El arte de preguntar

El arte de preguntar

Diseño: Espai Visual

«¿Se puede?», es lo que se dice al ir a entrar en un lugar donde hay otras personas: ¡Cuánto más debería preguntarse esto mismo cuando se aspira a entrar en el interior siempre habitado de otro! Porque eso es lo que sucede cuando hacemos una pregunta a alguien: no se tiene la conciencia suficiente de que esta es un modo de acceso a la vida del interlocutor. La pregunta mal utilizada es un arma que hiere y amenaza tanto como lo contrario: un valioso regalo que nos llega de una voz amiga.

Porque claro está que hay modos y modos de preguntar; y que, ni mucho menos, todos son igualmente lícitos, oportunos o convenientes. La pregunta no es siempre, ni mucho menos, inocente. Y si no lo es, mejor no pronunciarla.

Así, pregunta bien quien es humilde al reconocer que hay saberes que le son ajenos, pero que puede aprender. Pregunta bien quien está dispuesto a escuchar sin prejuicios. Pregunta bien quien lo hace por amor y con amor, porque esa es la clave para tratar de las cosas importantes de modo adecuado, y lo que hace humano el actuar. Y pregunta bien quien sabe que en el preguntar no está el derecho a la respuesta. Cuando es así, la pregunta deviene oportunidad no solo intelectual, sino también existencial.

La pregunta —la que nos dirigimos a nosotros mismos y la que planteamos a otro— es una vía para abrir nuevos horizontes y expectativas, a la par que un óptimo modo de ahondar en la realidad para conocerla mejor. En muchas ocasiones, pues, lo más importante de un interrogante no es el ser respondido, sino el ser atendido, convirtiéndose en ocasión para la comunicación y el crecimiento.

En el diálogo que se establece a partir de una cuestión, claro que se intercambian conocimientos, pensamientos, intuiciones y hasta creencias; claro que se aspira a hallar una respuesta definida y concreta, unas causas, unos porqués, unas finalidades… Pero si el intento de llegar a una conclusión concreta y satisfactoria resulta fallido, no lo es, sin embargo, el hecho de haberlo intentado: no estamos donde estábamos y eso ya tiene sentido en sí mismo. Incluso la duda, esa forma de pregunta implícita, es coherente con la limitación humana, tanto para el acceso al conocimiento, como para cualquier discernimiento de carácter ético. No podemos «instalarnos» en la duda, pero tampoco hay que rehuirla por denotar inseguridad. A veces, lo único que significa es humildad y proceso aún inacabado.

Por el contrario, pregunta mal quien hurga despreocupadamente en el otro sin otro fin que pasar el rato o manipularlo. Pregunta mal quien inquiere sobre algo que no le compete o quien pone contra la espada y la pared, coartando el lícito derecho al silencio. Pregunta mal quien demanda algo que ya sabe solo para poner a prueba al otro. Y pregunta francamente mal, quien no está dispuesto a escuchar la respuesta, sea la que sea, diga lo que diga. En estos casos, la pregunta es una trampa en la que hay que evitar caer.

Las preguntas mal formuladas en su intención no tienen por qué ser respondidas. Atrás queda aquello de «niño, es de mala educación no contestar», cuando lo indecoroso radica en haber preguntado, ya sea por el modo, la intención o el contenido. «La callada por respuesta», como suele decirse popularmente, constituye una especie de eco que retorna al inquiridor sus propias palabras, dándole oportunidad a que piense en lo sucedido. El silencio, en estos casos, es expresión elocuente de libertad personal: nadie tiene derecho a entrar adonde no hemos abierto las puertas, si no pide permiso antes.

Siendo, pues, el preguntar algo inherente al ser humano, el concebirlo como un arte aporta un matiz interesante. Hablamos de arte porque la pregunta bien formulada es una muestra de habilidad y de belleza, de inteligencia, y una fuente de creatividad, que no es sino otro nombre de la libertad. El arte aúna virtud y habilidad, visión personal e interpretación de la realidad ofrecida a otros, despliegue del ser humano. Por eso, podemos considerar el preguntar como un verdadero arte en muchas ocasiones.

Lo que, en último término, confiere a la pregunta el derecho a ser considerada propiamente «humana» es el hecho de contribuir con ella a la dignidad tanto de quien la formula como de quien la acoge. La pregunta «humana», antes que con anhelo de verdad, nace con deseo de bien y se recibe con lo propio. Es desde el amor que pueden formularse las preguntas más difíciles; es desde el amor que pueden acogerse para intentar responderlas o, cuanto menos, dejar que nos habiten y, así, nos hagan crecer.

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