
Los seres humanos, desde épocas remotas, plasmamos sobre cuevas y paredes acontecimientos importantes para la colectividad. En muchas latitudes del planeta se han encontrado pinturas rupestres que dan cuenta de diversas actividades de la vida prehistórica, destacando la caza y los rituales que la propiciaban. Es decir que se unía en estas manifestaciones artísticas, la necesidad de sobrevivencia material y la dimensión espiritual. Se calculan unos 400 000 vestigios rupestres en todo el planeta, muchos catalogados y protegidos. Al norte de España, en la zona de Cantabria, hay uno de los ejemplos más ricos en arte rupestre en la Cueva de Altamira.
Con el paso de los siglos, los seres humanos pasamos de pintar sobre las rocas de las cuevas a hacerlo sobre los muros de construcciones, principalmente en espacios sagrados o destinados al poder político. Así nacieron las pinturas murales, algunas para representar acontecimientos históricos, otras de tipo religioso y algunas más con motivos simplemente decorativos. En las culturas mesoamericanas destacan frescos como el de Bonampak, en Chiapas. Datan del año 790 y narran escenas de tipo religioso, bélico, artístico y de la vida cotidiana. En la misma pintura se encuentran numerales que han hecho posible saber las fechas a que se refieren los acontecimientos que narran.
Otro caso de pintura mural, pero de temática meramente religiosa, se encuentra en numerosas iglesias y capillas románicas que se extienden por Europa. El arte cristiano encontró en los muros de los espacios sagrados un lugar idóneo para representar la vida y pasión de Jesús, la vida de María, relatos bíblicos, vidas de santas y de santos, entre otros temas que servían para catequizar a las poblaciones. Eran como una Biblia para analfabetas, porque en aquella Edad Media pocas personas sabían leer y, mucho menos, latín. En el Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona, se encuentran muchos exponentes de estas pinturas que nos muestran el románico catalán en su máximo esplendor.
Ya a mediados del siglo XIX, pero sobretodo en el primer tercio del XX, se dio en México un movimiento artístico llamado el Muralismo. Nació como tal en el contexto sociocultural posterior a la Revolución Mexicana (1910-1917) y se caracterizó por una política de apoyo a la educación, el arte y la cultura de los gobiernos post-revolucionarios. Se pretendía poner en valor una nueva identidad mexicana que rescatara el pasado prehispánico, la importante población indígena, los valores rurales y de la clase obrera, así como las tradiciones y costumbres, teniendo como trasfondo una política de izquierda que era la que gobernaba el país en aquella época.
Dentro de los muralistas destacaron “Los tres grandes”: David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, quienes pintaron importantes espacios políticos, educativos y culturales del país. Junto a ellos también destacan nombres como Juan Cordero, quien fue uno de los precursores del muralismo a mediados del siglo XIX; o Sergio Murillo, mejor conocido como el Dr. Atl, quien es considerado el padre del muralismo moderno e impulsor de los tres grandes y otros artistas más como Roberto Montenegro, Federico Cantú, Xavier Guerrero y Ramón Alva, entre otros.
Un aspecto central del Muralismo es que los artistas que participaban de él rechazaban la posición de que el arte era para una minoría selecta. Por el contrario, ellos creaban por y para el pueblo y las temáticas que abordaban reflejaban su historia, las injusticias que habían padecido y que padecían y destacaban un México indígena y mestizo. El ideal de un nuevo nacionalismo fue plasmándose en los muros de edificios emblemáticos que, hasta la fecha, siguen maravillando a la población local y sus visitantes extranjeros.
El Muralismo mexicano da cuenta de un momento histórico del país, atravesado por tendencias ideológicas y políticas que pretendían ser parteaguas con el pasado inmediato de represión y anulación de gran parte de la población. Por lo mismo, también puede leerse una carga contestataria importante que se radicalizaba en una lucha de clases que pugnaba por el nacimiento de un nuevo México. El arte casi nunca es neutral, cada expresión estética es hija de su momento y responde a las necesidades y a las inquietudes de la sociedad que la hacen nacer. El caso del Muralismo mexicano es un claro ejemplo.
En su momento ayudó a poner imagen a todo un proceso histórico de siglos y a forjar una identidad nacional, encumbrando heroínas y héroes, visibilizando situaciones de abuso de poder y señalando enemigos del pueblo. En nuestros días los muros de muchas ciudades son espacios que vuelven a reflejar el sentir y el pensar de las personas, haciéndose eco de diversas realidades y no sólo de un proyecto único de país. Encontramos mensajes de paz, llamamientos a cuidar el planeta, proclamas por la igualdad de géneros, denuncias por violación a los derechos humanos… Junto con otras expresiones murales cifradas que sólo saben leer colectivos entre los cuales se cruzan grafitis.
Más que un movimiento muralista, tanto en México como en muchas partes del mundo, actualmente existen muralismos: maneras diferentes de tomar las paredes y otras superficies como soporte para plasmar mensajes colectivos provenientes de voces diversas. Ciertamente, un mural es para ser visto por muchos ojos y esto le dará siempre a esta manifestación artística su carácter comunitario. La pluralidad del siglo XIX se deja ver también en los muros de sus ciudades y pueblos.
Javier BUSTAMANTE ENRÍQUEZ
Poeta
Ciudad de México, México
Abril de 2026
