Raíces de Europa

Raíces de Europa

Por Jordi CUSSÓ. Estos días me resuenan con contundencia las palabras del evangelio de Lucas: «Si alguien tiene un amigo y éste le sale al encuentro en la medianoche y le dice: “amigo, préstame tres panes, pues acaba de llegar de viaje un amigo mío y no tengo nada para darle”. ¿Quién de vosotros le respondería desde dentro: “No me molestes; la puerta ya está cerrada y yo y mis hijos ya estamos en la cama, no puedo levantarme a darte nada”. Os aseguro que si no os levantabais para hacer un favor al amigo, la misma impertinencia os obligaría a levantaros para darle todos los panes que necesita.» Lc 11, 5-10.

Muchas veces he leído este texto, pero esta vez la lectura me hizo sentir incómodo y hasta me hizo llorar de rabia. Fue como si de pronto me cayera un velo y leyera lo siguiente: «Amigo, la valla está cerrada, la he levantado esta tarde y tiene seis metros de altura. Ya te he dicho que las pateras son peligrosas y que los mafiosos abusan de ti. Además, nosotros estamos en la cama descansando y no queremos renunciar a nuestra comodidad, a nuestras seguridades, a nuestro grandes logros de la sociedad del bienestar. No nos molestes, quédate en tu casa y no seas imprudente que aún te harás daño.» Y lo que nos recuerda a Europa la lectura antes mencionada es: «Si no les atendéis para hacer un favor a vuestro hermano, la misma impertinencia os obligará a levantaros para darle los panes que necesita.»

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Pero, ¿qué hace la vieja Europa, quejándose de que estas personas quieran entrar en su casa, de que le pidan un plato en su mesa? ¿Cómo se extrañan de que esas personas sean tan atrevidas? ¿Cómo es posible que tengamos tan mala memoria y olvidemos las cosas más elementales? ¡Pero si cuando tenían hambre y nos pedían pan cerrábamos los ojos y mirábamos en otra dirección! ¡Si cuando nos decían que carecían de lo más elemental les acabábamos de coger lo poco que les quedaba! ¿Y ahora nos sorprende que quieran saltar una valla o atravesar un trozo de mar con frágiles pateras? No habrá valla humana ni mar u océano que no pueda ser atravesado. Ellos tienen hambre, viven en la miseria y no tienen nada que perder, porque no tienen nada, lo perdieron todo en la guerra. Somos nosotros los que tenemos miedo, porque nos da miedo perder nuestra tranquilidad, el trabajo, las seguridades, el bienestar y un largo etcétera. Algunos, incluso, tienen miedo de perder su cultura y la religión de toda la vida. ¡Pero si actuando con tanta omisión hace tiempo que las hemos perdido!

Estos días recordaba debates de hace unos años, cuando se estaba redactando la famosa Constitución Europea. Grandes discusiones por si nuestras raíces cristianas tenían que constar o no en la Constitución. Todavía tendremos que agradecer que no constara algo tan evidente, porque aunque Europa esté llena de campanarios, si nuestra fe se demuestra por las obras, estas no tienen mucho de raíz cristiana. Cuando no cumplimos ni la norma más esencial, las obras de misericordia, es decir, dar pan a quien tiene hambre, vestir al que viene desnudo, o dar albergue al desamparado; ¿cómo podemos hablar de raíces cristianas en la vieja Europa? El corazón se nos ha vuelto de piedra esperando que las leyes estatales solucionen un problema que seguramente ya no tiene solución. Recogemos lo que hemos sembrado durante tantos años, por no decir siglos. Olvidar al hermano es una ofensa grave hacia Dios, y ahora veo que hemos olvidado continentes enteros. La gran Europa humanista y cristiana, preocupada por su ombligo, viviendo de espaldas a los pobres y a los más necesitados; ¿y encima nos sabe mal que sean impertinentes?

Ya sé que estos problemas son muy delicados, de soluciones muy complejas y que no se puede ser ingenuo en sus planteamientos.  Pero me duele el alma y estoy dolido conmigo mismo y con mi Europa. Me gustaría decir a toda esta gente que estén tranquilos, que les ayudaremos, que no les dejaremos de lado, que nos preocuparemos y ocuparemos de ellos. Que puedan creer que si piden se les dará, que si llaman se les abrirá, que si buscan encontrarán. Que no hay solamente redes o mafias que hacen negocio con su desgracia, sino hombres y mujeres que aman, que quieren construir un mundo donde reine la justicia, el amor y la paz. Pero los periódicos y noticiarios me devuelven a la realidad más dolorosa. Aún así, sigo creyendo en la fraternidad existencial y tengo esperanza de que sabremos reaccionar y atenderles con la dignidad que merecen.

Jordi CUSSÓ i PORREDÓN
Director de la Universitas Albertiana
Barcelona (España) 

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