¿Miedo a cambiar?

¿Miedo a cambiar?

«El verdadero coraje no es no tener miedo,
sino avanzar con él al lado, sin cederle el volante,
para que las emociones nos sirvan para la vida.»
Foto de barbaramatthijs en Pixabay

Hay miedos que te rompen y otros que tú rompes. Miedos consentidos y miedos con sentido; otros, que no tienen. Los primeros, los que permitimos, pesan mucho al analizar nuestro pasado con la visión presente, descontextualizada. Nos recuerda la famosa frase del filósofo Ortega y Gasset «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo». Hay miedos que te avisan, que te cuidan, que te salvan, y algunos que no te dejan vivir. Miedos de ida y vuelta y miedos que se quedan y parecen eternos. Se enquistan y te dejan anquilosado. Miedo al cambio, a lo desconocido, a lo nuevo, aunque la vida que lleves no esté en tu top de mejores versiones; saber el final de cada día, aunque sea triste y aburrido, te regala seguridad –no pondremos el atributo de falsa–. Miedo escénico y miedo a que monten una escena y, por ese miedo al conflicto, callamos y tragamos. Miedos que en aquel momento fueron necesarios y que ahora no deberíamos ni siquiera reciclar. Porque es en estas buhardillas de almacenamientos de ‘por si acaso’, en lo más recóndito de nuestra memoria, donde trazamos el pequeño camino de seguridad que nos recuerda lo que fuimos, quiénes somos y los que seremos. Si no nos determina ni roba confianza, avanza.

Miedo a enamorarse, miedo al fracaso, miedo de ser feliz. Miedo al miedo

Hace unos días, una chica me consultaba cómo ir al inminente examen de oposición. No entendí la pregunta, no podía ser que me pidiera consejo de si tenía que ir en moto o en tren, si la llevaban sus padres o tenía que hacer el camino sola, si tenía que vestir con un vestido alado o tejanos reventados. Desarrolló la pregunta un poco más: «Me refiero a si voy pensando que voy a aprobar o es mejor no ir muy ilusionada, para no llevarme después la decepción». No respondo nunca tan rápido como en ese momento: «Por descontado, tienes que ir a por todas, lo conseguirás, ¡estás trabajando mucho! Y si no aprobaras, ya gestionaremos la sensación de fracaso. No puedes caminar hacia finales que ya han sido escritos. Ya sé que tenemos miedo de no cumplir las expectativas que pensamos que otros tienen de nosotros, pero nuestra vida debe desarrollarse desde el sentido más profundo del ser».

El miedo es una emoción que surge ante lo que podría pasar o no en el futuro, basada en la expectativa. En general, el miedo implica imaginar o anticipar situaciones futuras, como un aviso interno que dice: ‘Ojo con lo que harás’, o: ‘Estés atento a quien tienes delante’. Y cuando sientes miedo, se produce una ausencia del flujo sanguíneo en la parte superior del cuerpo, porque la sangre se dirige a las extremidades inferiores para facilitar la huida rápida y salir corriendo. Está preparado. Es por ello por lo que el rostro se suele palidecer.

A veces, sin embargo, nos anticipamos. ¿A quién no le ha pasado nunca que ha sentido miedo de hacer el ridículo al hablar en público? Empezamos a sentir este rubor antes, incluso, de que pase. Sea una situación real o imaginaria, nuestro organismo se prepara. Cierto o simbólico, se activa la misma respuesta en nuestro cuerpo. Y es ese mismo miedo el que también nos protege, nos da señales. No se trata de eliminarlo, sino de no dejar que conduzca nuestra vida. El verdadero coraje no es no tener miedo, sino avanzar con él al lado, sin cederle el volante, para que las emociones nos sirvan para la vida. Y todas las emociones, bien gestionadas, son funcionales y nos impulsan a actuar.

«Porque el miedo, siendo un mecanismo de protección,
nos ayuda a evaluar riesgos y tomar decisiones de manera reflexiva.»
Foto de Gerd Altmann en Pixabay

A veces, el miedo revela deseo. Cabe preguntarnos: ¿Qué harías si no tuvieras miedo? También es una manera de preguntarse: ¿Qué deseo estás reprimiendo? ¿Qué parte de ti está esperando permiso para salir? Detrás del miedo, muchas veces hay un anhelo: ¿Tienes miedo de hablar en público? Quizás desees ser escuchado. ¿Tienes miedo de cambiar de carrera? Quizá haya un llamamiento hacia alguna otra cosa más auténtica. ¿Te cuesta poner límites? Posiblemente hay una necesidad de ser respetado. Tenemos miedo al fracaso: «¿Y si no funciona?». Miedo al juicio: «¿Qué dirán los demás?». Miedo al éxito: «¿Y si resulta que sí funciona y no sé cómo sostenerlo?». Miedo a perder algo: «¿Qué tendré que dejar ir si hago este paso?». Miedo de descubrir quién eres realmente: «¿Y si no me gusta lo que encuentre?».

Hay miedos que son esporádicos, que pasan de tanto en tanto, como invitados inesperados. Por ejemplo, imaginemos que nos hacen pánico los arácnidos, y un día nos encontramos con uno. Gritamos, perdemos el control, el miedo se apodera de nosotros. Después, cuando el susto pasa, nos queda el tiempo para calmar el corazón y dejar que la sangre vuelva a fluir tranquila, recuperando poco a poco la calma y la razón. Imaginemos que esta persona con aracnofobia viviera continuamente rodeada de arañas: no sólo se asustaría de tanto en tanto, sino que estaría siempre en tensión, con los sentidos alerta, sin descanso, esperando el momento en que aparezca otra.

Les pasa a muchas personas. Y no sólo con las arañas. Experimentan este estado de alarma constante. Puede ser en la convivencia diaria con otra persona: su pareja, los progenitores, los hijos. Hay gente que vive en alerta continua. Y por miedo, sea a la soledad o al abandono, no se muestran tal y como son. Esta forma de expresión te está indicando que hay que modificar algo en ti y en tu entorno.

Cuando nos frena algo, a veces utilizamos la expresión, ¿a qué tienes miedo?, ¿qué harías si no tuvieras miedo? Porque el miedo, mal gestionado, paraliza. ¿Anulamos el miedo, lo demonizamos o aprendemos a gestionarlo? Porque el miedo, siendo un mecanismo de protección, nos ayuda a evaluar riesgos y tomar decisiones de manera reflexiva. Es un equilibrio interesante entre atreverse a hacer cosas nuevas y ser conscientes de las repercusiones.

Quizás, la pregunta correcta sería: ¿qué harías en tu vida si el miedo no te encarcelara? Si tuviera un miedo sano, me atrevería a ser más auténtica, incluso cuando eso significara decepcionar las expectativas de los demás. Me lanzaría sin tener todas las respuestas. Diría ‘sí’ a lo incierto, y también ‘no’ a lo que ya no vibra conmigo. Pediría ayuda sin vergüenza. Perseguiría lo que me apasiona, aunque no tenga garantías.

Y quizás lo más importante: me permitiría errar, porque el miedo al error muchas veces es más paralizante que el error mismo.

Todo ello, pide observar, valorar y analizar los propios recursos, trazar un plan y actuar.

Sara CANCA REPISO
Psicóloga
Cádiz (España)
Artículo publicado originalmente en la Revista RE num. 123, edición catalana

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