Fidelidad a la opción fundamental

Fidelidad a la opción fundamental

Fotografía: Anna Maria Ollé

La fidelidad es un valor que implica coherencia con uno mismo, con las propias promesas, con la opción fundamental de vida; y fidelidad al otro, sea éste un ser humano o Dios mismo. Sin embargo, la fidelidad hoy en día no se ve precisamente como un valor o virtud.  Hay una lectura más bien negativa de ella. Se considera como algo de tiempos pasados, relacionado con una actitud pasiva, resignada, centrada más en una ética de prohibiciones que en un ejercicio constante de libertad y creatividad. Las corrientes de pensamiento que inundan nuestro espacio vital continuamente nos bombardean con la obsesión por la afirmación de la persona. Y esa afirmación del individuo pasa muchas veces por encima de cualquier otra consideración, aunque sea a costa del bien del otro o a costa de lo que durante muchos años ha llenado de significado nuestra vida.

¿Qué entendemos por opción fundamental?

Opción fundamental u opción básica es, según Joseph Fuchs, «un acto maduro de determinación propia». Otros, como Pret Frausen, la entienden como un «acto fundamental pero aún inmaduro». Maslow se refiere a la «experiencia vértice», que nace de lo profundo y da dirección a la totalidad de la vida.

Acto o experiencia vértice que tiene que ir precedido de la pregunta «¿quién soy yo?» Y esta pregunta no se puede responder de un día para otro. Toma tiempo. Algunos llegan a la edad adulta sin aún haber descubierto su ser profundo, la verdad acerca de sí mismo. Verdad que implica un ejercicio de atreverse a sumergirse en la propia interioridad para contemplar la realidad de su ser, descubrir las fuentes que lo nutren, estar abiertos a cómo los otros nos ven (los otros son también espejo de uno)… Demasiadas veces preferimos ignorar o enmascarar la realidad con la imagen ideal que nos hacemos acerca de nosotros mismos, muy relacionada, además, con la búsqueda y necesidad de la valoración externa.

Por tanto, si en la toma de decisión de esa opción fundamental, de qué queremos hacer con nuestra vida, qué sentido último deseamos dar a nuestra existencia y cómo ponemos de manifiesto esta significación en cada una de las facetas de nuestra vida, no hay una base de realismo en el conocimiento y aceptación de uno mismo, probablemente pasaremos por muchos momentos en que esa opción fundamental entrará en crisis. Ya que normalmente cuando se toman esas determinaciones que configuran la vida, aún se está en esa etapa de juventud en que la propia identidad está construyéndose, es frágil. A esa edad, nos movemos más por impulsos e ideales sin calcular riesgos o posibilidades de error.

Sin embargo, pienso, que esa opción fundamental o elección básica está más bien en el sustrato de la propia vocación profesional, de servicio, de estado de vida, etc. Es una opción que engloba y fundamenta lo que uno anhela que sea su vida, por qué cauces quiere que discurra, qué valores, ética, principios, van a orientar nuestro ser y estar en el mundo, sea cual sea el escenario en que se desarrolle nuestra acción en él. Resulta clarificadora la descripción que hace Bernhard Häring al respecto, «la opción fundamental positiva es apertura al Otro y a los otros. De lo contrario será una opción fundamental equivocada o infructuosa».

Fotografía: Eduard Balasch
Fotografía: Eduard Balasch

Fidelidad que se reactualiza

La opción fundamental puede ser la misma pero necesita ser reactualizada. La opción que se tomó a los veintitantos años sigue teniendo sentido, pero la forma en cómo se vive, se desarrolla, se integra, va cambiando con el tiempo, hay una evolución. Pero puede haber también una regresión y para evitarlo hay que, constantemente, profundizar la elección básica y llevarla a toda la vida. No hacer esta relectura puede conducir a una pérdida de sentido o que tome la dirección equivocada.

Con los años se supone que aumenta el grado de conocimiento respecto a uno mismo y, por ello, también el grado de realismo. Nos conocemos más a fondo, sabemos qué talentos y capacidades tenemos y no desconocemos nuestros límites. Hemos topado una y otra vez con la misma piedra y ya no podemos seguir dando la espalda a nuestra real realidad. Aceptamos con paz y alegría nuestra contingencia y límite. Esa sabiduría básica es un buen apoyo para avanzar, profundizar y madurar en nuestra opción fundamental.

Al mismo tiempo, se ha crecido en libertad. Ya no importan tanto los juicios o valoraciones que los otros hacen de uno. Ya no se actúa buscando el beneplácito o aprobación ajena o deseando llenar las expectativas de los demás. Lo que importa es la fidelidad con uno mismo, con su propia conciencia (experiencia profunda de conciencia), con lo que hay en lo hondo del ser. Y esa autenticidad lleva paulatinamente a la integridad y a la integración, a la entereza interior.

Fidelidad dinámica, fidelidad creadora

La fidelidad no es estática, tiene dinamismo interno. Si esto no se tiene claro y no se ejercita, esa fidelidad a la opción fundamental quizás derive hacia una cierta búsqueda de seguridad. Cuando la fidelidad a la elección básica se convierte en opción por la seguridad, se desvía de su sentido más profundo. Los años pasan y parece que con ellos se agudiza la necesidad de cobijos. Aunque todo se nos tambalee, aunque ya no tenga ningún sentido este estilo de vida, aunque nos sintamos vacíos… ¿quién se atreve a echarlo todo por la borda? Al menos aquí tenemos unas seguridades —aunque sean falsas seguridades—, es terreno conocido, sabemos por dónde movernos… Preferible morir de hastío y de vaciedad que de soledad y carencias económicas o de otro tipo. ¿Cuántas veces la fidelidad mal entendida puede convertirse en ese ámbito seguro, conocido? Se somete la libertad a la seguridad, a ese status quo en el que se identifica el bien con el orden externo y con la seguridad interna y externa. Sin embargo, en esa ansiedad por encontrar certezas y seguridades, lo que se obtiene, contrariamente, es angustia y miedo.

Esta tentación de la búsqueda de seguridades en esta etapa de la vida de más adultez, no es la única. Es el momento de la tentación del pragmatismo, del instalarse, de la autosuficiencia, de la rigidez, del activismo o del intimismo, de la mediocridad (renunciar a vivir a fondo)… Ser fiel en este contexto es apostar por la autenticidad, ser libres desde el riesgo de la propia conciencia.

La fidelidad genuina tiene que estar constantemente renovándose. Tiene que ser una fidelidad creadora de vida, de belleza, de verdad, de diálogo, de amistad,… Una fidelidad creadora de espacios donde la vida se expande y se nutre, donde hay apertura al otro, al distinto, a lo desconocido, al misterio… una fidelidad que se acrecienta en el tiempo. La fidelidad creativa es una fidelidad que no da la espalda a los nuevos escenarios que la vida va presentando, sino que los mira de frente y se reactualiza, de acuerdo a ellos. Es capaz de tomar las decisiones adecuadas ante los desafíos del presente para seguir siendo fiel en un mundo cambiante. Las formas, los modos, pueden cambiar pero la fidelidad a lo profundo, a lo esencial, permanece.

Cohumanidad

Hay una palabra y concepto alemán «Mitmenschlichkeit» que podría traducirse por «cohumanidad». Nuestra humanidad, dice Häring, «se realiza en todas sus dimensiones y potencialidades en la medida en que honramos y promovemos la misma humanidad en nuestros semejantes».

En la medida en que somos fieles a esta nuestra común naturaleza humana, en tanto cuanto libremente nos comprometemos con el otro, por el otro, en la medida en que respetamos y amamos a nuestro prójimo, nos desarrollamos como personas, caminamos hacia una plenitud como seres humanos. Ese itinerario implica fidelidad a nosotros mismos y fidelidad a los que forman parte de este presente, fidelidad a los contemporáneos que están tejiendo su vida —con sus más y sus menos— en la misma urdimbre de este momento concreto de la historia. La fidelidad bien entendida, bien vivida, nos lleva a ser solidarios con la suerte de los demás. Es una fidelidad creadora, en un esfuerzo constante, de relaciones mutuas que formen comunidades de paz consigo mismas y con los demás. Y es una fidelidad intrépida, pues no «trepida» en asumir riesgos y confiar.

Lo importante requiere tiempo

Tanto la fidelidad como otros valores que integran nuestro bagaje para ir por la vida, necesitan ser trabajados. No surgen de un día para otro ni se mantienen en el tiempo por sí solos. Exigen un quehacer constante, perseverante para que se transformen en hábitos, en actitudes fundamentales. Y eso requiere tiempo. Lo importante requiere tiempo. Y eso es precisamente lo que la sociedad actual no está dispuesta a ofrecer: tiempo. La inmediatez copa todos nuestros espacios. Y cuando algo no se logra en el mínimo tiempo que se ha establecido como meta, se considera un fracaso. Por eso, hablar de fidelidad hoy en día, vivir la fidelidad ahora y aquí es una tarea ingente, pues es ir contracorriente, pero precisamente este ir a contracorriente no nos exime de creer que vale la pena seguir siendo fieles a aquello que da sentido último a nuestra existencia. Opción o elección básica que necesita ser profundizada y purificada a lo largo de la vida. Fidelidad entendida no como refugio sino como raíz profunda que, aún en medio del desierto, alcanza las capas freáticas que la nutren y sostienen.

Lourdes FLAVIÁ
Chiu-Chiu (Chile)

 

 

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