www.revistare.com">Revista RE Castellano</a>.</p>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La palabra “dolor” tiene dos acepciones principales: <i>dolor físico</i> como sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior, y <i>dolor del ánimo</i> como sentimiento de pena y congoja. El dolor físico es un mecanismo biológico que nos alerta cuando algo no funciona. El dolor moral o del ánimo también señala que algo no va bien en nuestra vida, por lo cual hay que prestar atención para modificarlo en lo posible.</p>
<p style="text-align: justify;">Es normal que la vida de toda persona incluya tanto fases gratas y felices, como también momentos de dolor y sufrimiento. Pero existen formas de dolor que Alfredo Rubio de Castarlenas llamó “estúpido” porque no tienen sentido; porque son inútiles, estériles, e incluso se provocan mutuamente personas que pueden considerarse “normales” o “buenas” y que incluso se quieren.</p>
<p style="text-align: justify;">El dolor estúpido puede ser reducido o evitado si cada persona toma conciencia de qué está haciendo con/hacia los demás y cambia esos comportamientos que provocan dolor a otros. Y la persona que lo sufre debe aprende a alejarse o a situarse de otro modo para evitar ese dolor.</p>
<ol style="text-align: justify;">
<li>
<h3>Cuándo el dolor se vuelve estúpido</h3>
</li>
</ol>
<p style="text-align: justify;">No estamos entendiendo como estúpido el dolor que resulta de cataclismos naturales y en gran medida inevitables, ni el que es consecuencia de la condición humana limitada: la posibilidad de enfermar, la certeza de morir.</p>
<p style="text-align: justify;"><b>El dolor se vuelve estúpido </b><b>cuando está causado por motivos superficiales, episódicos, opcionales, banales, que pueden cambiar como fruto de una decisión asumible</b>.</p>
<p style="text-align: justify;">Se trata de dolores evitables. Bastaría con que nos tomáramos más en serio la vida y nuestra propia conducta.</p>
<p style="text-align: justify;">El ser humano es el único en la naturaleza que puede mirar su propia conducta “desde fuera” de sí mismo y revisarla, analizarla, de algún modo cambiarla por una decisión propia. Pero ese revisar nuestras acciones y modificarlas, es una decisión libre: hacerlo o no. Cuando esa decisión no se toma, se solapa bajo la frivolidad de no querer ver lo que estamos haciendo, provocamos fácilmente el dolor estúpido.</p>
<figure id="attachment_2984" aria-describedby="caption-attachment-2984" style="width: 1920px" class="wp-caption alignleft"><a class="pop-img-bd" href="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/heartsickness-428103_1920.jpg"><img decoding="async" class="size-full wp-image-2984" src="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/heartsickness-428103_1920.jpg" alt="Hay que superar el dolor estúpido" width="1920" height="1271" srcset="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/heartsickness-428103_1920.jpg 1920w, https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/heartsickness-428103_1920-300x199.jpg 300w, https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/heartsickness-428103_1920-1024x678.jpg 1024w, https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/heartsickness-428103_1920-600x397.jpg 600w, https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2018/02/heartsickness-428103_1920-331x219.jpg 331w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /></a><figcaption id="caption-attachment-2984" class="wp-caption-text">Es necesario salir de ese circuito destructivo</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Ésta es una situación cercana a lo que Hanna Arendt llamó “la banalidad del mal” (1963): la posibilidad de que personas “normales” contribuyan a provocar daño o dolor a otros, simplemente porque prefieren no darse cuenta de que lo están haciendo. Pero Arendt lo aplicaba a personas con cierta dosis de poder sobre otros. El dolor estúpido podemos provocarlo cualquiera de nosotros.</p>
<ol style="text-align: justify;" start="2">
<li>
<h3>.Qué actitudes y acciones provocan dolor estúpido</h3>
</li>
</ol>
<p style="text-align: justify;">La primera actitud es la <b>frivolidad</b> de quien no se toma la molestia de percatarse de lo que está haciendo. Consiste en no dedicar tiempo a mirar seriamente qué consecuencias están teniendo mis acciones. Si yo actúo diariamente como un huracán, con prisa, sin pensar, decidiendo por intuiciones pasajeras o improvisando, arrastrada por las circunstancias y siempre bajo el aturdimiento de los miles de estímulos que me bombardean, no me daré cuenta de las consecuencias de mis actos, no percibiré el sufrimiento inútil que estoy provocando en las personas cercanas, incluso sin querer.</p>
<p style="text-align: justify;">La segunda proviene de los <b>sentimientos tóxicos</b> como el egoísmo, el resentimiento, la envidia, la ira, los celos, el desprecio de los otros. Todos podemos tener o experimentar momentáneamente esos sentimientos. Hasta ahí, es normal, propio del ser humano. Pero es necesario sanar, salir de ese circuito destructivo. Si nos regodeamos e instalamos en ellos, peor aún si los alimentamos, se convierten en actitudes, en acciones, en posturas vitales duraderas que resulta cada vez más difícil cambiar. Y ciertamente son fuente de conflicto, roce, heridas a otros y a nosotros mismos.</p>
<p style="text-align: justify;">La tercera es la del dolor que nos autoinfligimos a causa de unas <b>claves de lectura falsas de lo que sucede alrededor</b>. Albert Ellis (1977a) señaló varias de esas creencias de fondo que tenemos asumidas tantas veces sin cuestionarlas, y que son fuente constante de sufrimiento inútil quienes las tienen, porque no se cumplen. Por ejemplo: “Yo debería de ser amada y bien tratada por todas las personas que me rodean”. O bien “Es un drama que las cosas no sean como yo creo que deberían de ser”.</p>
<ol style="text-align: justify;" start="3">
<li>
<h3>Cómo evitar en lo posible provocarlo y padecerlo</h3>
</li>
</ol>
<p style="text-align: justify;">Si somos nosotros quienes estamos sufriendo, <b>detectar quién o qué y por qué</b> nos provoca dolor estúpido. En otras palabras, ver si estamos colocados de manera que <b>padecemos inútilmente</b> o tenemos relaciones marcadas por sentimientos tóxicos.</p>
<p style="text-align: justify;">Quizá entonces podremos <b>encontrar el valor </b>para afrontar la situación, repensar las relaciones con la persona o las personas que nos lo provocan y dar los primeros pasos para <b>cambiar la forma de la relación o romperla definitivamente</b>. A veces nos es más fácil permanecer en el espacio y las dinámicas de siempre, aunque estén envenenadas y nos hagan sufrir, que afrontar el terreno desconocido de sanear una relación o de afrontar una vida que se antoja vacía sin la(s) persona(s) que nos hieren.</p>
<p><i>Leticia SOBERÓN<br />
</i><i>Psicóloga, Innovation Center for Collaborative Intelligence<br />
</i><i>Madrid<br />
</i><i>Febrero 2018</i><i><br />
</i></p><p>The post <a href="https://www.revistare.com/2018/02/el-dolor-estupido/">El dolor estúpido</a> first appeared on <a href="https://www.revistare.com">Revista RE Castellano</a>.</p>]]></content:encoded>
					
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		<title></title>
		<link>https://www.revistare.com/2017/03/1728/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Natàlia Plá]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Mar 2017 06:00:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Editorial]]></category>
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		<category><![CDATA[amistades peligrosas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lo más urgente que nuestras sociedades deberían de vivir hoy es la amistad.</p>
<p>The post <a href="https://www.revistare.com/2017/03/1728/"></a> first appeared on <a href="https://www.revistare.com">Revista RE Castellano</a>.</p>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_1729" aria-describedby="caption-attachment-1729" style="width: 300px" class="wp-caption alignright"><a class="pop-img-bd" href="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2017/03/amistad.jpg"><img decoding="async" class="size-medium wp-image-1729" src="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2017/03/amistad-300x296.jpg" alt="" width="300" height="296" srcset="https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2017/03/amistad-300x296.jpg 300w, https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2017/03/amistad-1024x1011.jpg 1024w, https://www.revistare.com/wp-content/uploads/2017/03/amistad-600x592.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a><figcaption id="caption-attachment-1729" class="wp-caption-text">Diseño: Oriol Pascual</figcaption></figure>
<p style="direction: rtl; text-align: left;"><strong>Cultivar amistad, optimizar relaciones</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Hay cosas de las que podemos prescindir con mayor facilidad que otras; y aun estas son diferentes para cada persona según su carácter e idiosincrasia. Pero hay cosas de las que, directamente, no podemos prescindir. Podemos, por ejemplo, vivir sin hermanos, pero no parece que podamos hacerlo sin amigos. Este es el centro de este editorial.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos atrevemos a afirmar que, seguramente, lo más urgente que nuestras sociedades deberían de vivir hoy es la amistad. Y eso, porque es un punto de apoyo firme sobre el que pueden pivotar con éxito los distintos aspectos de la vida en sociedad. Visto desde esta perspectiva, la amistad sería algo así como el denominador común de todas las relaciones humanas.</p>
<p style="text-align: justify;">Siguiendo con el símil matemático, el numerador de los quebrados que supone cada relación sería diferente. En dicho numerador se encontrarían los distintos vínculos familiares —parejas, padres-hijos, padres-abuelos, nietos-abuelos, hermanos, etc.—, así como los compañeros de estudios, los colegas de trabajo, los vecinos, y así todo el elenco que se nos ocurriera elaborar. Por supuesto que también habría un numerador en el que constaran los amigos. Y para completar el quebrado, el denominador que aplicaríamos a todos estos numeradores sería el de la amistad. El producto resultante de cada quebrado sería, pues, diferente, dado que dependería tanto del numerador —repitámoslo una vez más, diferente en cada caso— como del denominador —el mismo, la amistad, para todos—. Pero es este denominador común el que mejor haría fructificar al numerador correspondiente en lo que le sea más propio; es decir, el denominador «optimizaría» al numerador. De ahí que en el título conste este verbo, <em>optimizar</em>, inusual en el mapa conceptual de la amistad, y que la Real Academia de la Lengua define como «buscar la mejor manera de realizar una actividad». Y es que la amistad es el catalizador que respeta y alienta cada tipo de vínculo para que sea lo mejor posible en lo que le sea más propio: mejores parientes, mejores compañeros de estudio o trabajo, mejores conciudadanos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Pero lo cierto es que, en ocasiones, hay quien anda bastante confundido con el manejo de la amistad. ¿Recuerdan el título de aquella galardonada película, basada en una novela francesa del siglo XVIII, «Las amistades peligrosas»? Lo maquiavélico del manipulador comportamiento de sus protagonistas es un magnífico ejemplo de cuánto de necesario es limpiar de comprensiones y actos impropios la amistad. ¿Cuántas alianzas de poder no se encuentran en la base de aparentes relaciones de amistad entre personas influyentes de nuestro mundo? No podemos ser ambiguos al respecto. Tales vínculos no son realmente de amistad, puesto que son perversos intereses en vez de gratuidad y afecto lo que los motiva. De hecho, y aunque sea como curiosidad, ciertos críticos advierten que la dicha película traduce mal al castellano su título original, y que mucho mejor sería llamarla «Las relaciones peligrosas». Pero la cosa es que debe resultar atractivo este flirteo con la expresión, puesto que se repite en grupos musicales, en series televisivas y, no digamos, en artículos periodísticos que recurren a ella para referirse a ciertas relaciones. Repitámoslo para zanjar el comentario: una relación que se desarrolla en claro perjuicio de terceras personas, usando las herramientas de la manipulación, el chantaje, los juegos de poder, etc., no puede denominarse amistad. Flaco favor nos hacemos si contribuimos a divulgar erróneas asociaciones de conceptos en lugar de optar por la claridad.</p>
<p style="text-align: justify;">Dicho lo cual, y sabiendo que eso supone ir a contracorriente de la banalización de conceptos importantes que a veces nos invade, afirmamos que lo de ser amigos es clave para una vida verdaderamente humana. Es precisa cierta osadía para llamar a las personas a la amistad, ya que implica abrirse a una relación entre iguales basada en el juego limpio; en la que aciertos y errores afectarán a todos los implicados; que demanda tanta generosidad como bienes reporta; y que nos hace más vulnerables, sí, pero también más fuertes por abrir y compartir nuestra persona y sentimientos con transparencia a otros. Conviene invitarnos a la amistad porque ello potencia la libertad, la inteligencia, la capacidad de amar de las personas. La amistad, si es verdadera, promueve el crecimiento global de la persona.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Urge tener amigos! ¡Urge ser amigos! ¡Verlos —vernos—! ¡Tener tiempo de serlo! No es cierta la máxima común divulgada: «dicen que la distancia causa el olvido&#8230;». Pues no, la distancia no tiene por qué causar el olvido; modifica los códigos de comunicación, eso sí, pero no provoca la muerte del afecto. Sin embargo, claro que los amigos tienen deseos de verse, de compartir tiempos y espacios, sentimientos y experiencias, de charlar y de callar juntos, de sonreírse y de abrazarse, de dolerse y de celebrar&#8230; Claro que hay que cultivar la amistad, cada relación, para que, como decíamos al comienzo, dé lo mejor de sí, que es también lo mejor de nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">Qué importante es, pues, rescatar la amistad. Rescatarla de la confusión con otro tipo de relaciones, de relegarla a solo un pequeño ámbito de nuestra vida, de no cuidarla, de no hacerla crecer. No es que la amistad adorne la vida; es que la hace vibrar con el máximo de matices posibles.</p><p>The post <a href="https://www.revistare.com/2017/03/1728/"></a> first appeared on <a href="https://www.revistare.com">Revista RE Castellano</a>.</p>]]></content:encoded>
					
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