Economía solidaria

Economía solidaria

Por Joseph H. PIERREDesde la aparición de la obra maestra de Keynes, Teoría General del Empleo, Interés y Dinero, dos corrientes de pensamiento económico han dominado la economía: el keynesianismo que, reconociendo los fallos del mercado, opta por la intervención del Estado, y el monetarismo de Friedman que se fundamenta en la ineficiencia del Estado y las virtudes del mercado. Mientras el primero aboga por la consolidación del sector público como agente regulador, el segundo reconoce tan sólo al sector privado. En los últimos años, se han diagnosticado grandes debilidades en ambos sectores. La crisis financiera y económica de 2008, entre cuyas consecuencias más nefastas están el aumento rampante del desempleo y las desigualdades sociales, es una prueba contundente de ello.  Ya desde  los años 70, tanto en Europa como en los Estados Unidos, en base a teorías y prácticas, sectores de la sociedad civil  han ido buscando una forma más humanizante de economía. De ahí que haya surgido la «economía solidaria». Ahora bien, ¿qué es la economía solidaria? ¿Cuáles son sus teorías y prácticas?

La economía solidaria puede definirse como el conjunto de las actividades productoras de bienes y servicios, hechos por sociedades —principalmente cooperativas—, asociaciones, fundaciones, cuya ética se traduce por los principios siguientes: 1) finalidad de servicio a la colectividad más que finalidad de beneficio (profit); 2) autonomía de gestión; 3) gestión democrática y participativa; 4) primacía de las personas y el trabajo sobre el capital en la repartición de las ganancias; 5) enraizamiento local. Cabe subrayar que, a diferencia de lo que suele pensarse, la economía solidaria no se diferencia de la economía de mercado por no ser lucrativa. La economía solidaria, al igual que la del mercado, es lucrativa; la diferencia entre ambas estriba en que, mientras la primera incluye en sus finalidades, aparte del patrimonio colectivo por encima de toda tendencia separatista individualista, la construcción de la sociedad por la ayuda mutua y la participación ciudadana, la segunda se reduce exclusivamente a la búsqueda de las ganancias individuales.

Las soluciones propuestas en los diferentes encuentros y cumbres de las naciones no están enfocadas a resolver problemas sociales como la desigualdad, ecológicos  como el calentamiento global, y otros por estilo para el bien de la humanidad, sino a salvaguardar los intereses de los ricos capitalistas. Las ideas de «equidad paretiana», «igualdad de oportunidad» de Sen, «justicia rawlsiana» nunca podrán concretarse desde la lógica de los intereses económicos del sector privado y de los intereses, por encima de todo, políticos del sector público. De ahí la necesidad de consolidación de la «economía solidaria» como tercer sector o sector complementario de los dos sectores tradicionales. Frente a las indiferencias, desaciertos y desavenencias respecto a los problemas, la economía solidaria —dado su sentido social y colectivo—, viene como una alternativa, si no de resolverlos todos, por lo menos como la expresión de una voluntad de luchar para contrarrestar sus efectos. Como ilustración, la vuelta a la agricultura de subsistencia a expensas de la agricultura a gran escala del sector privado es una prueba de ello. Mientras la agricultura practicada en los últimos 50 años ha disminuido considerablemente el desempleo en el área, además de que tiene efectos dañinos para el medioambiente, las prácticas agrícolas de la economía solidaria entendida como una «agricultura sostenible, socialmente justa y ecológicamente sana» tienen efectos contrarios: aumento  del empleo en el sector, aumento del consumo local, sin efecto nocivo en el medioambiente. Según un reporte de Rafael Chaves y José Luis Monzón titulado «L’économie sociale dans l’Union européenne» (2007), la economía solidaria en sus diversas áreas, tales como las cooperativas y asociaciones, tenía en sus instituciones el 7% de la fuerza laboral empleada en 2002-2003.

En varios países de América Latina, las sociedades civiles se esmeran en poner estructuras de economía solidaria. Dados los principios de democracia, diversidad y aspiraciones de igualdad social de la economía solidaria, el subcontinente precisa de ella aún más que Europa y Estados Unidos. En efecto, América Latina, aun siendo una región rica en recursos, es la parte más desigual del mundo. De ahí la expresión de «pobreza paradojal». El Coeficiente de GINI que mide la desigualdad y que varía de 1 a 0 arroja en el 2009 un promedio de 0.522 para la zona, capitaneada por Brasil con valor de 0.590, el valor más alto en el mundo. Los indicadores sobre la democracia, la participación ciudadana, etc., publicados anualmente por las agencias internacionales, suelen arrojar resultados de igual alarmantes que los que damos a conocer sobre la pobreza. Por lo tanto, la economía solidaria debe ser, a diferencia de Europa y Estados Unidos, un complemento de los sectores público y privado, un elemento pilar y defensor por excelencia del bien común.

En suma, lo que quieren los promotores de la economía solidaria es la interconexión de los tres sectores de la economía, sin que uno suplante a otros. Es una economía con mercado y no de mercado; una economía regulada para reducir los fallos del mercado y no planificada al modelo comunista cuyas consecuencias nefastas compiten con las de la economía de mercado; es una economía en la cual la versión solidaria como voz y expresión de la sociedad civil tenga su participación, sin que la misma tienda a sustituir al Estado, en una perspectiva anárquica.

Resaltemos finalmente que la economía solidaria se fundamenta en el sentido etimológico del concepto de economía (oikos=casa, nomos=regla) que se entiende como el poner orden o normas en el hogar. Poner orden en el hogar de ninguna forma puede reducirse a procurarle tan sólo lo puramente económico o pecuniario a la familia, llámese comida, ropa, etc. Es importante también inculcarles formación moral a los niños para que se respeten y sepan convivir, formación ambiental o ecológica para cuidar del medio donde viven; no está de más educarlos también en filantropía. Se puede tan sólo sustituir casa por mundo, y todo lo demás sigue válido para el buen vivir en la tierra. Lo que la economía solidaria lleva implícitamente es que la vida no puede reducirse a su dimensión económica, sino  que es multidimensional. Por otra parte, no ignoramos que la economía solidaria conlleva muchos riesgos, entre otros, el llamado «riesgo moral» que se entiende como el cambio que puede haber en un individuo por no estar expuesto a las consecuencias de sus acciones, por lo que hay que ser muy vigilante al momento de implementar prácticas de economía solidaria.

Joseph H. PIERRE,
Licenciado en Filosofía y en Economía
Santo Domingo (Rep. Dominicana)

 

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