Relaciones humanas en tiempos de la robótica

Relaciones humanas en tiempos de la robótica

Por Leticia SOBERÓN 

Puede parecer mero futurismo, pero la irrupción de los robots en la vida cotidiana de millones de personas está a la vuelta de la esquina. De hecho ya hay muchos supermercados que, sin necesidad de un robot, han sustituido a las personas que gestionan las cajas por máquinas que sencillamente leen los códigos de barras.

En este momento las grandes empresas de tecnología para el consumo están creando robots para diversos tipos de tareas realizadas hasta ahora por personas: información y atención al público, apoyo a enfermos y ancianos, entretenimiento e instrucción de niños… La producción en masa está ya preparada e irán bajado los precios conforme se consoliden los hábitos de tener robots conviviendo en las casas, instituciones, escuelas…

Esto suscita muchísimas preguntas que no podemos responder con certeza. Una de ellas es: ¿cómo cambiarán las relaciones entre los seres humanos en las familias, las escuelas, los barrios? Siendo más fácil y cómodo controlar y dirigir a un robot que a una persona, ¿serán las máquinas una especie de sucedáneo para que muchos se sientan acompañados y queridos? (Y habrá quien añada: ¿y qué hay de malo en ello?). No podemos menos que plantearnos estas cuestiones.

La película «Ella» afronta esta cuestión de manera muy plástica, presentando un hombre que se enamora del sistema operativo con voz de chica que responde a sus preguntas en su ordenador. Eso nos coloca en ese inmediato futuro con su carga de interrogantes: cuál es el núcleo de lo que llamamos «humano», qué diferencia hay entre las relaciones humanas y las que se dan persona-máquina, en las que parece haber un «vínculo» con algo inanimado aunque sea muy complejo y aparentemente vivo.

robótica
Pueden ser muy complejos y parecer vivos

 

Otras películas han tocado, de manera muy interesante, el tema del futuro humano con robots, por ejemplo «A.I. Inteligencia Artificial», de Steven Spielberg, que en el fondo retoma una parte de la historia de Pinocho, el muñeco de madera que quería ser niño: un robot programado para «amar» que actúa casi como un niño, y desea ardientemente convertirse en humano.

Más allá de la ciencia ficción, permítanme que sugiera aquí algunos criterios de discernimiento, sin más ánimo que el de suscitar un diálogo que será urgente en pocos años. Podría sintetizase así: «al robot lo que es de robot, y a las personas lo que es de personas».

El primer criterio: el ser humano ha modificado el ambiente y construido herramientas e instrumentos, desde que inició su presencia en la Tierra. Es «natural» en el ser humano inventar cosas y transformar el entorno. Este no es más que un paso adelante en este proceso, por otra parte imposible de frenar.

El segundo: suele suceder que el ser humano «se enamore» de sus propias obras. como Pigmalión. Sobre todo si se siente como un diosecillo soberbio con fantasías de omnipotencia. Gran riesgo que lleva con frecuencia a callejones sin salida, y nuevas esclavitudes disfrazadas de confort.

Lo tercero, una evidencia: las personas están vivas y los robots no, aunque puedan llegar a aparentarlo. El ser humano tiene vida, y muy compleja; surge de un entorno de seres vivos que también tienen una gama de diversas formas de sensibilidad: microorganismos, plantas, animales. Pero las personas tienen un «yo», es decir, una experiencia vital de ser sujetos, una consciencia refleja que les hace darse cuenta de que se dan cuenta; una sensibilidad que no se queda en la piel. Una historia, una memoria, una complejidad que nunca tendrá un robot, aunque diga «yo soy Lucy».

Ese «yo» irrepetible y radicado en el cuerpo, les da a las personas una dignidad que jamás tendrán las cosas, por complejas que sean. Porque en ese «yo», en ese misterio de la persona, radica la capacidad de ser libres, de pensar, de amar. ¡Demasiado desafío para cualquier máquina!

Eso, obviamente, nos hace bastante más incómodos para relacionarnos, sencillamente porque podemos optar, decir «no» o «sí» libremente, desarrollarnos y crecer, plantearnos preguntas e intentar responderlas. La máquina podrá ser mucho más «lista» que nosotros, pero no podrá conmocionarse al escuchar «te amo», ni sentir la eternidad en un beso.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en Comunicación
Madrid, España

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