
No sólo leer o escuchar aquello que nos confirma en nuestra
burbuja de opinión, sino conocer otros puntos de vista.»
Foto de Th G en Pixabay
Hace tiempo escuché a Rosa María Calaf, extraordinaria periodista, afirmar que «nos sentimos informados, pero solo estamos entretenidos». Se refería al escaso valor auténticamente informativo de muchos contenidos que consumimos, y eso que cuando ella lo dijo todavía no se vivía el auge de las redes sociales. Esto que se llama abusivamente ‘información’ muchas veces no es nada más que contenidos de entretenimiento, casi siempre catastróficos y negativos, con formato noticias de última hora.
Vivimos en una era en la que la información mezclada con la opinión, las ideologías y el bombardeo de contenidos nunca duermen. Las alertas de noticias interrumpen nuestros momentos de paz, los titulares sensacionalistas nos despiertan con un café cargado de ansiedad y las redes sociales amplifican cada tragedia en un bucle constante que no da tregua.
La sobreexposición a noticias negativas genera un fenómeno bien documentado: ‘fatiga informativa’. Un término que parece técnico pero que se manifiesta con síntomas muy humanos: tristeza inexplicable, miedo al futuro, desesperanza, e incluso una especie de parálisis emocional. El bombardeo continuo de tragedias nos da la falsa impresión de que el mundo es un lugar en colapso constante, cuando en realidad, el progreso y la bondad también pasan… sólo que no hacen tanto ruido.
Aquí convergen dos elementos de diferente naturaleza que favorecen la predominancia de malas noticias, sobre los que deberíamos trabajar como personas y como sociedad:
- El gusto generalizado por las malas noticias, los dramas y las catástrofes, por encima de eso que se pueden llamar ‘buenas noticias’, elementos de esperanza o pistas de salida. Se suelen dar explicaciones de tipo neurológico para explicar que, desde tiempos remotos, la mayoría de la gente logra ver espectáculos sangrientos y terribles (las luchas de gladiadores o entre fieras salvajes, las ejecuciones y quemas de personas en las plazas de los pueblos, las noticias truculentas en todo tipo de medios de comunicación). Se dice que las estructuras cerebrales más ligadas a la supervivencia hacen que el ser humano prefiera más conocer las amenazas de su entorno para poder huir o atacar. Y pasa precisamente eso: si se expone a estas noticias de manera habitual, estará constantemente en actitud huida o ataque (estrés).
- La crisis económica de los medios de comunicación serios para sobrevivir al entorno digital. Incluso con suscripciones de sus usuarios, los diarios sufren desde el nacimiento de Google y otras plataformas de contenidos, porque los recursos de la publicidad se han concentrado en ellos. Con el agravante de que no son responsables de estos contenidos, los recogen de todos los demás, pero no deben dar cuentas a nadie. Les es igual si son noticias-chatarra y falsedades, que si es información de calidad. Para estas plataformas lo más importante es mantener el tráfico que les asegura publicidad, y cuanto más escabrosos y espectaculares sean los titulares, más clics recibirán.
Esta combinación resulta enormemente lucrativa para quienes están en la cresta de la ola, y un lastre para quienes trabajan por una información de calidad, contrastada y equilibrada. También para la ciudadanía, este conjunto de personas que consumimos información y sufrimos la llamada ‘fatiga informativa’.
Qué es la fatiga informativa

lo que vemos y escuchamos.» Foto de Mircea Iancu en Pixabay
La fatiga informativa es una reacción cada vez más común en un mundo saturado de estímulos digitales y noticias constantes. Aunque parezca un término ligero, sus efectos son profundamente reales:
- Emocionales: tristeza persistente, angustia, irritabilidad o una sensación difusa de desesperanza. Es como si cada nueva alerta reforzara la idea de que no hay salida ni solución posible.
- Mentales: dificultad para concentrarse, para tomar decisiones o incluso para recordar detalles. La mente entra en un estado de alerta crónica, como si siempre estuviera esperando malas noticias.
- Físicos: insomnio, cansancio continuo, tensión muscular o dolores de cabeza. El cuerpo, al igual que la mente, siente que nunca descansa.
- Comportamientos: muchas personas empiezan a evitar la información del todo, cayendo en la desinformación. Otros desarrollan una especie de adicción al zapping, buscando sin parar contenidos heterogéneos, como si esto les diera algún tipo de control o certeza.
- Sociales: se pierde la confianza en los demás y en las instituciones. La exposición constante a escándalos o desgracias puede alimentar una visión del mundo injusta y peligrosa como norma. Y eso deteriora la calidad de nuestras democracias.
La fatiga informativa no implica ningún desinterés, al contrario; nace del exceso de interés y de empatía que se siente desbordada. Por ello, cuidar nuestros límites no es un acto de egoísmo, sino de responsabilidad emocional.
La responsabilidad de la ciudadanía

se manifiesta con síntomas muy humanos: tristeza inexplicable,
miedo al futuro, desesperanza, e incluso una especie de
parálisis emocional.» Imagen de de Pete Linforth en Pixabay
Informarse responsablemente no quiere decir irse a una isla desierta, tirar el móvil a la basura y apartarse del mundo, sino elegir conscientemente cómo y cuándo abrir la ventana hacia eso que llamamos ‘actualidad’. Implica limitar el tiempo de exposición a noticias, verificar las fuentes y, sobre todo, equilibrar las malas noticias con otras que nutren el alma. Leer sobre avances científicos, historias de superación o iniciativas sociales nos puede recordar que la humanidad es más que sus catástrofes.
El miedo paraliza, pero la información bien dosificada puede ayudar. No se trata de evitar la realidad, sino de impedir que nos arrastre. Nos informamos para estar conectados con el mundo, y la mayoría de las veces ese mismo impulso nos desconecta de nosotros mismos. ¿Cómo mantenernos informados sin enfermarnos en el proceso? Quizás es momento de practicar un nuevo tipo de higiene mental que nos permita cerrar la pestaña de las malas noticias con la misma naturalidad con la que cerramos los ojos para dormir.
Cuatro sugerencias para mantenerse informados y sanos:
- Seleccionar bien y apoyar las fuentes de información fiables (y tanto como sea posible, plurales). No sólo leer o escuchar aquello que nos confirma en nuestra burbuja de opinión, sino conocer otros puntos de vista. Y apoyar el periodismo de calidad: vale la pena este desembolso para fortalecer unas empresas informativas tan importantes en democracia. Y por supuesto evitar compartir noticias sin verificar.
- Dosificar la información que recibimos. Dejar largos lapsos de dedicación a la vida presencial, a lo que pasa en nuestro entorno inmediato. No vale la pena dejarnos arrastrar por la avalancha informativa, ni siquiera la de calidad, pero aún menos la que es reiterativa y obsesiva que destripa los problemas hasta convertirlos en carnaza. No añaden nada los comentarios y detalles morbosos cuando la información esencial ya está transmitida.
- Elegir vías de actuación realistas para nuestras posibilidades. Un gran desafío, pero en nuestro tiempo realmente podemos apoyar causas justas de manera presencial o a distancia. La inmovilidad nos estresa, y aun sabiendo que nuestra contribución pueda ser pequeña, nos ayuda a sentirnos parte de ese mundo que se mete por todos los espacios digitales y nos interpela como personas.
- Hacernos amigos del silencio. Prácticas como la meditación o el yoga ayudan a gestionar un estrés constante que nos enferma. El silencio no sólo nos restaura las estructuras cerebrales. También nos ayuda a aprender a serenar nuestro interior, conectarnos con nosotros mismos, elaborar poco a poco un punto de vista propio sobre lo que pasa en la sociedad y en el mundo.
Si se dice que somos lo que comemos, también somos lo que vemos y escuchamos. Estar informados es necesario en nuestro tiempo, pero distinguimos bien lo que permitimos que entre en nuestro espacio interior y en qué medida.
Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en comunicación
Madrid, España
Artículo publicado originalmente en la Revista RE num. 123, edición catalana
