Trascender lo inmediato

Trascender lo inmediato

En el contexto de la crisis actual que vivimos, podría parecer que hablar de inteligencia espiritual es no tocar los pies en el suelo. En muchos ambientes y sectores, los recortes nos agobian y lejos de motivarnos a buscar salidas, nos llevan a una actitud inmovilista. En este artículo me propongo mostrar cómo el cultivo de la inteligencia espiritual puede ayudarnos a buscar soluciones creativas.

La mayoría de los adultos actuales somos hijos de la Ilustración y del empirismo. La razón científica —que se mueve mayoritariamente en la inteligencia lógico-matemática y la verbal— es la que predomina en nuestro entorno. Esto hace que las preguntas que fundamentan nuestras motivaciones, sean las típicamente científicas: ¿es posible?, ¿cómo se hace? Este tipo de preguntas están tan omnipresentes que, de algún modo ahogan preguntas de otro tipo que son cruciales para el desarrollo humano; como las preguntas por el sentido, preguntas cómo ¿quién soy y qué hago? que brotan de la inteligencia espiritual.

El hecho de tener ahogadas las preguntas por el sentido, por lo que queremos y deseamos, nos ha llevado a casi ni planteárnoslas. Las motivaciones por el sentido han desaparecido de nuestra reflexión.

Una de las consecuencias en la vida cotidiana es que hemos dejado de soñar, proyectar, trascender. Sólo nos permitimos pensar o proyectar aquello para lo que tenemos recursos al alcance, ya sean personales, económicos o materiales. El talante que más abunda en nuestros días es el de conformista resignado —que también se manifiesta como quejoso e inmovilista. Hay una gran carencia de modelos inspiradores, de líderes entusiastas que entreguen la vida para construir un sueño alternativo a lo establecido, y que sea inspirador para los demás. Nos faltan modelos capaces de trascender lo inmediato y soñar con un futuro mejor.

En absoluto quisiera que lo anterior se interpretara como un menosprecio del realismo y la cordura necesarios para tocar de pies al suelo; pero hoy día, nos enfrentamos ante situaciones que plantean grandes retos que necesitan un salto cualitativo: el mundo del trabajo, la conciliación y la precariedad laboral, la atención a la personas mayores y a los enfermos crónicos, el endeudamiento de por vida para tener una vivienda, las dificultades y la soledad de las familias monoparentales, la convivencia intercultural, y —desgraciadamente— un larguísimo etcétera.

Dar respuesta a estos retos, no lo podremos hacer sólo con la inteligencia racional. El primer paso para encontrar respuestas adecuadas, es hacer preguntas adecuadas, por eso, antes de preguntarnos si es posible, debemos preguntarnos qué queremos y qué deseamos.

Hoy en día, ¿quién sueña con nuevas formas de entender la convivencia en las relaciones laborales, en la familia, en los grupos sociales, en la organización del trabajo? Todo esto son competencias propias de la inteligencia espiritual: la creatividad y la capacidad de trascender, la destreza de soñar escenarios posibles de transformación de la realidad. Pero a menudo ya no nos permitimos ni pensar en proyectos para los que deberíamos crear las condiciones de posibilidad para poder desarrollarlos. Hemos dejado de proyectar cualquier empresa o acción que nos suponga ir más allá de lo establecido, más allá de lo que tenemos a nuestro alcance y «tocamos». La cuestión de si «es posible» ha ahogado la cuestión de las motivaciones más profundas para emprender cualquier cosa.

Nos movemos en unos ámbitos de posibilidad tan poco creativos que nos invade el tedio, fruto del exceso de convencionalidad en el que vivimos. He aquí por qué cada vez el ocio es más una fuga y una evasión. Y esto es un círculo vicioso: a menos creatividad y menos proyectos trascendentes, más necesidad de evasión y fuga.

La inteligencia espiritual no es monopolio de las religiones.

En Occidente nos es más difícil explicar el lugar del espíritu y todo lo referido a la espiritualidad. Tendemos a confundir espiritualidad con religión, a diferencia de los orientales, que son más holísticos y entienden la creación como un todo. En Occidente, tendemos a analizar seccionando y separado. Incluso Dios, o el trascendente, lo consideramos como algo o alguien externo a nosotros. Tenemos muchas rémoras dualistas, y en muchos aspectos todavía entendemos el cuerpo y el alma como dos entes diferenciados.

Las espiritualidades y filosofías orientales —el hinduismo, el taoísmo, el budismo, etc.— han desarrollado mucho más este centro que unifica a la persona, íntimamente relacionado con el cosmos y la creación. Para ellos es más fácil entender y captar todo lo referente a la espiritualidad. En oriente, el espíritu está en el interior de cada persona; y la espiritualidad no es algo que me viene de fuera, sino que la encuentro dentro de mí.

Y es precisamente, en este centro unificador que todos tenemos, donde se encuentra el centro del espíritu. Una bella imagen para expresarlo, es la del pozo interior. Las personas podemos imaginarnos como un cilindro vacío, similar a una flauta. El interior de la flauta está agujereado, pero no vacío. Está lleno de aire y por eso puede surgir la música.

Del mismo modo, nuestro pozo interior está lleno de aire, es decir, lleno del espíritu. No hace falta ser religioso o creyente para descubrir este aire —ruah— del pozo interior. Más aún: difícilmente seremos maduramente religiosos o creyentes, agnósticos o ateos, si no tenemos experiencia de este pozo interior. Sea cual sea nuestra creencia, las personas compartimos la misma agua de este pozo interior. Es como si hubiera un río subterráneo que comunica los pozos. Las personas que lo vivimos, nos reconocemos, por encima de religiones, culturas o ideologías. Este aire compartido que habita el pozo interior de cada uno, es como una savia común a todas las personas espirituales o, como lo llamaríamos hoy, con inteligencia espiritual.

¿Qué podemos hacer para ir a la fuente de la espiritualidad y qué encontraremos?

Ante todo, hacer como en una flauta para que suene la música: cerrar los agujeros. Por tanto, cerrar los ojos, las orejas… Apartarnos del mundo exterior y mirar hacia adentro. Así descubro que en mi interior está la conciencia, que no es otra cosa que la ciencia de mí, que no es otra cosa que mi libertad. Y es aquí, en el pozo interior, donde yo puedo poner las respuestas a las preguntas por el sentido, a las preguntas de la existencia, a las motivaciones más profundas y que son el verdadero motor de mi vida. También es aquí, en el pozo interior, donde soy de verdad más libre, porque es aquí, en el pozo interior, donde voy adquiriendo esa conciencia, esa ciencia de mí mismo: conocer quien soy. Y aquí también es donde crezco en libertad. Es aquí donde me doy cuenta de que mi libertad no es sino la fidelidad a quien soy. Pero si no sé quién soy, difícilmente podré ser libre.

Desde la inteligencia racional, muchas veces se nos ha dicho que es difícil conocerse a uno mismo, y que para eso necesitábamos el espejo de los demás. Pero utilizándola, aunque pueda parecer paradójica, en esta soledad interior, es posible contemplarse a uno mismo. Para los creyentes, este pozo interior está habitado por el Espíritu, y la conciencia —que es el espejo en el que me reflejo y el conocimiento de mí mismo—, está habitado por el Espíritu.

Para hacer este viaje hacia el interior no necesito ir a ninguna parte, no necesito ir al templo, no necesito intermediarios. Donde sea, buscar la soledad y el silencio, e ir hacia adentro. Toda la creación es un espacio óptimo para esta aventura interior. Pero que todos podamos hacer este camino hacia el interior, no quiere decir que no haya obstáculos que nos impiden emprender la «aventura interior».

Itinerario hacia el interior

Por último, ofrezco un esbozo de itinerario con dos apartados que puede ayudar a desarrollar la inteligencia espiritual y, al mismo tiempo, disfrutar de sus frutos. El primero, quitar obstáculos y el segundo, zambullirse en el pozo interior.

Los primeros obstáculos que encontramos para ir a nuestro interior son la frivolidad y la vanidad. ¿Cómo superarlos? Con seriedad y con humor. Seriedad para dar a cada cosa su importancia, y humor porque sólo con grandes dosis de humor podremos ver la ridiculez de nuestras vanidades.

El segundo obstáculo son el orgullo y la soberbia. ¿Cómo superarlos? Aceptando mi contingencia: soy limitado y mortal. No era, un día empecé a existir y sé que un día voy a morir. No tengo otra posibilidad de ser.

El tercer obstáculo es el egoísmo. ¿Cómo superarlo? Reconociendo la existencia como un don —un tesoro— que me ha sido dado. La respuesta libre a ese don es la gratitud. Y vivir desde la gratitud es dejar de vivir en clave de derechos para vivir en clave de deberes. En otras palabras: dejar de mirarme el ombligo, levantar la cabeza, y empezar a mirar a quien tengo delante. Es decir, ser para otros: fundamento de fraternidad y solidaridad.

Llegados a este punto estamos preparados para zambullirnos en nuestro interior con seriedad y con humor; aceptando con humildad y alegría ser quien soy y cómo soy, con gratitud por el don de la existencia, y sabiendo que estoy —soy— con los demás.

Cuando entro en el pozo interior, ¿qué encuentro? Encuentro la fuente de la libertad, la fuente de la creatividad, del entusiasmo, y es aquí donde tomo las opciones más fundamentales de mi vida. Y esta libertad es como la gasolina que pone en marcha el motor de energía necesaria para llevar a cabo lo que deseo, lo que quiero ser y hacer.

Maria VIÑAS
Trabajadora Social
Barcelona
Diciembre del 2022

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