La fuerza de las virtudes cardinales

La fuerza de las virtudes cardinales

1.  ¿Qué es, propiamente, la virtud?

Resulta imposible abordar con seriedad la naturaleza de la virtud sin referirse al Libro II de la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Después de plantear la esencia de la felicidad, el filósofo griego se adentra en el universo de la virtud, porque parte de la tesis que la vida feliz, aspiración de todo ser humano por el mero hecho de serlo, depende del cultivo de las virtudes. No depende de nada más. Ni del poder, ni del saber, ni del tener. Solo de la virtud. Por ello investiga, a fondo, la esencia de la virtud, las grandes virtudes y el modo de transmitirlas.

Fotografía: Anna M. Ollé

Todos los tratados de virtudes que a lo largo de la historia se han articulado, desde el mundo griego, pasando por el Medievo, hasta los nuevos planteamientos contemporáneos, tienen que referirse explícita o implícitamente a Aristóteles, ya sea para seguir sus pasos o, simplemente, para ir más allá de él. Tres grandes moralistas del siglo XX, Joseph Pieper, Vladimir Jankélévitch y André Comte-Sponville, se refieren a él, desde perspectivas intelectuales y posiciones ideológicas y religiosas muy distintas. La virtud no pertenece a ningún credo, a ninguna ideología, tampoco es patrimonio de un partido político o de una confesión religiosa. Es, en esencia, fuerza, hábito perfectivo, lo que significa que, al cultivarlo, se crece en todas las dimensiones, se vive y se goza más intensamente del tesoro de existir.

Lo pertinente en un artículo de estas dimensiones es recoger algunas ideas en torno a la virtud y la vida virtuosa que derivan de esta gran obra del filósofo peripatético, para estimular, en el lector, la lectura directa de esta obra clásica que, a pesar de su lejanía histórica, resulta ser una óptima filosofía práctica. El profesor Emilio Lledó, gran lector, traductor e introductor de Aristóteles, la consideraba como un libro de orientación vital.

Tres ideas aristotélicas en torno a la naturaleza de la virtud que merece la pena retener:

     Una: La virtud no es una pasión, ni una facultad; sino un modo de ser. Es una perfección o excelencia de nuestro entendimiento y voluntad que regula nuestros actos, ordena nuestras pasiones y guía nuestra conducta. Las virtudes proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida buena. Y una vida buena es una vida feliz. La persona virtuosa es la que practica libremente el bien.

     Dos: La virtud es el término medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto. La virtud tiene que ver con las pasiones y las acciones, en las cuales el exceso y el defecto yerran y son censurados, mientras que el término medio es elogiado y acierta; y ambas cosas son propias de la virtud.

     Tres: Existen dos clases de virtud, la dianoética y la ética. La dianoética se origina y crece principalmente por la enseñanza, y por ello requiere experiencia y tiempo; la ética, en cambio, procede de la costumbre. De este hecho resulta claro que ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza, puesto que ninguna cosa que existe por naturaleza se modifica por costumbre.

A lo largo de la tradición occidental, se ha considerado que las cuatro virtudes que articulan la vida feliz —las denominadas virtudes cardinales—, son la templanza, la justicia, la fortaleza y la prudencia. Estas virtudes se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos buenos y el fundamento de una existencia feliz. Disponen todas las potencias humanas para armonizarse con los otros seres del mundo, para practicar la fraternidad existencial. La virtud, pues, no es un obstáculo en el camino hacia la felicidad, sino la condición de posibilidad del mismo. La felicidad está al alcance de todo ser humano si se compromete activamente a obrar en la dirección del bien, a perfeccionar sus potencias mediante el ejercicio.

2.  La templanza

La templanza modera la atracción hacia los placeres y procura la moderación en el uso de los bienes materiales. Asegura el dominio de la voluntad sobre el fondo instintivo del ser humano y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien su obrar, guarda una autonomía personal y no se deja arrastrar por las pasiones.

3.  La justicia

La justicia consiste en dar a cada cual lo que es suyo. Ser justo es practicar la imparcialidad, no dejarse arrastrar por intereses o por apetencias de orden subjetivo. La justicia es neutralidad, imparcialidad, práctica firme y voluntaria del bien. La persona justa actúa de un modo simétrico, sin ser sierva de los prejuicios o de los intereses creados. La justicia es simetría, igualdad en el trato, cálculo, mientras que el amor trasciende la justicia, porque lo da todo y no espera nada.

Fotografía: Natàlia Plá

4.  La fortaleza

En sentido amplio, la fortaleza es sinónimo de firmeza de ánimo que consiste en no dejarse zarandear por graves peligros o males. En sentido estricto, es una particular firmeza de ánimo que lleva a tener tenacidad en el cumplimiento del propio deber. La fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la práctica del bien. Reafirma la resolución de resistir las contrariedades y de superar los obstáculos que inevitablemente acarrea el existir. La virtud de la fortaleza nos hace capaces de vencer el temor—incluso a la muerte— y hacer frente a las adversidades de todo tipo. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa.

La fortaleza no es sólo la capacidad para las cosas difíciles, es decir, la paciencia y la resignación, sino también el emprendimiento de las cosas arduas. Respecto a la fortaleza se da un exceso en la temeridad y un defecto en el temor. La fortaleza empuja a reprimir el temor injustificado y a moderar la debida audacia.

El ser humano, para afirmar positivamente su ser en el mundo, tiene necesidad de formular grandes propósitos, como la paz, y perseguirlos con enérgica decisión, haciendo resplandecer así su propia naturaleza. No es solo la capacidad de soportar las cosas difíciles, es decir, la paciencia y la resignación, lo que expresa la virtud de la fortaleza, sino también el emprendimiento de las cosas arduas.

5.  La prudencia

La prudencia dispone al ser humano para discernir, en toda circunstancia, el verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo. Una persona prudente medita sus palabras antes de expresarse. No se confunde con la timidez, ni con el miedo, tampoco con la doblez o la disimulación. Es considerada la auriga virtutum, pues conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. La persona prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud, se supera en cada circunstancia, las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.

La prudencia mira a la realidad no como espectadora inactiva e indiferente, sino comprometiéndose seriamente en el crecimiento de la persona y de la comunidad. La persona prudente examina los medios a la luz del fin y en una situación concreta, juzgando cuáles son los preferibles o los que han de omitirse.

Un prerrequisito de la prudencia es la docilidad. Quien la posee, recurre de buena gana al consejo de los demás y desprecia como absurda la pretendida autarquía de cualquier decisión; se muestra igualmente dúctil para dejarse criticar y denota una verdadera humildad. También se precisa la solicitud, que mantiene clara la objetividad ante lo inesperado y se enfrenta con prontitud, con realismo, sin intemperancias, ante lo que pueda presentarse. Finalmente, requiere de previsión, que es la capacidad de examinar y prever si una acción será un medio válido para realizar el fin. No se puede olvidar la experiencia vivida, para poder superar el punto muerto de la incertidumbre que hay en el riesgo.

6.  Excursus sobre la humildad óntica

A pesar de que la humildad no forma parte del cuerpo de las virtudes cardinales, se puede considerar, en sentido estricto, como el fundamento de todas ellas. Como dice san Agustín, la humildad es la mater virtutum.

La humildad, esto es, la consciencia de los propios límites del ser,es la primera de todas las virtudes. Solo cuando uno se sabe falible, empieza a ejercer la prudencia. Solo cuando uno tiene plena consciencia de sus carencias, cultiva la fortaleza. Solo cuando uno se da cuenta que forma parte de un todo integrado y armónico es justo en su obrar. Finalmente, humildad es, también, la raíz de la templanza. Cuando uno sabe que puede perder el control emocional y anticipa las consecuencias que se derivan de ello, cultiva la templanza aunque solo fuere como un mecanismo de defensa.

La consciencia de existir y de haber recibido el don de la existencia de otros, es el fundamento de la humildad óntica. No somos seres autopoiéticos, puesto que no nos hemos construido a nosotros mismos (el mito del self made man), no existimos gracias a nuestros méritos. Existimos, pero podríamos no haber existido nunca. La consciencia de la temporalidad del propio existir y de su fatal desenlace en la muerte es la corona de la humildad óntica. Quien descubre la precariedad óntica de su ser, sabe que debe cuidarlo, protegerlo, nutrirlo adecuadamente; sabe que debe evitar cualquier vicio, porque el vicio, en el sentido más genuinamente griego, es siempre una hybris, una desmesura, un déficit o un exceso y quien ama la existencia y desea gozar del tesoro de existir, busca la virtud, porque es el camino de una vida saludable y feliz.  Quien ama a los otros y desea su existencia, les invita también a buscar ese punto medio que es el lugar de la virtud, la garantía de una existencia feliz.

Francesc TORRALBA ROSELLÓ
Filósofo
Barcelona (España)
Publicado en RE núm. 68

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