Propiedad: de la posesión al cuido

Propiedad: de la posesión al cuido

Fotografía: Joan Grané

Si jugamos con la etimología del término propiedad, parece que podamos desglosarlo en «pro-piedad», es decir, tener piedad en pro, en favor de alguien o algo. La piedad, además de una virtud de tradición cristiana, es recogida en el diccionario como una expresión de amor entrañable y de compasión motivados por el amor a otro ser. Parece plausible, pues, que distingamos entre la propiedad y la posesión. La primera tendría, con respecto a la segunda, unos matices de cercanía digamos que «afectiva» de los que carece la posesión.

Así nos encontramos, sorprendentemente, con que al hablar de propiedad, el centro se desplaza desde nosotros hacia el otro. Lo importante de la propiedad es aquello hacia lo que nos referimos: quién es, cómo está, qué precisa, de qué adolece… El propietario es aquel capaz de sentir piedad, amor entrañable, compasión, hacia aquello de lo que se siente propietario. La propiedad sería la capacidad de des-centrarse de uno para ocuparse del otro/lo otro y atenderlo, cuidarlo, lo mejor posible para que pueda ser lo que, de hecho, es, y del mejor modo posible. Con ello estamos rompiendo con la concepción generalizada de que cuando algo es de nuestra propiedad podemos hacer con ello lo que nos venga en gana, sin que nadie tenga derecho a inmiscuirse. No; un verdadero propietario no es quien tiene un uso exclusivo sobre algo, sino quien se encarga de que eso esté en perfectas condiciones para que realmente pueda cumplir su cometido.

De repente, acabamos de relativizar el concepto de «mío» o «tuyo». Más allá de lo estrictamente individual y más acá de un difuminado colectivismo, reluce el valor de lo «nuestro». La propiedad sobre algo, en el sentido de que es una posesión, no es un valor absoluto que pase por encima de cualquier otro criterio. El objetivo más importante es que cada cosa sirva para aquello para lo que está hecho o pensado; y es algo secundario el quién disfrute de ese servicio: importante pero secundario. Las cosas están al servicio de todos, y cada uno somos responsables de algunas de ellas para que todos podamos acceder a lo necesario. La propiedad privada tiene sentido concebida al servicio de quien lo necesita y velando que no se sostenga sobre una base de menesterosidad de otros seres.

A la hora de hablar de las personas, la cuestión es más rotunda todavía. Si entendemos la propiedad como posesión, ninguna persona es propiedad de otra. A menudo se considera el vínculo sanguíneo como si este otorgara ciertos derechos sobre la otra persona; o bien la relación de pareja entendida como una pseudoposesión. En ambos casos subyace un anhelo de poder sobre otra persona que no es, en absoluto, deseable. Como dice el cantautor, «yo no soy de nadie». Ser de nadie no es un modo de eludir cualquier relación, sino de rechazar cualquiera que sea posesiva. Porque no soy de nadie en concreto, puedo relacionarme con todos. Por supuesto que estableceré niveles distintos de intimidad con cada uno; pero por muy íntimo que sea de alguien, ni soy suyo ni es mío; no tengo derechos sobre él. Es el miedo a perder al otro lo que desarrolla la posesividad; pero este mismo miedo esteriliza una verdadera relación humana para «cosificarla». Parafraseando: «nadie es de nadie».

Aunque la expresión más evidente de la posesión de las personas es la esclavitud, existen muchas otras formas más o menos sutiles de intentar poseer a alguien. Por ejemplo, hacer que las personas dispongan de escasos recursos materiales o económicos, de modo que esa persona no sea libre para hacer o deshacer, ir o venir, quedarse junto a alguien o dejarle… Otra forma es el control de la información: intentar saber todo de ellas: qué hacen, en qué momento o con quién. Y también ocultarles datos a los que tienen derecho porque les afectan y que pueden incidir en su opinión, sus deseos o conducta.

En cambio, sí es apropiado considerar que en las relaciones que tenemos unos con otros podemos descentrarnos para pensar en el otro, en lo que precisa, en cómo puede desarrollar su ser al máximo… Y todo ello sin que medie ningúna ambición oculta por nuestra parte. Cuidamos del otro para que sea él, no para que sea nuestro.

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