Confucio y la fidelidad

Confucio y la fidelidad

Fotografía: Arantxa Castillo

La fidelidad es una de las tres claves éticas más importantes en las relaciones humanas según vemos por su larga trayectoria histórica en la filosofía china. Ya Confucio la señalaba como la virtud más destacada junto con la solidaridad humana porque está relacionada con la confianza y ésta con la responsabilidad puesto que, normalmente, se dan responsabilidades a quienes confiamos.

En chino, la fidelidad se dice «zhōng chéng» (忠诚) pero, según el contexto lingüístico donde aparezca, también puede también significar lealtad, honestidad y sinceridad (en el sentido de ser veraz con la realidad existente), ya que esta palabra está compuesta por dos caracteres chinos:

Zhong: En su origen, significaba «honradez» (acierto moral) pues está formada por la palabra «centro, medio» (también traducible por «acertar») y la palabra «corazón».[1] Hoy día esta palabra significa «lealtad» o «ser leal».

Cheng: Significa «sinceridad», «honestidad», por tanto, «verdad», según la ética china.

Vemos, pues, que esta palabra tiene un campo semántico relacionado con palabras como lealtad, sinceridad y confianza; por tanto, también con la palabra credibilidad. Tanto creer como ser creíble implica fiabilidad y confianza por parte de los demás. La mentira es, en general, perniciosa porque enemista a las personas y destruye la confianza en la palabra. Y todos necesitamos hablar para vivir en sociedad. De ahí que se afirme, generalmente, que quien es fiel a la palabra, siempre es consecuente en el obrar.

A menudo, no obstante, hay que saber escuchar más que las palabras, el lenguaje del corazón, que es donde se puede más fácilmente sintonizar o «concordar». La concordia forma parte del ser sabio, ideal moral que proponía Confucio: «el hombre sabio concuerda, mas no coincide. El hombre vulgar coincide, mas no concuerda».[2]

Como buen maestro y filósofo práctico que era, toda su preocupación se centró en cómo ser persona, pero no en serlo de cualquier manera, sino en cómo llegar a la perfección moral. Y ésta se alcanza, particularmente, en la relación con los demás pues el ser humano es por naturaleza un ser social. Es en el modo de ser de esta relación donde son fundamentales la lealtad y la fidelidad, ya que ambas garantizan la ayuda, la solidaridad y el respeto no sólo entre amigos sino entre todas las personas que nos rodean. Habría que recuperar esta dimensión comunitaria del ser humano pues es sólo por las virtudes colectivas que se hace persona el individuo, por tanto, se hace necesario cultivar de forma continuada tanto el corazón como el espíritu colectivo.

Efectivamente, es en el corazón donde nacen las actitudes y las intenciones, pero si éstas no se transforman en actitudes que respondan a virtudes colectivas, pueden degenerar. Si no se cultiva, la sinceridad, por ejemplo, se puede convertir en grosería; o la fidelidad en obediencia servil y ciega. Algunos podrían objetar que se puede vivir de muchos modos, pero es cierto —como podemos comprobar a menudo en nuestra vida social—, que hay modos que no dejan vivir.

Cada cultura configura su pensamiento condicionado por el lenguaje que le da forma. En el chino actual muchas de las palabras y máximas de Confucio forman tan parte del acervo cultural y lingüístico del idioma que se utilizan con frecuencia en las conversaciones diarias. En una ocasión le preguntaron a Confucio sobre la manera más efectiva de gobernar un reino. Él contestó que el buen gobierno debe perseguir tres objetivos: alimento suficiente, poderío militar suficiente y confianza del pueblo en el gobierno. Si es preciso renunciar a alguno de ellos, en primer lugar cabría renunciar al poderío militar y, en segundo lugar, al alimento («desde siempre los hombres han tenido que morir»); pero a la confianza, por el contrario, no puede renunciarse nunca: «Si el pueblo no tiene confianza, no hay forma de gobernar».[3] He aquí el orden jerárquico de lo esencial.

Aunque no sólo en las Analectas de Confucio se refleja esta idea sino que también en el Dao De Jing, libro sagrado del taoísmo, vemos el mismo consejo a los gobernantes y líderes: que eviten el exceso de palabras ya que éstas pueden no cumplirse o no corresponder a la realidad y, por tanto, suscitar la desconfianza o el incumplimiento del deber.

Confucio afirmaba que si los gobernantes, o las personas con responsabilidades, «estiman lo que es justo, la gente no se atreve a desobedecer y si estiman la fidelidad, la gente no se atreve a faltar a la verdad».[4] De lo contrario, si se imponen tareas o trabajos sin haber llegado a ser dignos de confianza, la gente se considerará explotada. Hay que amonestar y corregir pero siempre después de que uno se haya hecho digno de confianza. Si uno lo hace sin todavía ser digno de confianza, se consideraría calumniado.

Fotografía: Anna Maria Ollé
Fotografía: Anna Maria Ollé

Creía tanto en el respeto y la lealtad en la relación humana que decía que aunque viviéramos entre gente sin cultura o bárbaros, esta virtud nunca se podría dejar de lado. De hecho, la humanización es un proceso recíproco, como el propio lenguaje. Para que los demás puedan hacerme humano, tengo que hacerles humanos a ellos. Es la manera de obrar más eficaz y efectiva: el hablar de manera leal y fidedigna y el obrar con seriedad y respeto. A veces, uno puede tratar a los demás como personas y no recibir más que traiciones o abusos. Pero, al menos, contamos con el respeto de una persona, aunque no sea más que una: nosotros mismos. Si no convertimos a los otros en cosas, estamos defendiendo por lo menos nuestro derecho a no ser una cosa para ellos. Instrumentalizar a las personas por el hecho de que son fieles y leales es una tentación que está siempre presente en nuestras relaciones. Y si abusamos, al final, acabamos suplantando a las personas por cosas. Éstas nos ayudaran en muchos aspectos pero las personas en uno fundamental: el disfrutar de la complicidad que sólo se da entre iguales, entre seres humanos.

Aparte de tener lucidez para distinguir lo que es o no digno de confianza, no se puede pedir o forzar nunca a la confianza; debe procurarse que crezca libre y espontáneamente. En este proceso, la educación, el crear un ambiente o entorno propicio para ello así como la paciencia tienen un papel primordial. Se podría decir, haciendo un juego de palabras, que la paciencia es la ciencia de la paz ya que, como ésta requiere constancia y perseverancia. Como dice un clásico de la cultura china titulado El Rico Espejo del buen corazón: «En el largo camino se conoce la fuerza del caballo, y en las largas relaciones se conocen los corazones de los hombres».[5]

Tanto la constancia como la perseverancia son necesarias para ponerse en el lugar del otro, es decir, hacer un esfuerzo de objetividad por ver las cosas como la otra persona las ve; no echar al otro y ocupar uno su sitio. Y para hacer este esfuerzo no hay más remedio que amarle. Quien se ama, ama a otras personas y quien las ama, las afianza pues él mismo desea ser afianzado.

Petra DE LLANOS
Profesora. Universidad de Economía y Comercio de Pekín
Pekín (R.P. China) 


 

[1] El corazón, tradicionalmente, es considerado como la sede del pensamiento, de la voluntad y de las intenciones.

[2] Analectes de Confuci. Libro XIII, 23. Edición y Traducción de Antonio Prevosti. Editorial Fragmenta. Barcelona 2007.

[3] Analectes de Confuci. Edición y Traducción de Antonio Prevosti. Edit. Fragmenta. Barcelona 2007. Libro XII, 7.

[4] Ibídem. Libro XIII, 4.

[5] El Rico Espejo del buen corazón. Ediciones Península. Barcelona, 1998, p. 155.

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1 Comment

  1. Excelente, e disfrutado varios artículos publicados, iniciando por el editorial de tener amigos, de Pauline sobre ser libres, muy bueno, la receta te lleva a la reflexión, la poesía de Natalia muy bella, también e disfrutado una anterior me parece de Javier,
    Una Revista de gran calidad y cuido en sus contenidos, para el cultivo y cuidado de nuestro SER EXISTENTE,
    FELICIDADES ❤️

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