
La paz es un bien frágil, y mantenerla requiere un esfuerzo decidido de todos. Pero hacerlo es imprescindible porque es el entorno en el que puede florecer el desarrollo individual, familiar y comunitario.
La paz es el estado de convivencia humana en el que las personas pueden ejercer la libertad y se cultiva el respeto a los demás. Sólo en un clima de paz pueden surgir oportunidades y vida digna para todos.
Pero como decimos, es un bien frágil. Conservarla y cultivarla es una tarea que requiere el esfuerzo constante de toda la sociedad.
El primer paso es la paz interior. La paz auténtica comienza en el interior del corazón humano, y debe cultiva desarmando los pensamientos, cultivando la interioridad en el silencio, contrarrestando la «globalización del ruido».
El segundo es desarmar el lenguaje. Evitar los calificativos agresivos e hirientes. Escapar a la construcción de enemigos que realizan los líderes ansiosos de fieles seguidores y súbditos. Nada hay más cohesionante que un enemigo común, aunque éste no lo sea en realidad.
Para evitar caer en manipulaciones es necesario pensamiento crítico y una comunicación desarmada y desarmante que reconoce al otro como ser humano digno de respeto. Una comunicación respetuosa que restablece poco a poco la confianza entre grupos alejados en sus opiniones y preferencias. Se deja de recurrir a la violencia y se renuncia a la «carrera armamentística». Es «desarmante» porque pone de manifiesto que el camino más corto a la convivencia armónica es la aceptación del otro.
Y tercero, no hay paz sin justicia. La justicia social y la equidad sostienen los vínculos familiares y amicales, que son cimientos de la convivencia. La verdadera paz exige la práctica de la justicia, el respeto a la dignidad de cada persona y el florecimiento de oportunidades para todos.
Tarea imprescindible y que nos interpela, más que nunca, en este final de la segunda década del siglo XXI.
Mayo de 2026
