Virtudes locas

Virtudes locas

Recuerdo, en mi infancia, la actuación de un funámbulo en un circo que, con gran equilibrio, avanzaba por la cuerda floja sosteniendo una larga vara que le ayudaba en su caminar vacilante. ¡Qué emoción me produjo aquel evento! Qué curioso que fuera una sensación de vértigo y, a la vez, la creencia que uno mismo sería capaz de deslizarse sobre el cable con la misma facilidad que lo realizaba el acróbata.

Estos equilibristas son unos buenos acróbatas desplazándose de punta a punta del recorrido. Sin duda estos deportistas se ejercitan diariamente y, lo que para nosotros podrá ser absolutamente difícil, para ellos no es más que uno de los ejercicios que habitualmente ensayan.

Fotografía: Alberto Jiménez

A veces pienso que todos los humanos somos también como estos funámbulos que recorremos nuestra vida, haciendo equilibrios como estos atletas, desde nuestro nacimiento hasta nuestro ocaso.

Lo cierto es que todos, en nuestro actuar diario, vamos conformando nuestra manera de ser. Nos habituamos en actuar de una manera determinada y esto hace que este hacer repetitivo, nos acostumbre a los propios hábitos.

A estas conductas que practicamos habitualmente, en la moral y en la ética, se las clasifica como virtudes o vicios según sean buenas o malas usanzas.

Las virtudes, para que funcionen debidamente—como sucede con puertas y ventanas—, tienen que estar engarzadas en unas firmes bisagras. Estas son las cuatro virtudes cardinales (del latín cardo,-inis que significa, precisamente, gozne). Son las principales, las fundamentales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Cualquier virtud que no se ejerza prendida de todas ellas a la vez —no solo de una, sino de las cuatro—, deja de ser virtud para convertirse en vicio.

Se ha dicho con razón que los vicios no son más que virtudes que se han vuelto locas, por descolgarse precisamente de alguno de estos goznes. ¿Quién duda de que la dadivosidad es una virtud? Pero —recuerdo nos decía aquel profesor de ética— «si un padre de familia al cobrar su mensualidad la da al primer mendigo que encuentra y condena así a su mujer e hijos al hambre durante un mes, falta a la prudencia al ejercer esa virtud; falta a la justicia del cumplimiento de sus deberes con la familia que él ha constituido y engendrado; no ha sido fuerte a las trampas aduladoras, acaso, del pedigüeño; y no ha tenido templanza en la administración de sus legítimos bienes cuya familia también debe ser administradora. Su dadivosidad ha enloquecido, y se ha convertido en vicio de prodigalidad.»

En la vida vamos caminando como funámbulos tratando de ser equilibrados para no caer por una banda o por otra, ni por exceso ni por defecto. La armonía es lo que nos ayuda a ir con confianza de un extremo al otro del cable de nuestra existencia.

José Luis SOCÍAS BRUGUERA
Área Cultural Oriol
Santa Coloma de Gramenet (España)
Publicado en RE núm. 68

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