Crisis existenciales y enfermedades ónticas

Crisis existenciales y enfermedades ónticas

La humildad óntica en la crisis y reubicación del sentido

La crisis aparece en el momento que el paradigma que sostiene nuestra vida, que la dota de cierta congruencia, entra en cuestión. A veces, se trata de un paradigma existencial: las circunstancias, de repente, cuestionan o invalidan, los fundamentos ónticos, existenciales, sobre los que hemos desarrollado nuestra vida cotidiana. A veces, la crisis simplemente deja en evidencia que estábamos mal colocados en el plano existencial, en nuestro propio ser…

La crisis suele hacernos sentir frágiles, vulnerables. Eso nos puede llevar a un estado de miedo y encerramiento que conlleva un mayor debilitamiento, o bien a una reacción que nos hace asumir la realidad tal como es y que nos fortalece, nos afianza existencialmente.

Fotografía: Natàlia Plá

[…] Hay personas que sufren grietas o fisuras en el ser. Se sienten disconformes e inseguras en lo que son, no por una cuestión psicológica sino conceptual (conceptos que, por supuesto, se han formado también en base a las experiencias personales —especialmente infantiles— y que también tienen su reflejo psicológico). Esta disconformidad con el tipo de ser que son —un ser contingente, no necesario, limitado por tanto—, las lleva a vivir en conflicto consigo mismas.

En algunos casos, esto desemboca en un enorme complejo de falta de sentido, en ese sentimiento de vacío existencial del que hablan varios autores, en esa sensación de inconsistencia que conlleva una profunda frustración. Como señala Viktor Frankl, paradójicamente esto se produce en el marco de una sociedad opulenta, tal vez porque —avanzando lo que señalaremos más adelante—, hemos colocado el sentido de la vida sobre el hacer y el tener —investiduras, al fin y al cabo—, en lugar de sobre el ser mismo.[1]

[…] Destaca el acierto de Frankl al hablar de las neurosis existenciales como las propias del hombre del siglo XX —yo añadiría que también del XXI—. Frente a las enfermedades psicógenas, él señala la existencia de «neurosis noógenas», («noo-», prefijo que denota facultades intelectuales) que afectan a conflictos de conciencia, colisiones de valores y provocan frustración existencial.[2]

Y como gráficamente expresaba Alfredo Rubio de Castarlenas (1919-1996), «se ve que en una generación los problemas y las ideas están en el aire como los miasmas; y se extienden como la peste».[3] Este autor, creador del realismo existencial y con profundas sintonías con el pensamiento de E. Stein y V. Frankl, habla a su vez de «enfermedades ónticas», enfermedades que deterioran la existencia humana por no asumir la contingencia, por no aceptar que aun siendo limitada, la vida humana tiene sentido en sí.[4]

[…] Las enfermedades ónticas están en el origen de comportamientos y acciones cotidianas que responden a este desencaje entre lo que soy y lo que considero que mecería ser, que valdría la pena ser… En el fondo, porque expresan el convencimiento conceptual de que solo se es digno de ser si se es absoluto, perfecto.

Por eso sigue siendo acertada la expresión acuñada más recientemente por Daniel Innerarity cuando habla de «patologías de la inacababilidad», debidas a la «desatención de las condiciones finitas en que vivimos». Según este autor, hay una tendencia contemporánea que continúa con el mito moderno del eterno progreso, y que olvida que:

«La vida no es abrumadora, no exige agotar el espacio de lo posible. Vivir constituye una cierta resistencia contra la optimización. La exhaustividad es inhumana; conduce a unos resultados contrarios de los que se pretendían: perplejidad, indecisión y caos en lugar de saber, acción y organización. Hay una serie de efectos perversos de la perfección que podrían englobarse bajo el calificativo de “patologías de la inacababilidad” y que se deben a una desatención de las condiciones finitas en que vivimos.»[5]

Fotografía: Joan Grané

[…] La primera enfermedad del ser es el orgullo: lo que somos —mucho o poco, da igual— nunca nos convence porque no soportamos ser limitados, no necesarios. El orgulloso óntico anhela la absolutez del ser porque la contingencia le parece poco y en su comportamiento cotidiano actúa como un semidiós. Piensen en el ejercicio del poder en cualquiera de sus formas.

La ambición óntica sería la enfermedad que no permite saborear lo que se es porque siempre se está anhelando lo que no se tiene. Jamás coloca la felicidad en lo que ya es sino en lo que cree que puede alcanzar, aunque, en caso de alcanzarlo, deviene inmediatamente insuficiente. Es la enfermedad de la insaciabilidad.

La vanidad es la enfermedad de quienes les desagrada lo que son, hasta el punto de ser incapaces de mostrarse con desnudez, con transparencia. Las energías de la persona se van en aparentar en lugar de en desarrollar lo que se es.

Cabría todavía hablar de la divinización de la razón o el esencialismo como un modo de deificar algún aspecto de la persona, transcendentalizándolo y vinculándolo así al Ser Absoluto. O del sado-masoquismo óntico que conlleva una imagen tan distorsionada de la realidad, que se cree que hay que pagar un precio por sentir cualquier tipo de placer, por ser felices, estado solo digno de un Ser Perfecto.

Y aún les hablaría de la enfermedad de la debilidad del ser: el contraísmo. Esa enfermedad que lleva a vivir en constante oposición —en contra de— para así superar el miedo a no sostenerse en el ser limitado, el miedo a no poder relacionarse amigablemente, de tú a tú.

[…] al hablar de enfermedad óntica, está claro que su tratamiento pasa por la filosofía, con independencia de que pueda tener sus expresiones psicológicas y el correspondiente tratamiento. Pero no hay que desatender la parte conceptual o no abordaremos el problema en su raíz.

Si el orgullo, en palabras de Josep Ma. Esquirol es ceguera, y según Rubio constituye la madre de todas las enfermedades ónticas, está claro que la humildad —la humildad óntica— es la expresión del hombre sano ónticamente hablando, y se expresa en una mirada nítida hacia nosotros y hacia los otros.[6]

Natàlia PLÁ
Acompañante filosófica
Barcelona

Extraído de «La humildad óntica en la crisis y reubicación del sentido». En: M.I. Rodríguez (Dir.) Sentido de la vida ante las crisis. Ávila, CITeS, Monte Carmelo, 2012. 

[1] V. Frankl, V., Ante el vacío existencial. Herder, Barcelona, 20032 (1977), pág. 17; 35-37.

[2] V. Ibíd., pág. 11-12.

[3] Rubio, A., Toda paternidad es tuya. Sígueme, Salamanca, 1967.

[4] V. Rubio, A., 22 Historias clínicas —progresivas— de realismo existencial. Edimurtra, Barcelona, 19853, pág. 153-159. Aunque la primera edición de este libro es de 1981, hallamos sus primeras formulaciones en 1952.

[5] Innerarity, D., Ética de la hospitalidad. Península, Barcelona, 2008, pág. 162.

[6] V. Esquirol, JM, El respeto o la mirada atenta, Gedisa, Barcelona, 2006, pág. 158.

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