Asistimos al derrumbe de las columnas culturales que sostuvieron la convivencia mundial desde los años 50 del siglo XX. Si bien el multilateralismo nunca fue perfecto —había mucha hipocresía en su aplicación— estuvieron vigentes el marco legal internacional, las organizaciones que de algún modo arbitraban los equilibrios de fuerzas, y los valores compartidos que los sustentaban. El invisible vínculo de la confianza entre aliados que había entre Europa y Estados Unidos, y de éste con prácticamente el resto del mundo, se ha roto irremediablemente.
Por eso, la intervención en Davos del Primer Ministro de Canadá Mark Carney se ha convertido en un estandarte de esperanza ante lo que aparecía como irremediable: la descarnada imposición de la ley del más fuerte y la sumisión de todos los que no tienen capacidad de defenderse por sí solos. Carney tiene una propuesta: la unidad de las “potencias medianas”, que tienen en su mano hacer algo y deben hacerlo. Se trata de colaborar entre ellas de manera realista, sin vanas ilusiones. Existen posibilidades de mantener la propia soberanía y el estado de derecho si somos capaces de ampliar la red de mutua ayuda, estableciendo acuerdos que beneficien a todos. Generando una red de muchos medianos que, sumados, hacen uno fuerte. De otra manera todos esos países serán vasallos del poderoso.
¿Y cómo podemos las personas de a pie, que no tenemos acceso a decidir la política general de nuestros países, contribuir a que esto suceda?
Pues al menos apoyando a los grupos y entes políticos que promueven esa red de colaboración. Alejándonos de los que se dedican a dividir, a demoler las alianzas existentes y reducirnos a pequeños enanos aislados intentando defenderse en solitario.
Dejando de sumirnos en la apatía y el fatalismo.
En muchos países están tomando fuerza las propuestas políticas que reman precisamente en sentido contrario a lo que Carney propone. Intentan convencernos —alegando patriotismo— de que cada pequeño país en solitario puede afrontar el futuro, mejor si es sin inmigrantes y con pureza de sangre. Ese camino disgrega, empobrece, debilita a todos.
Es muy importante que tomemos conciencia de qué votamos cuando votamos. La integración, la colaboración, son más laboriosas, pero mucho más eficaces para el bien de las personas y las comunidades locales, que el aislacionismo que desintegra.
En el caso de los países europeos es importante apoyar, impulsar la colaboración entre todos. No dar marcha atrás en la integración y la toma común de decisiones. Sí hay que perfeccionarla, sí depurarla de cargas inútiles y episodios de corrupción que la han lastrado.
Pero favorezcamos las entidades, las agrupaciones y las propuestas políticas que apoyan la colaboración y la integración. Sólo así podremos, si actuamos con generosidad e inteligencia, mantener el extraordinario espacio de bienestar, respeto a la ley y defensa de los débiles que, con todos sus defectos, ha sido Europa durante los últimos 80 años.
Febrero de 2026
