Comparte tu libro

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Hemos celebrado la fiesta de Sant Jordi. La tradición nos invita, año tras año, a regalar libros y rosas en esta fecha tan significativa. Es un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo: ofrecer cultura, belleza y afecto en un mismo acto. Por este motivo, hoy quiero recomendaros un libro muy especial.

Un libro que merece ser leído sin prisas, con calma, dejándolo reposar en el corazón. Un libro que no se agota en una primera lectura, sino que invita a volver a él, a releerlo, a meditarlo y a extraer de sus páginas todo el sentido que encierra. También os sugiero compartirlo, comentarlo con amigos, dejar que genere conversación y reflexión. Estoy convencido de que, de una forma u otra, a todos nos resultará provechoso.

Sin embargo, debo advertiros de algo: se trata de un libro singular, difícil de encontrar en librerías. No está en los escaparates ni en los catálogos de novedades. Conseguirlo requiere un esfuerzo distinto, más personal, más interior.

El problema —si es que puede llamarse así— es que no recuerdo con exactitud su título. Según parece, tiene varios nombres, dependiendo de quién lo haya “editado”. Además, su autor quiso que fuera una obra artesanal: no existen grandes tiradas, ni ediciones masivas. Cada ejemplar es único, irrepetible, y está cuidadosamente adaptado a su lector.

Esto hace que no coincidan ni el número de páginas ni los temas que aborda. En ocasiones, es un libro breve; en otras, puede superar con creces las mil páginas. Hay capítulos intensos, otros más ligeros; algunos luminosos, otros atravesados por la dificultad o el silencio. Pero todos ellos forman parte de una misma historia.

El autor, consciente de nuestra falta de tiempo y de la prisa que caracteriza nuestra época, ha tenido un detalle admirable: ha subrayado ciertos fragmentos, los más importantes. Son esos momentos que destacan con fuerza, que permanecen en la memoria, que nos marcan. Leer esos pasajes subrayados es una buena forma de empezar. Después, si lo deseamos, siempre podremos volver atrás y profundizar, descubrir matices, comprender mejor lo vivido.

Hoy en día se dice con frecuencia que escasean los buenos libros de espiritualidad. Yo, sin embargo, me atrevo a afirmar que éste es uno de los mejores. Algunas de sus “ediciones”, incluso, incluyen fotografías, recuerdos, objetos, pequeños signos que lo hacen aún más vivo, más cercano, más encarnado en la realidad.

Quizá ya habéis intuido de qué libro estoy hablando. Sí: es vuestro propio libro. El de cada uno de vosotros. El que habéis ido escribiendo, día a día, a lo largo de vuestra vida. Es una autobiografía única, en la que destacan los momentos más significativos: aquellos que han quedado grabados en la memoria profunda, en ese lugar que la Biblia llama el corazón. Son páginas escritas con alegrías y heridas, con encuentros y despedidas, con búsquedas y hallazgos.

Aprender a leer este libro es descubrir que nuestra vida está llena de sentido.
Aprender a leer este libro es descubrir que nuestra vida está llena de sentido (Foto Stock sanp Pixabay)

Aprender a leer este libro es descubrir que nuestra vida está llena de sentido. Es reconocer que cada experiencia puede convertirse en un pequeño sacramento: un signo que nos revela quiénes somos y quiénes estamos llamados a ser. Nos hace sentirnos hermanos, amigos, padres, hijos, maestros y discípulos. Nos recuerda, en lo más hondo, que somos hijos e hijas de Dios. Al releer nuestras páginas, comprendemos que nuestra historia no es banal ni insignificante. Es, en realidad, una historia sagrada. Una de esas historias que tantas veces hemos admirado en otros, pero que ahora descubrimos en nosotros mismos.

Tal vez lo que nos falta no es vivir más, sino aprender a leer mejor lo ya vivido. Ahora tenemos la oportunidad de detenernos, de contemplar nuestra vida con asombro, de leerla con atención y descubrir en ella el paso discreto, pero constante, de Dios. Percibir cómo ha estado presente en cada etapa, incluso en aquellas en las que parecía ausente. Porque cuando aprendemos a leer sin prisas, descubrimos algo sorprendente: nuestra vida está mucho más habitada por Dios de lo que la velocidad con la que vivimos nos hacía creer.

Leer la propia vida con calma es, en el fondo, un acto de reconciliación con uno mismo. Es reconocer que todo —lo luminoso y lo oscuro— ha contribuido a escribir nuestra historia. Y que, de algún modo, todo ha tenido sentido. Darse cuenta de ello es una hermosa manera de cerrar un ciclo, de agradecer lo vivido y de prepararse para comenzar uno nuevo con mayor conciencia, con mayor profundidad, con mayor paz.

Buena lectura.

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Sacerdote y economista
Barcelona, mayo 2026

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