La Historia es limitada

La Historia es limitada

Un cronista o historiador escribe para un grupo, inicialmente, a quienes quiere transmitir o relatar un acontecimiento para que este no se pierda en el olvido. Al escribir para el grupo, comparte con este referentes del pasado y presente que les vinculan, símbolos, códigos… Esto hace que la narración histórica sea entendible o legible en un cierto contexto. Cuando se saca de su contexto o no se poseen las claves interpretativas, la narración pierde peso o puede malinterpretarse.

De ahí que todo relato histórico sea una visión de la realidad sujeta a coordenadas espaciales y temporales. Unas inscripciones mayas, hoy en día nos resultan ilegibles. Ciertamente, se van haciendo estudios de todo tipo para acercarse al sentido y significado de lo que quisieron transmitir. Pero nunca podremos acceder al mensaje completo que ha quedado cifrado en el soporte material. Fueron labradas en piedra desde una cosmovisión determinada, en un momento histórico, para un público muy concreto. Incluso, podemos suponer que otras culturas que coexistían en el mismo tiempo no entenderían dichas inscripciones si no dominaban el significado de los petroglifos ni entendían la visión del mundo de dicho pueblo.

La Historia es, pues, una manera de codificar la realidad que requiere que los destinatarios de sus relatos posean los conocimientos necesarios para poder decodificarla. No basta tener ante sí un documento histórico, es necesario saber leerlo. Podemos correr el riesgo de entender lo opuesto a lo que se quería transmitir en él.

En ocasiones, el mismo documento facilita algunas pistas para ser leído. Por ejemplo, algunos códices mexicanos marcaban con pequeñas huellas humanas el sentido de la lectura. Bastaba con ir siguiéndolas para saber el orden de los acontecimientos que narraba. También solían colocar un gráfico toponímico, es decir un lugar geográfico, sobre la cabeza de cada personaje para indicar de dónde provenía o quién era. En las pinturas europeas del renacimiento, los artistas cuando hacían retratos de grupo indicaban a partir de las miradas y los gestos de los personajes, ciertas acciones, jerarquías, relaciones. En pocas palabras: mensajes cifrados a partir de lenguaje corporal.

En ambos casos, hay que ser entendidos para saber leer lo que códigos y lienzos transmiten, siendo conscientes de que sólo accederemos a un cierto nivel. La distancia cultural y temporal para con dichos documentos nos deja muchas lagunas de sentido. De manera similar pasa con ciertos manuscritos, los estudios paleográficos, ortográficos, semánticos… nos pueden aproximar lo más posible, sin embargo, siempre quedarán resquicios de sentido a los cuales no accederemos. Y hay que asumirlos con toda humildad.

Todas y todos podemos acercarnos a cualquier relato histórico, sea cual fuere su soporte y su origen. Pero hemos de hacerlo sabiendo que no somos sus destinatarios originales y que existe una distancia –mayor o menor– en cuanto al sentido con el que fue escrito y el que percibimos en el presente. Además de asumir la descontextualización que inevitablemente hay por la falta de referentes culturales.

Esto no quita que nos acerquemos a los documentos históricos con ojos curiosos, estudiosos, sorprendidos. Son fuentes de riqueza que nos explican, en parte, el pasado del cual provenimos y, por tanto, arrojan luz al presente. También nos muestran maneras de enfrentarse a la vida que pueden ayudarnos a ser más certeros en nuestra relación con la realidad hoy.

La Historia es limitada en su confección y transmisión, al igual que lo somos quienes la recibimos. Dicho límite también es fuente de riqueza, porque no nos hace personas esclavas del pasado, sino intérpretes de este.

Javier BUSTAMANTE ENRIQUEZ
Poeta
Ciudad de México, México
Febrero de 2026

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