Ajardinar la sociedad desde el silencio y la soledad

Ajardinar la sociedad desde el silencio y la soledad

Fotografía: Javier Bustamante

Ajardinar es una acción que requiere de la intervención del ser humano sobre la naturaleza. Los jardines suelen ser creaciones humanas que toman elementos naturales y los ordenan de una determinada manera, emiten un mensaje.

El hábitat humano, las casas, los pueblos, las ciudades, son una respuesta de la vulnerabilidad de nuestra especie. Construimos una casa para guarecernos del frío, del calor, para crear intimidad, para sentirnos seguros ante otros seres de nuestra especie y de otras especies. Estos hábitats, de los cuales se desprenden relaciones interpersonales que pueden desembocar en distanciamiento de la naturaleza, relaciones de poder y desigualdad, necesitan ser ajardinados, es decir, repoblados de naturaleza para impedir que la vulnerabilidad natural se convierta en una vulnerabilidad instrumentalizada.

En este sentido, ajardinar la sociedad tiene que ver con propiciar condiciones de reconocimiento a la diversidad como un valor que aporta sinergia y nutrientes al crecimiento colectivo.

Para llegar a la consciencia de unicidad propia y diversidad necesaria y reconocer que nacemos en la vulnerabilidad, el silencio es un medio propicio. Silencio no como mutismo o inactividad, sino como apertura y escucha desde todo el ser. Silencio como actitud de permeabilidad con la realidad de la cual formo parte.

El silencio, junto con la soledad, nos ayudan a descalzarnos, apoyando nuestros pies sobre la tierra y palpando la conexión que existe con el planeta. Se trata de un descalzarse que puede ser físico, pero sobretodo, se trata de un descalzarse ontológico o existencial. El calzado nos separa de la realidad, impidiéndonos saber cómo es el terreno donde estamos, su textura, su temperatura. De manera simbólica, cuando nos calzamos, nos aislamos de las demás personas, de lo que sucede a nuestro alrededor o, incluso, de nosotros mismos; como decía Panikkar, nos perjudicamos. Al descalzarnos, entramos en contacto, palpamos.

El calzado también nos hace estar por encima, como si nos situáramos un peldaño más arriba de lo que nos rodea. Es una especie de soberbia. Soy más alto de lo que en realidad soy, me autoengaño. Cuando nos descalzamos, nos situamos al mismo nivel de la realidad, de las personas con las que convivo, de los demás seres del planeta. Puedo adquirir consciencia de hasta dónde llego, cuáles son mis límites.

También es cierto que el calzado nos protege de esos molestos golpes en los dedos de los pies cuando chocan con las cosas. Pero esto nos hace ir por la vida sin cuidado hacia lo que nos rodea y con la posibilidad de pisar a los demás. Cuando me descalzo voy con tiento, pues me puedo hacer daño y esto me ayuda a ser consciente de que puedo hacer daño a otros. Mi vulnerabilidad también es la vulnerabilidad de los demás.

Estar en silencio y soledad me ayudan a descalzarme, a ser yo mismo y gozar de mi condición exacta. Conforme voy entrando en la dinámica del silencio, en su ritmo vital, descubro mi propio pulso y el de la Naturaleza, porque soy Naturaleza. Desde esta consonancia puedo ir alcanzando mayores cotas de armonía con mi propia realidad, con mi percepción restringida de la Vida, pero que al fin y al cabo es la mía.

Hacer silencio en soledad no es callar y aislarse. Es conjugar de manera consciente el verbo ser y estar: ser, estando en el presente, y estar, siendo donde estoy. Aceptación pura, a veces dolorosa, pero curativa.

Javier BUSTAMANTE ENRÍQUEZ
Poeta
Ciudad de México, México
Abril de 2026

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