Idolatrías ortodoxas y otros lobos de fina lana

Idolatrías ortodoxas y otros lobos de fina lana

Fotografía: Mauricio Chinchilla

Por Tobias RODRIGUES.

Mi abuela, la católica.

Mi abuelita era muy devota, de misa y rosario diarios y de confesión muy frecuente. Y además, tenía algunas ideas sobre el Todopoderoso que me dejaban, ¿cómo lo diré?, perplejo. Ideas poco racionales o maduras como, por ejemplo, su dios era más bien castigador, y solía enojarse o hasta vengarse. En fin, la imagen que tenía mi abuela me hacía pensar si en realidad su dios era el Dios de verdad. Hasta que descubrí una manera de comprobarlo:

Matemáticamente, solo los demás pueden adorar ídolos.

Si uno es creyente, cree que su dios es un (o el) verdadero dios y no un mero ídolo o falso dios. Esto es un principio inevitable, porque ¿quién creería en algo que solo parece ser pero no es, o dicho de otro modo, quién creería libremente en un ídolo? Nadie. Sólo un tonto. Por lo tanto, todos los que creen, creen que su dios es un dios verdadero. Y si existen ídolos, lo tendrán los demás; yo no, porque yo… yo no soy tonto.

La certeza incierta: Mi dios es DIOS.

Si nadie cree que su dios sea un ídolo, tendremos entonces un dilema o más bien un «tri-lema», que de los tres sólo uno: 1. todos los dioses son verdaderos y no existen ídolos; 2. hay muchos tontos que optan por creer en ídolos; o 3. quien cree en ídolos, lo hace pensando que son dioses verdaderos.

Será poco probable que todo lo que se considera dios sea en efecto divino; por el contrario, pienso que las idolatrías existen, o sea, existen ciertas costumbres de valorar y adorar cosas que parecen ser lo que no son, que prometen ser lo que no logran cumplir. Por lo tanto, teniendo yo que optar, creo que elijaría la opción 3 (si bien que la 2 no deja de ser sugestiva): quien adora un ídolo, lo hace sin darse cuenta y piensa que su ídolo es un dios verdadero.

Pues bien, si quisiéramos hablar de idolatrías, creo que lo mejor sería empezar mirando las creencias de uno mismo, simplemente para estar seguro, para no olvidar que los creyentes, inclusive los que crean en ídolos, todos creemos lo mismo: pensamos que nuestro dios es realmente Dios.

Es que los ídolos entienden de marketing.

Las idolatrías clásicas (sexo, dinero, poder, etc.) suelen ser fáciles de identificar. Sin embargo, las idolatrías también se han modernizado y ya no será tan fácil identificarlas bajo nuevas modalidades que yo llamaría idolatrías ortodoxas, o sea idolatrías finas, disfrazadas de cosas buenas, correctas y santas, como un lobo en piel de oveja: entre tanta lana igual, no se logra distinguirlo.

Serían, por ejemplo, la hipocresía con un manto de humildad, la ganancia disfrazada de iniciativa filantrópica, la ignorancia convalidada por cargos importantes, la demagogia envuelta en propósitos dizque nobles, la malsana con capa de santo, el egoísmo desenfrenado exhibido como modelo de liderazgo, el fanatismo fatal justificado como genuina devoción, la indiferencia cruda disimulada con caridad fraterna en continentes lejanos, la crítica estúpidamente destructiva ocultada con aires de experiencia y sabiduría, o la inactividad crónica pintada de contemplación y oración.

Son estas idolatrías ortodoxas las más peligrosas porque al caer en su trampa uno cree que está haciendo algo verdaderamente necesario y bueno para su dios y por los demás, cuando en realidad sólo les está arruinando la vida.

Si no se mueve, si no respira, debe de estar muerto.

Vas caminando por la calle y ves a una persona tirada en el piso. Piensas en pasar al lado (¡qué tentación o ya costumbre indiscutida!), pero no. Te detienes. Te acercas. Le hablas. Le tocas. La persona no se mueve, no respira, no hay pulso. Debe de estar muerta.

Lo mismo pasa con las ideas que tenemos sobre dios: si no se mueven, deben de estar muertas. Es lo que dice una página de la Biblia sobre los falsos dioses: «Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; tampoco hay espíritu en sus bocas.» (Salmos 135:16-17). No hay otra alternativa: una imagen de dios que no respire, crezca y cambie, una imagen fija y estática, no podrá ser más que un ídolo, un falso dios. Y ahora permíteme ser claro y directo: Si tu dios es realmente Dios, tendrá el derecho de ser quien le apetezca ser, no sólo lo que tú piensas. No puede estar preso en tus ideas, en tus ritmos. Y si hace algún tiempo que tu imagen de dios no se mueve o no cambia, temo que tu dios ya estará muerto, y que no sea mucho más que un ídolo.

En casa de creyente, imágenes de plástico.

Los paraguas son buenos para cuando está lloviendo y los dioses van bien para cuando el mundo va mal (quizá no solamente, pero también). Pues el mundo está como está: globalizado, diversificado, cambiado. Circulan libremente y por todos lados idolatrías de crisis (que para algunos les va muy bien), apologías del miedo y profecías apocalípticas de todos los géneros cinematográficos. Y yo me pregunto: ¿Dónde rayos andan todos los dioses? ¡Pues si para estos momentos los necesitamos, caramba! Estoy cierto que muchos de ellos estarán trabajando entre bastidores. Aún así, tengo alguna dificultad en aceptar que con tanta creencia sincera, profunda y potencialmente positiva, no se vea más esperanza u optimismo, más hechos o caminos, más algo. Y ya cansan todo tipo de líderes, incluso religiosos, que tienen boca pero no dicen nada (que se entienda o sirva); con ojos, sí, pero parecen miopes; vivos sin duda, pero que tampoco se nota espíritu en sus cuerpos.

Lo pienso en serio: si creemos que nuestros dioses efectivamente no son ídolos, tendrían que ser grandes generadores de cambios y fuertes potenciadores de un mundo mejor o al menos diferente. Además, eso podría ser un muy buen indicador para todos de que estamos tratando con los dioses verdaderos.

¿Y mi abuela? Pues, tuvo 8 hijos. Cocinaba, lavaba y planchaba para 10. Sus hijos la aman, y su esposo jamás pudo olvidar que sus besos olían a jazmín. Piensa el pueblo que fue una santa. Murió de cansancio, pero feliz  —siempre lo decía. ¿Adoraba ella al dios verdadero? Dime tú. Yo… a las pruebas me remito.

Tobias Rodrigues
Mediador de conflictos y formador
Barcelona

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