Los tres pasos que nos abren al Cielo

Los tres pasos que nos abren al Cielo

A veces nos imaginamos el Cielo (sí, ese estar con Dios y con los demás en alegría y fiesta eternas) como algo lejano, exigente y exclusivo que sólo los santos alcanzan después de mucho sufrimiento.

Pero Jesús de Nazaret nos hace ver un Cielo mucho más cercano y accesible (“el Reino de Dios está cerca”), y en el cual podemos entrar ya desde ahora si acogemos su mensaje y nos dejamos llevar por el Espíritu Santo. Porque el Padre ofrece en Cristo su Amor a toda persona que quiera abrirse a Él. ¡Y acoger ese Amor, es el Cielo precisamente! «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.» (Jn17, 3)

¿Y cómo hacemos para conocer y acoger ese Amor? Es ahí donde se dan los tres pasos, que indudablemente suponen una muerte, una conversión diaria -más o menos dolorosa en función de qué tan egoístas y egocéntricos seamos-, pero que nos abren las puertas del Cielo. Es más, traen el Cielo a la tierra, al menos en semilla.

  1. El primer paso es aceptar con humildad y agradecer la existencia que se nos ha dado y se nos sigue dando como un regalo. En otras palabras, aceptar que no nos dimos el ser; no somos Dios, hemos recibido la existencia. Eso implica aceptar alegremente ser uno mismo. Mi cuerpo, mis circunstancias históricas, mis padres, mi origen. No hemos elegido ninguna de ellas; pueden ser más o menos gratas, pero son la condición indispensable de mi existir. Asumiéndolas con decisión puedo luchar para desarrollarme, evolucionar y cambiar circunstancias a partir de ahora, pero sobre la base de una fundamental aceptación del don de la vida tal como lo he recibido. Sin vivir con gratitud la propia existencia y nuestro ser tal como es, ¿cómo podríamos entrar al Cielo donde la tendremos para siempre?
  2. El segundo paso es aceptar con valentía la libertad que Dios mismo nos ha dado y sigue dando. Parece mentira: a mucha gente le gustaría renunciar a ese don tan ansiado y tan temido. Tener la capacidad de decidir sobre nosotros mismos y en algún grado impactar a los demás con nuestras decisiones, coloca en una situación a veces muy incómoda. Ser libres es ser también responsables… ¡y cuánto pesa a veces la responsabilidad! Pero sin libertad, tampoco podemos seguir a Jesús ni entrar en el Cielo. Jesús precisamente nos libera de todas las esclavitudes. Es el libertador por excelencia. Dios no quiere autómatas, quiere personas que libremente le digan “sí” a su plan de amor en el mundo. Por lo cual asumir el regalo de la capacidad de decidir es indispensable para ser amigos de Dios desde ahora y para siempre.
El reino de los Cielos está cerca                                                                                                                    Foto Fancycrabe1 en Pixabay

Antes de ir al tercer paso, hay que señalar que el Diablo ha aceptado estos dos regalos de Dios, pero no el tercero. Satanás sabe que es tan sólo una criatura y, aunque con ira, acepta recibir de Dios el ser y seguirlo recibiendo constantemente. También acepta decidir -y decide- no amar, decide ponerse en contra de Dios y de todas sus criaturas. Y con sólo estos dos dones, se encuentra solitario y envidioso en ese estado de aislamiento y desencanto eterno que llamamos “infierno”. No da el tercer paso indispensable para entrar en estado de Cielo:

  1. Acoger el Amor de Dios y corresponderle asimismo con amor, hasta llegar a “ser uno” con Él. Jesús muestra el camino de la unidad con el Padre. Sintonizar con ese Dios-Amor que se da constantemente, que es misericordia y perdón. Ser uno con Dios supone “hacer lo que Él nos dice”, por amor. Acoger y corresponder al Amor del Padre, revelado en el Hijo, nos llena del Espíritu Santo para poder amar como Jesús nos amó. “Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno” (Jn17, 21). Si somos uno con Cristo y el Padre, con el Espíritu Santo, ya estamos en el Cielo. Y se “crea Cielo” a nuestro alrededor.

 Estos tres pasos de algún modo nos acercan al Cielo eterno que nos abrió Jesucristo, sino también son un “mapa” para movernos en este presente que vivimos, en el hoy de cada día en que intentamos acoger y vivir el Reino de Dios aquí en la tierra. Hay ambientes familiares, comunitarios, sociales, en los que las personas aceptan los dos primeros pasos (que las alimenten y sostengan en el existir, y que los dejen libres de optar) pero no el tercero. No quieren amar y llegar a “ser uno” con los demás. Esos ambientes se convierten, técnicamente, en “infiernos de bolsillo”, que causan mucho dolor y frustración en las personas. El camino del Cielo culmina en la unidad de quienes deciden amarse.

Así pues, no hay Cielo sin humildad, libertad y caridad. Pero allí donde hay humildad, libertad y caridad, ya se está viviendo el Cielo, al menos en semilla.

(A partir de textos inéditos de Alfredo Rubio de Castarlenas)

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Sacerdote y economista
Santiago de los Caballeros, Rep. Dom.
Noviembre 2019

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