No hay fórmulas mágicas para transitar del desencanto al entusiasmo. No hay terapias, ni fármacos que garanticen el paso de un estado de ánimo al otro. La lucha contra el desencuentro exige una buena dosis de fortaleza y, sobre todo, de paciencia. Mientras el entusiasmo excita la vitalidad y el movimiento del cuerpo, el desencanto conduce a la parálisis y a la quietud de los órganos.

igualmente nocivos:el resentimiento y la nostalgia.»
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El desencanto es un estado preocupante, porque atrofia las facultades de la persona y el sentimiento de tristeza que lo acompaña conduce a infravalorar las propias capacidades. El miedo al desencanto, sin embargo, nunca debe ser un argumento contra el entusiasmo. Algunos, por temor a desencantarse, controlan su entusiasmo, lo reprimen o bien lo abortan antes de que nazca, pero al contenerse de esta manera, se pierden una de las experiencias más intensas que ofrece la vida. Entusiasmarse es un riesgo, como lo es también enamorarse o empezar un proyecto profesional. Siempre hay, al acecho, la posibilidad de fracasar, de perder la ilusión, de desanimarse, pero también se esconde la otra posibilidad, la de vencer las contrariedades y de tener éxito.
El desencanto, sin embargo, puede ser fecundo si se sacan lecciones de futuro. Debidamente asimilado y dirigido, puede anunciar futuros desastres, puede despertarnos de falsos sueños de grandeza y mostrarnos los límites de la propia condición. Esta enseñanza inherente al desencanto no debe leerse como una advertencia a todo entusiasmo, pero sí como un baño de realismo, necesario para vivir una vida mínimamente plácida. El desencanto es un estado de ánimo que amarga el carácter e intoxica las relaciones. No es bueno permanecer mucho tiempo y menos aún persistir en ello. Hay que investigar las causas, pero, simultáneamente, buscar nuevos motivos para entusiasmarse y experimentar el gozo de vivir.
El desencanto es altamente seductor y, si la voluntad no actúa con contundencia, es fácil rendirse a su presencia y cultivar un estado de ánimo melancólico, recreándose en la condición de víctima. Cuando las cosas han ido mal y los ídolos se han hundido, es fácil hacer generalizaciones y perder de vista lo que hay de valioso y de noble en la realidad. Entonces se impone un estado de ánimo gris y escéptico y se es incapaz de ver lo nuevo que empieza y que podría excitar el entusiasmo o, cuando menos, la curiosidad. Mientras el desencanto entierra el alma, no hay manera de captar aquello bueno y valioso que ofrece la realidad.
El desencantado puede caer en dos estados de ánimo igualmente nocivos: el resentimiento y la nostalgia. Si no se contiene y deja ir su desencanto, puede frustrar el entusiasmo que el otro siente y castrar sus ilusiones. El desencantado no soporta el entusiasmo del otro y busca todos los mecanismos y todas las razones para aguarle la fiesta, para desmontarle su energía vital. Habla como un viejo rencoroso, que viene de vuelta de todo, que ha recibido muchos golpes y ya no cree en nada, ni en nadie.
El desencanto personal no puede convertirse nunca en un arma para frustrar el entusiasmo de los demás. Demasiado a menudo, la acción educativa no es ajena a este tipo de procesos. Mientras los estudiantes ven un futuro prometedor y lleno de conquistas a hacer, el profesor desencantado de la vida y decepcionado del mundo y de sí mismo, entona un discurso amargo, lleno de dinamismo. Deshace cada uno de los sueños y les hace ver que la realidad que les espera es cruda y opaca. No hay nada peor que un maestro desencantado, porque su función primordial es precisamente la contraria: fascinar, entusiasmar, proyectar ilusiones y crear las condiciones para que, cuando menos alguna de ellas, pueda llevarse a cabo.
Otro estado de ánimo asociado al desencanto es la nostalgia. Muy a menudo el desencantado venera el mundo del pasado y lo idealiza. Siente una especie de odio contra el presente, especialmente si en este presente no es reconocido su trabajo. Nostalgia del pasado y resentimiento contra los entusiastas son dos formas de enfermedad anímica que van estrechamente ligadas al desencanto.

Últimamente se ha escrito de mucho sobre el desencanto. Tal vez porque es un estado de ánimo que representa el alma de nuestra época, el espíritu de nuestro tiempo, el Zeitgeist.
El desencanto no es la muerte. Anticipa el final, la descomposición y el aniquilamiento, pero se puede combatir y vencer. Hay, pues, una transición posible que va del desencanto al entusiasmo. Para esta transición no valen los atajos de fármacos, ni de los estimulantes. Tampoco valen las diversiones externas, ni los pasatiempos.
El desencanto se combate con la virtud de la fortaleza (fortitudo). Ser fuerte significa realizar el bien incluso frente a lo espantoso. La fortaleza significa especial firmeza para resistir y rechazar todos los peligros en los que es sumamente difícil mantenerse firme. Afrontar el desencanto exige dos actitudes: resistir y atacar. No obstante, lo principal es resistir, ya que frente a lo doloroso lo único posible es resistir. Resistir consiste en seguir adhiriéndose al bien incluso en la herida.
Otra virtud esencial para afrontar al desencanto anímico es la paciencia. La paciencia no consiste en soportarlo todo, sino en no dejarse arrastrar por un desordenado estado de tristeza. Como dice Josef Pieper, «ser paciente significa no dejarse quitar la serenidad ni la clarividencia del alma por las heridas que se reciben mientras se hace el bien».1 Es paciente el que no se deja romper por la tristeza, quien no se deja invadir por ella y resiste, recuperando el alma y el anhelo de hacer cosas nuevas. Podemos ser heridos, pero también podemos resistir y atacar aquello que nos causa sufrimiento.
La paciencia es la virtud que conserva el bien contra la tristeza. Es la que nos hace soportar los males con buen ánimo, sin decaer, no sea que, apoyándolos con impaciencia, perdamos los bienes. El acto de la paciencia no consiste en sufrir los males, sino en disfrutar de los bienes que deseábamos alcanzar mediante ella.
La paciencia realiza una obra perfecta cuando se ocupa de soportar las adversidades. Estas dan origen, primeramente, a la tristeza, que está moderada por la paciencia; en segundo lugar, a la ira, moderada por la mansedumbre, y en tercer lugar, al odio, que es suprimido por el amor benevolente. Mediante la paciencia es posible superar el desencanto y la tristeza que genera. La paciencia se ocupa preferentemente de las tristezas, ya que es paciente no el que huye, sino el que soporta de un modo digno de elogio a los males presentes, sin sucumbir a la tristeza.
Francesc TORRALBA ROSSELLÓ
Filósofo
Artículo publicado originalmente en la Revista RE num. 123, edición catalana
Texto autorizado por su autor El entusiasmo.
Capítulo 3: Del desencanto al entusiasmo, Pagès Editors, S.L., Lleida, 2011, p. 41-46
Nota
1. J. PIEPER, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid, 2007, p. 201.
