No tener miedo

No tener miedo

El miedo es una de las emociones básicas de la vida: nos vuelve prudentes y nos impide ser temerarios ante muchas situaciones complejas y delicadas. Sentir miedo no es extraño, pero lo importante es no dejarse llevar por el miedo y superarlo en aquellos casos en que el hacer o vivir van más allá de esta emoción.

Desde el punto de vista religioso, hay algunos miedos que tenemos que superar para vivir en paz nuestras creencias. Destaco los siguientes:

1.- El miedo al silencio. Nos rodeamos de ruidos, de músicas, de palabras… porque no sabemos gozar de este bien tan preciado que es el silencio. Ponemos la radio o la televisión cuando llegamos a casa; sentimos necesidad de escuchar algo, porque nos parece que, si permanecemos callados, nos sobrevendrá algo que no tenemos previsto. Estar callados es la manera de escucharse a sí mismo, y no siempre quiero escuchar lo que me he de decir. No nos escuchamos porque ya estamos llenos de contenidos, de palabras que conocemos y no queremos que nos entren otras. Funciono a partir de lo que conozco y sé, y no estoy dispuesto a abrirme a otras realidades que tal vez me obliguen a cambiar.

2- El miedo a uno mismo, a no agradarme, a no aceptarme tal como soy, a descubrir en mi persona aspectos que no me gustan y que me suponen un conflicto interno que no quiero afrontar. Lo que ha sido mi vida, con todas las coherencias e incoherencias que se hayan dado. Cuanto más tiempo he vivido, más miedo a ver errores, fracasos, sueños no realizados, deseos aparcados. Mirar mi yo con paz es vital para vivir la vida con serenidad y disposición de corazón. El miedo a aceptarme es cerrarme, es no reconocer que he sido creado y no querer entrar en lo más profundo de lo que soy para no tener que agradecer lo que soy y como soy.

Lo importante es no dejarse llevar por el miedo
La religiosidad nos invita a abrirnos al don del Amor

3.- El miedo a la soledad, muy arraigado actualmente en nuestra sociedad. Es lógico el miedo a una soledad no deseada, pero yo me refiero a la soledad buscada, la que brota de buscar espacios de estar solo, que igual que los lleno de ruido, con frecuencia los lleno de gente. Como si estar rodeado de gente me diera la tranquilidad que necesito. No ver que la soledad es un don es una gran ceguera. Momentos de soledad para gozar de mí mismo; pero si no me agrado, ¿cómo me buscaré si lo que siento es rechazo? Es tiempo de formar la conciencia, saber quién soy de hacer más caso a lo que escucho en mi interior y no a lo que dice la gente y las redes sociales.

4.- El miedo a la muerte, a ser limitado, imperfecto. No hay duda de que el límite más grande al que nos enfrentamos es el de muerte. Sin embargo es necesario aceptar la muerte para vivir en plenitud, pero esta gran frontera, sigue siendo para muchas personas un impedimento brutal para aceptar a Dios y saborear la vida; es como la gota de vinagre en el vaso de leche que, según ellos, estropea toda la leche. La muerte, sin embargo, puede ser entendida como un límite o como una condición de posibilidad. Solo podemos existir como seres mortales; eso quiere decir que si no muriera no habría podido vivir todo lo que he vivido, haber gozado de la gente, la naturaleza, los amigos, la familia, y tantas y tantas cosas. No es que deje de tener todo esto, es que no lo hubiera tenido nunca.

5.- El miedo a la humildad, a la indigencia, a ser pobres. Somos excesivamente ricos de cosas innecesarias. La pobreza de espíritu es renunciar a tener, es el camino para llegar a ser libre, a vivir sin miedos; si no, la vida se llena del miedo a perder alguna cosa. Nos convertimos en personas que viven angustiadas y pendientes de todas aquellas realidades que la vida nos arrebata. Francisco de Asís nos diría que saber vivir en esta pobreza nos llevará a la perfecta alegría; y si alguna vez lloramos, es por amor, no porque me hayan arrebatado algo o alguien. La pobreza nos hace vivir el agradecimiento, sentir que todo y todos son un don gratuito del buen Dios. Nada ni nadie son míos.

Seguramente hay muchos otros, pero el principal es tenerle miedo a Dios. La angustia es contraria a un Dios Amor que quiere lo mejor para nosotros. La religiosidad es una invitación a estar abiertos al don del Amor y acogerlo como misterio de vida.

Jordi CUSSÓ
Sacerdote y economista
Barcelona
Mayo de 2017

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