
Para la persona historiadora hay muchas fuentes desde las cuales construir o reconstruir relatos. Los relatos son para la Historia hilos argumentales, guiones, escenas… que describen cómo fueron algunos hechos. Dichas fuentes nos acercan al origen y al proceso de muchos acontecimientos que se han convertido en fundacionales de los actuales colectivos humanos.
Las fuentes tradicionales de la Historia son documentos como vestigios arqueológicos, edificaciones, trazos urbanos, soportes de papel, obras de arte, objetos de uso cotidiano, modificaciones en el medio natural, herramientas de trabajo y todo aquel elemento que represente una huella “del pasado”. Junto a estos documentos de tipo material, también coexisten los de tipo inmaterial, que algunos han llegado a nuestros días porque en algún momento fueron trasladados a soportes materiales. En esta categoría encontramos la religión, la tradición oral, los mitos y leyendas, la música, las costumbres, los códigos morales, los códigos de comportamiento familiares, los roles sociales, las tradiciones, actividades lúdicas, entre muchas otras manifestaciones que recogen la riqueza cultural de los pueblos y los grupos humanos.
El final del siglo XX y comienzo XXI están fuertemente marcados por la experiencia digital. Por medio de los avances tecnológicos se ha conseguido, de alguna forma, traspasar las barreras del tiempo y del espacio. Ahora podemos “virtualmente” ver cosas que están a miles de kilómetros de distancia y escuchar, simultáneamente, a personas o acontecimientos que se encuentran del otro lado del mundo. También registrar en soporte digital hechos que podemos reproducir con una fidelidad muy alta. Y ya más recientemente crear “realidades”, es decir: con elementos que emulan la realidad, ficcionar con tal apariencia de verdad que cuesta diferenciar lo que ha sido real y se ha registrado, de lo que se ha creado como si hubiera sucedido, pero que nunca llegó a suceder.
Para la historiografía y, en buena parte, para la construcción de relatos biográficos, un soporte indispensable lo han sido las cartas, los diarios y todas aquellas vivencias que quedaban registradas en soporte de papel. Con el surgimiento de la tecnología digital, la comunicación a distancia se ha visto reemplazada por llamadas y videollamadas, cuyo contenido desaparece al colgar el teléfono. O con la comunicación a través de plataformas como el whatsapp y similares, donde se dan “conversaciones” bidireccionales o en grupo, las cuales también pueden disolverse con solo dar una orden de vaciar el chat porque ocupa mucho “espacio” en la memoria del teléfono.
Un poco antes del uso o sobre-uso del Smartphone, los correos electrónicos eran los sucesores naturales de la correspondencia sobre papel. Ahora, como respuesta a la cultura de la inmediatez, el correo electrónico queda arrinconado a ciertos usos.
Con todo lo anterior, quiero destacar que han aparecido nuevas fuentes documentales de tipo digital, sobretodo valiosas para la elaboración de relatos como las biografías y otras narraciones de tipo histórico, que se vuelven inaccesibles por su grado de protección a la privacidad –como los correos electrónicos y las conversaciones de whatsapp–. O que desaparecen con instrucciones tan fáciles como: borrar, vaciar, tirar a la papelera. Se genera tal cantidad de discurso, muchas veces banal por lo sencillo de su elaboración, que se hace descartable. Y en el camino se pierde información valiosa de tipo histórico, biográfico, antropológico, sociológico.
Las personas historiadoras del futuro, ¿a qué fuentes accederán para leer el presente? Sin duda habrá muchas, pero hay elementos tan ricos que vemos desaparecer ante nuestros ojos. Esto me lleva a pensar que la comunicación digital equivale a esas conversaciones orales del pasado, muchas de ellas interesantes y que eran el sustrato de acontecimientos históricos, que seguramente se disolvían en el aire y cuyos ecos nunca nos llegaron. O todos esos documentos materiales que, por intereses varios, fueron destruidos, quemados, desaparecidos… y que ahora solo habitan en nuestra imaginación.
Al escribir estas líneas pienso en la riqueza que tienen los actuales grupos de whatsapp, que son como el espejo que refleja la dinámica grupal de sus integrantes, sus intereses, sus filias y sus fobias, la realidad social a la que pertenecen, sus discursos… Todo esto es un material valioso para disciplinas como la historia, la antropología, la sociología, la psicología social. La mayoría de su contenido quedará en el limbo digital.
A los habitantes del siglo XXI, esta es la versión de la realidad que nos está tocando vivir. Que no es la única y que corremos el riesgo de asumir como la que vale para todo y para todas y todos. Hay mucho más y es importante no quedarnos con pocos canales para leer y registrar los acontecimientos vitales de la existencia. Es crucial considerar que, las capacidades creativas y los lenguajes diversos, son la principal riqueza de la especie humana.
Javier BUSTAMANTE ENRIQUEZ
Psicólogo social
Ciudad de México, México
Agosto de 2026
