¿Es posible la fidelidad en la empresa?

¿Es posible la fidelidad en la empresa?

Fotografía: Thelma Gilsamaniego

Hace no tantos años, el hecho que una persona entrara en una empresa como aprendiz y se jubilase en esa misma empresa no era nada inusual. Hoy, esto va resultando impensable.

Según datos referidos a Estados Unidos —pero cada vez más extrapolables a otros países—, un trabajador de cada cuatro lleva en su empresa menos de un año, y sólo la mitad de los trabajadores  ha podido conservar su empleo durante más de cinco años.

Y esta tendencia parece que irá a más. De acuerdo con estimaciones del Departamento de Trabajo de Estados Unidos, los actuales estudiantes pasarán por entre diez y catorce empresas distintas… ¡antes de llegar a los cuarenta años!

Fidelizaciones poco fiables

Las personas nos relacionamos con las empresas, básicamente, como trabajadores de las mismas o siendo consumidores de sus productos y servicios.

En tanto que consumidores parece que las relaciones que establecemos con las empresas son cada vez menos sólidas (o más «líquidas», utilizando la conocida expresión del filósofo Zygmunt Bauman).

A pesar de los esfuerzos de las empresas en actuaciones denominadas precisamente de «fidelización», la realidad es que los consumidores —especialmente los jóvenes—, ven todas las empresas —ya sean compañías de teléfonos, líneas aéreas, bancos, aseguradoras, etc.— como perfectamente intercambiables; y, de hecho, cambian frecuentemente entre ellas en función de la última oferta o programa de «fidelización» lanzado.

Ciertamente, en una primera mirada, no parece que el mundo que rodea la empresa sea el ecosistema más propicio para la supervivencia de un valor como es la fidelidad.

Y, sin embargo… ¡cuán necesaria es la fidelidad en el mundo de la empresa!

Precondiciones para la fidelidad

Una empresa no debería aspirar a la fidelidad de sus clientes, o lo que es igual, a que se confíe en ella, si no desarrolla productos y servicios apropiados y que cumplan con las expectativas generadas.

Para hacer esto de manera consistente, es imprescindible que disponga de trabajadores motivados y comprometidos con su trabajo. Y la manera más eficaz para generar este compromiso con el trabajo bien hecho es propiciar un entorno de seguridad y de entusiasmo, en el que las personas puedan realizarse y dar el máximo de sí mismas.

La fidelidad en el mundo de la empresa no sólo es posible sino que, si deseamos unas empresas que conformen una economía plenamente humana, es un factor imprescindible.

No obstante,… ¿cómo conjugar la fidelidad con un entorno empresarial que es cambiante y que, según parece, lo será cada vez más?

Fotografía: Eduard Balasch
Fotografía: Eduard Balasch

Un tándem que funciona

La honestidad puede ser la clave. La honestidad siempre ha sido la compañera imprescindible de la fidelidad. Las personas equilibradas y sanas no pueden mantener vínculos de fidelidad con quien las manipula y engaña.

Al margen de la perdurabilidad del vínculo, la percepción de ser tratado honestamente puede suponer que decidamos actuar con fidelidad y compromiso en relación con una empresa, o que, por el contrario, decidamos pagar con la misma moneda a quien nos utiliza sin escrúpulos.

Un ejemplo que nos puede ayudar a ver cómo, con creatividad  y honestidad, podemos resolver la aparente paradoja de aunar fidelidad y cambio, lo constituye la apuesta que realizan algunas empresas por el fomento de la «empleabilidad» como valor intrínseco de la organización.

Esto supone, en la práctica, que la empresa otorgará a sus trabajadores la formación necesaria y la posibilidad de una promoción interna adecuada de manera que, de producirse la desvinculación entre la empresa y el trabajador, éste último dispondrá de un currículum y unas aptitudes que le facilitarán su  reincorporación al mercado laboral.

En una primera impresión este planteamiento nos puede parecer cínico y alejado de lo que debe ser una relación de fidelidad necesaria y conveniente entre empresa y trabajador. Sin embargo, si reflexionamos más a fondo sobre lo que implica este compromiso, veremos que no es necesariamente así. Fidelidad no debe equipararse a inmovilismo.

Para el trabajador, ser consciente de que pueden existir cambios y disponer de herramientas para afrontarlos sin miedo, seguramente es mejor que situarse en la falsa seguridad de una rutina empobrecedora.

Para la empresa, potenciar el crecimiento profesional de sus trabajadores puede implicar el riesgo de perderlos. Sin embargo, si simultáneamente se asume el reto de crear un entorno ilusionante y atractivo, este riesgo queda minimizado.

Se trata, para ambas partes, de apostar por la calidad del vínculo y no por la cantidad, no por el mero paso del tiempo.

En el ámbito de la pareja, se puede establecer un paralelismo a lo explicado cuando pensamos en aquellas personas que coartan y no favorecen el crecimiento y la autonomía de la pareja, porque están prisioneros de un miedo de fondo a que el otro los deje. Prefieren mezquinamente la aparente comodidad de una relación dependiente. Sin embargo, ¡qué tristeza convivir con una persona que lo hace empobrecida y únicamente por no tener otra alternativa…! Y, por contraste, ¡qué plenitud que una persona cada vez más valiosa y llena de opciones decida libremente renovar su fidelidad a compartir camino!

Joan JIMÉNEZ
Economista
Barcelona

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