Chile, una reflexión desde la cultura de paz

Chile, una reflexión desde la cultura de paz

Foto: Kimberly Alves / pexeles

 

CHILE, ENTRE EL DESPRECIO Y EL RESENTIMIENTO.
UNA REFLEXIÓN DESDE LA CULTURA DE PAZ

Hace poco menos de un mes asumió el primer gobierno de extrema derecha en Chile en tiempos de pos dictadura (el ex presidente Piñera, que gobernó el país en dos ocasiones, representó los intereses de una derecha tradicional, ligada al gran empresariado y manifestó abiertamente su oposición a los crímenes de lesa humanidad realizados por agentes del Estado durante el gobierno de Pinochet).

El ideario del actual gobierno, expresado durante la campaña presidencial, de un gobierno de emergencia para salir de la crisis, se está haciendo sentir, con recortes presupuestarios en diversos ministerios, un alza histórica en la venta de combustible, un discurso catastrófico respecto de la gestión del presidente saliente, Gabriel Boric (“Recibimos un estado quebrado”), un fuerte impulso al control inmigratorio, reducción de impuestos al sector más acomodado del país y en política exterior, una peligrosa alineación con E.E.U.U., entre otros ajustes que ya tienen movilizado a un sector importante de la población chilena y que aventuran un alza importante en el costo de la vida en uno de los países económicamente más estables de América latina, pero en cuyo seno se sostiene una profunda desigualdad en la distribución de la riqueza.

Quisiera continuar este relato con extractos del que fue mi trabajo final con el que obtuve el grado de master en el postgrado Cultura de Paz, Cohesión Social y Diálogo Intercultural: Aplicaciones Prácticas de la Universitas Albertiana / Universidad de Barcelona en el año 2020.

 EL DESPRECIO Y LA DESIGUALDAD

Chile se ha constituido en tanto nación republicana basado en el principio de la construcción de un modelo de país a imagen y semejanza de las necesidades y aspiraciones de un pequeño grupo de poder, el que, a lo largo de los siglos ha afianzado esta condición utilizando los recursos institucionales que ha creado para ese efecto. Del mismo modo, y como consecuencia directa de este proceso, se ha ido desarrollando, bajo el alero de privilegio de ese pequeño segmento de la sociedad, una cultura basada en la sensación de una vida injusta, llena de sacrificios, que no se traducen en mejoras sustanciales en la vida del resto de los ciudadanos.

Mirado desde el prisma emocional, es posible argumentar que han sido dos las emociones que se han establecido como piezas fundantes del modo de ser de nuestra cultura local. Por un lado, el DESPRECIO y, por otro, el RESENTIMIENTO

El desprecio como razón fundante de la mirada de nuestras históricas élites respecto a la enorme masa de pueblos originarios, campesinos y de trabajadores en general, y que se ha traducido, históricamente, en segregación, control social, desigualdad, estallidos sociales cada cierto período de tiempo y violentos episodios de represión.

Chile ostenta el triste récord de ser uno de los países del mundo con mayor desigualdad en la repartición de la riqueza y este no es un hecho menor, pues diversos estudios[1] señalan la relación directa entre desigualdad y conflicto social. En ese sentido, fomentar procesos de modificación en la estructura del Estado que favorezcan la disminución de la desigualdad repercutirá directamente en la disminución de un significativo número de conflictos sociales que nuestro país ha arrastrado, como pesadas cadenas, a lo largo de su historia y que en los últimos años y particularmente desde el comienzo del estallido social (octubre de 2019), han cobrado relevancia inusitada debido a sus expresiones de violencia callejera.

Es interesante la perspectiva reflexiva señalada por el sociólogo noruego Johan Galtung, uno de los principales teóricos modernos sobre la paz. Desde la perspectiva de Galtung hay violencia cuando los seres humanos se ven influidos de tal manera que sus realizaciones efectivas, somáticas y mentales están por debajo de sus realizaciones potenciales[2]. En otras palabras, en la medida que la satisfacción de las necesidades básicas esté más alejada de la realidad, se abrirá espacio para la violencia. La brecha entre las condiciones materiales y las aspiraciones de las personas genera una tensión social o personal que se traduce, finalmente en actos de violencia.

Galtung aporta a los estudios sobre la paz la profundización y problematización del concepto de violencia, en ese sentido, señala que podemos encontrar cuatro manifestaciones, ellas son:

  • Violencia clásica. Aquella violencia directa contra el cuerpo.
  • La privación de las necesidades humanas básicas
  • Represión. Es la privación de los derechos humanos
  • Alienación. Es la privación de necesidades superiores

La primera de las violencias corresponde a la violencia física, en tanto las otras tres constituyen la violencia estructural[3]. Desde esta perspectiva la violencia estructural no es propia de las personas, es una violencia que viene de la institucionalidad, del Estado, de las estructuras más rígidas de la sociedad. De esta manera, promover y acceder a una paz duradera implica, necesariamente, dar cuenta de la violencia estructural y, por ello, modificar la naturaleza de los estados, tornarlos más humanos, más vinculados con las necesidades más sentidas de sus ciudadanos. En otras palabras, implica considerar la desigualdad y la injusticia social como factores detonantes de violencias, factores que deben ser intervenidos para transitar al pleno desarrollo de una paz verdadera.

Galtung considera que las dos formas a través de las cuales se manifiesta la violencia estructural externa, son la represión y la explotación. En su planteamiento incorpora también el concepto de violencia cultural, que viene a ser una suerte de soporte en torno del cual se asientan la violencia estructural y la violencia directa. En ese sentido señala que, la violencia cultural se manifiesta de forma simbólica y es administrada a través de:

<<la religión y la ideología, en el lenguaje y el arte, en la ciencia y en el derecho, en los medios de comunicación y en la educación[4]>>.

La maquinaria de la violencia estructural perpetúa relaciones de desigualdad y exclusión. En el caso particular de Chile esa exclusión y desigualdad se sustenta, desde mi perspectiva, en el desprecio.

Un Estado que actúa como morigerador en las relaciones entre empleadores y trabajadores, cuenta con espacio ético y poder político suficiente como para frenar intentos abusivos y favorecer relaciones basadas en el respeto mutuo, en la confianza y en fines superiores como lo es el desarrollo y fortalecimiento de relaciones pacíficas y respetuosas de convivencia, o como diría Galtung, de una paz positiva, que implica la ausencia de todo tipo de violencia, incluida la estructural[5].

Sin embargo, cuando el Estado es constituido y coaptado, precisamente, por el grupo de poder que detenta el control de la economía y que utiliza la maquinaria estatal para su propio beneficio, la situación se torna insostenible para el resto de la población, pues la relación entre el mundo de los trabajadores y el mundo de la institucionalidad se da en condiciones de absoluta asimetría, en que la institucionalidad del Estado, frente a las demandas del mundo civil por establecer mejoras en la naturaleza de la estructura política de la nación y en las condiciones de vida de la mayoría de la población, ha respondido a través del desprecio, que se manifiesta en violencia de manera estructural, pero también a través de violencia directa ejercida contra la ciudadanía.

RESENTIMIENTO Y VIOLENCIA CALLEJERA

Por otro lado, la rabia acumulada tras “injusticias de siglos”, como diría Violeta Parra en su canción “Arauco tiene una pena”, dio paso al desarrollo de una evolución de la rabia, que es el RESENTIMIENTO.

La rabia expresada se traduce en indignación y la indignación tiene un componente ético que es interesante analizar. Para Francesc Torralba:

<<En la indignación hay, pues, una búsqueda y una esperanza. Este es el factor positivo de esta emoción colectiva. Se indigna quien espera un ordenamiento justo, un trato equitativo, una distribución justa de los recursos[6]>>

El resentimiento es una emoción poderosa pues se constituye en una razón de ser, en la justificación precisa de mi actual condición, que tiene responsables fuera de mí, ajenos a mis propios deseos y capacidades. El resentimiento me obliga a externalizar el problema, a mirar al otro lado, a ver en los demás o en un grupo determinado de la población, la razón de mis penurias, los causantes de mis pesares. Entre el resentimiento y la violencia dura (aquella que se ve y se siente) y que Galtung define como violencia clásica hay, en la mayoría de los casos, una línea muy delgada que es muy fácil cruzar.

Desde la perspectiva de Torralba, es posible definir el resentimiento como:

<<Una reacción emocional del yo respecto al tú. Se trata, pues, de una reacción interpersonal entre dos seres libres, inteligentes y responsables>>[7].

Torralba basa su definición en la perspectiva fenomenológica de Scheler, para el que existen dos tipos de resentimiento

  • El resentimiento individual. Es la Causa directa del enfrentamiento entre el yo y el tú.
  • El resentimiento colectivo. Causa de las guerras, masacres interétnicas y limpiezas raciales[8].

El resentimiento tiñe nuestro modo de análisis, contamina nuestra forma de ver el mundo y de tomar decisiones, instala arbitrariamente categorías de juicio y sesgos que imposibilitan mi acercamiento hacia la paz, el entendimiento y los acuerdos con otros, pues está fundado en la venganza, el odio, la sensación de impotencia, los celos, la hostilidad hacia el otro o los otros.

En el resentimiento, al igual que en el desprecio hay relaciones asimétricas de poder. El resentido, por lo general, lo está con alguien o algo (una institución, por ejemplo) que, en algún momento determinado de la existencia, cometió un atropello, una acción que a ojos del resentido es considerada una injusticia. Si la sensación de injusticia se constituye en la norma, en un hecho permanente, en una forma de ser, en un modelo que se replica a diario, la rabia inicial (emoción asociada directamente a la sensación de vivir o presenciar una injusticia) se transforma en resentimiento y esta emoción tiene la particularidad de enraizarse en nosotros, de hacerse parte integral de nuestro modo de ver y actuar en el mundo. Pero su mayor peligro radica, probablemente, en su facilidad para ser traspasada a las nuevas generaciones, convirtiéndose en un imperativo categórico, en un axioma de vida que las personas, las familias, los pueblos y las culturas, adoptan y constituyen en su modo de ser y de actuar en el mundo de la vida. Este modo de resentimiento histórico, desde la perspectiva de la Carta de la Paz es considerado como:

<<Totalmente absurdo, porque es el resentimiento de algo que ya no existe, de algo que pasó pero que no debe condicionar el presente. Las generaciones heredan valores, creencias, cultura; pero también heredan odios, prejuicios raciales y étnicos, sentimientos de hostilidad y violencia>>[9].

Tanto el desprecio como el resentimiento corresponden a modos de mirar la realidad y particularmente a los otros y otras, con un lente que invalida, que prejuzga sin conocer, que me hace tomar una posición de radicalidad respecto de la otredad basado en una falsa perspectiva histórica. Veo en el otro o en la otra, el responsable de mi modo actual de vivir la vida, o el peligro inminente que, a través de su accionar puede alterar mi particular manera de ser y de estar, me lleno de mundos explicativos respecto a esa culpabilidad y a esa peligrosidad y tomo acciones precisas para que mi punto de vista respecto de aquella situación sea conocido y, con ello, validado. Como corolario de esta forma de actuar, el punto de vista del otro es anulado, privado de su categoría de legitimidad, puesto en un orden inferior. Lo que el otro piensa o señala no vale nada frente a mis ojos, porque es inferior a mi o porque es el responsable directo de mi desgracia.

En resumen, tanto el resentimiento como el desprecio, son formidables enemigos para lograr la paz, quizás sean los obstáculos más difíciles que las sociedades debemos superar.

Para las diversas comunidades del planeta, la construcción y el relato histórico en torno de conceptos maniqueos como buenos y malos, vencedores y vencidos, defensores de la democracia o Estados terroristas, ha nutrido no sólo de literatura el ámbito de la historia, sino también de creencias y modos de ver y de sentir respecto de aquellos hechos históricos. Dicho de otro modo, han generado las bases para configurar culturas que ven y actúan en función de aquellos criterios que tienen a la base el resentimiento y el desprecio. En ese sentido, procesos francos y reales respecto de establecer la paz definitiva en espacios y territorios en conflicto, se ven permanentemente amenazados por la herencia y la profunda herida que dejan estas emociones. Las guerras actuales, cuyo corolario es la que se libra en el llamado medio oriente, son un duro golpe de realidad para una humanidad que aún no termina de encontrar ese ansiado camino hacia la paz.

[1] Por ejemplo, el Estudio Longitudinal Social de Chile realizado por el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social COES, del año 2017 y profundizado el año 2018.
[2] Fisas, V (1987). “Los conceptos de violencia y paz”. En Fisas. V: Introducción al estudio de la paz y de los conflictos. Barcelona, p. 69-85.
[3] Fisas, Ibid.
[4] Galtung, J. Ibid.
[5] Fisas, Ibid
[6] Torralba F. “La Revolución Ética” (2016). Madrid, España
[7] Torralba F. “El resentimiento, obstáculo fundamental a la paz”. En: Rigor, J. et al. Convivencia en el siglo XXI. Barcelona: ESIN, 1995. P. 142-149
[8] Torralba F. Ibid
[9] Torralba F. Ibid

Carol FUENTES ZÚÑIGA
Trabajadora social
Postítulo en estudios de familia. Master en Cultura de paz, cohesión social y diálogo intercultural: aplicaciones prácticas
Santiago de Chile, Chile
Abril de 2026

Publicaciones relacionadas

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *