En las olas informativas que nos invaden, surgen con insistencia noticias sobre las capacidades de la inteligencia artificial. Con ellas vienen las incómodas preguntas que no podemos esquivar. ¿Qué queda de los humanos en la era de la inteligencia artificial? ¿Es ya más lista que nosotros? ¿Nos arrinconará y quedaremos como un residuo biológico molesto, destinados a obedecer a los listísimos robots que alguien haya dotado de un «agente de inteligencia artificial»? De momento no hay respuestas concluyentes.
Por una parte, quién más, quién menos, usa ChatGPT, Gemini o Claude para sus trabajos habituales. Los más diestros logran sacarles a las versiones de pago el máximo rendimiento sin delegar en ellas su rol directivo. Quizá la mayoría nos relajamos y dejamos que la IA haga el trabajo pesado, no sólo de recogida y organización de información, sino también de síntesis de documentos, propuestas de organización de eventos, redacción de informes y creación de presentaciones. Y más aún, se les llega a asignar un papel orientador. Cada vez más personas prefieren a estos entes de IA como confidentes, consejeros amorosos, financieros o de salud y les siguen en sus decisiones importantes.
Somos nosotros mismos quienes asumimos, con frecuencia sin pensarlo demasiado, las novedades tecnoculturales que nos facilitan la vida. Lo mismo pasó con los teléfonos «inteligentes». Los hemos incorporado de modo completamente inextricable en nuestro día a día. Cuando nos damos cuenta estamos ya inmersos en una relación estrecha con dispositivos digitales a los que le hemos regalado nuestra intimidad, nuestras capacidades, nuestra vida. Eso está pasando con la IA. No podemos culpar a nadie de ello. Por ello mismo es necesario levantar la cabeza y plantearnos cuál es el valor de lo que damos y cómo vamos a gestionar las crecientes capacidades de los gentes de inteligencia artificial.

- En primer lugar recordemos que ningún agente de IA tiene un «yo». Por muy sofisticados que sean, esos seres tecnológicos no poseen un auténtico “tú”, y por lo tanto no hay auténtica comunicación por su parte. Hay automatismos. Son algoritmos y redes neuronales complejas que adaptan sus respuestas a las reacciones de cada sujeto humano con quien interactúan. Y hay millones de ellos. Lo que pasa es que cada “yo” humano tiene una innata necesidad de comunicación y de comprensión. Por eso al interactuar con esos agentes puede quedar prendado de ellos. Proyecta su “yo” sobre la imagen del personaje virtual y le atribuye un «tú» inexistente. Se genera una ilusoria relación, que por naturaleza es insatisfactoria. No hay reciprocidad auténtica.
- Eso sucede porque la IA no tiene cuerpo. El cuerpo es una maravillosa realidad viva, compleja, dinámica. Cada uno es irrepetible y nuevo, pero de algún modo contiene el rastro genético de su ancestría, los millones de personas que precedieron a cada uno. Es un ser social, vivo, que siente, experimenta, recuerda, se narra a sí mismo su propia vida y da sentido a su trayectoria. Sin el cuerpo no existiría la individualidad humana. Pues bien, la IA no tiene cuerpo aunque pueda ser implantada en un robot parecidísimo a un ser humano, incluso en su aparente sensibilidad -aunque respondan a estímulos visuales, auditivos o táctiles-. Sería como una flor de plástico o de tela muy bien lograda, pero que es inerte y sin vida. No sabe lo que es dormir, estremecerse con una caricia, tomar un sorbo de agua fresca en verano.
- La IA no experimenta emociones: es pura información combinada; lee millones de textos y nos devuelve muy bien sintetizado lo que la humanidad ha expresado por escrito, audio e imagen a lo largo de los siglos. Puede estar muy bien informada, ser rapidísima haciendo trabajos intelectuales pesados, pero nunca emocionarse ni elaborar sus sentimientos. No puede ser sabia. Puede elegir entre opciones, pero nunca será libre ni responsable. Estará muy conectada pero no establecerá vínculos ni podrá amar, darse generosamente, ser heroica.
- La IA no tiene interioridad. Toda persona, más allá de sus creencias, tiene una interioridad, un espacio propio en el que se conoce y trata consigo misma. También en ese fuero interno hay la posibilidad de abrirse a algo trascendente. Sin entrar en si ese algo existe o no, todas las culturas humanas se han preguntado por el sentido de vivir, se han preguntado por lo Absoluto y han intentado alcanzar al origen de todo lo que existe. Esa duda metafísica es totalmente humana, y sus respuestas, más o menos satisfactorias, también.
La encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV pone sobre la mesa las disyuntivas más importantes que la humanidad -que somos nosotros- tiene delante. Cómo vamos a conservar nuestra dignidad evitando hacernos esclavos y esclavas de nadie. Ni de la IA ni de las personas y empresas que la han creado. Cómo vamos a conservar nuestras capacidades más humanas, que no sólo consisten en razonar y elegir entre opciones. Somos capaces de experimentar la vida misma, amar, ser libres.
El político norteamericano Bernie Sanders, crítico con la posesión totalmente privada y en pocas manos, de las empresas de inteligencia artificial, critica que se hayan apropiado del saber colectivo de la humanidad y está proponiendo una ley de Fondo Soberano para repartir los beneficios de la IA en la población de Estados Unidos.
El sector educativo se está dando cuenta de lo esencial que resulta entrenar en los niños y niñas las capacidades básicas del ser humano: tener lenguaje para poder elaborar pensamiento propio, memoria ordenada para recordar cosas clave, capacidad de buscar y seleccionar información, capacidad de dialogar, de discernir con otros, capacidad de conocimiento de sí mismos, de contemplación y creación de belleza, de encuentro y amistad, gestión de emociones, desarrollo de habilidades motoras que potencian la salud, iniciativa y responsabilidad. Sin este desarrollo, somos pasto de las modas y de los populismos de uno u otro signo.
Por favor, no compitamos con la IA. Desarrollemos lo que somos. Es una magnífica herramienta que debemos controlar y dirigir, aunque nos supere en rapidez, eficiencia y eficacia.
Nosotros, solidariamente, somos los capitanes de la nave. O deberíamos de serlo.
Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y Doctora en Comunicación
Madrid, Junio 2026
