Muerta la amistad…

Muerta la amistad…

La vida humana es limitada; nuestro cuerpo comienza a ser en un momento dado y termina en otro. Nacemos, vivimos y morimos. Es un ciclo que se repite en cada ser que se abre a la existencia. Y todo lo humano queda marcado por ese carácter contingente y limitado.

No parece que pueda vivirse sin sentir algo de amor en alguna de sus expresiones. Difícilmente se lleva adelante la vida con toda su complejidad si no se cuenta con cierta experiencia de amistad al menos en algunos momentos, en uno u otro grado o expresión. Pero la amistad es una relación viva y, como hemos dicho, por ser humana, es una relación limitada. Puede enfermarse —pasar una mala racha—; puede sufrir una metamorfosis —ir a más o ir a menos—; incluso, desgraciadamente, puede morir.

Si no hay relación, no creo que pueda hablarse con propiedad de amistad, pues esta es eminentemente eso: relación. Esta no implica necesariamente cotidianidad. Ni la distancia física ni la temporal son obstáculo para la amistad. Ambas suponen una adaptación de lenguajes, de formas, de hábitos, etc., pero no son impedimentos para que podamos hablar de vida amical. Lo que sí lo impide es la ausencia de relación consciente y deliberada. Tal vez esas personas desearían seguir estando cerca una de otra, pero se sienten incapaces; algo se quebró. Cuando los amigos ya no pueden relacionarse por ninguno de los vehículos posibles, seguramente dejamos de poder hablar de amistad entre ellos. Y entonces, muerta la amistad, ¿queda algo?

Fotografía: Alberto Jiménez

Donde ha habido amor, no queda la nada. Se me hace imposible. De la vida se desprende vida, en cualquiera de sus manifestaciones. Así que, muerta la amistad, puede quedar el amor. Me temo que también podemos hallar odio tras esa muerte, pero siendo este un sentimiento destructivo, mejor intentar luchar contra él, hasta por una cuestión de «ecología emocional», como algunos especialistas indican actualmente.

La contrapartida posible es resguardar un amor que, aunque no entra en diálogo de palabras ni de gestos, sí es un amor latente en un espacio recóndito del corazón. En último término, seguramente esta sería la prueba de que lo que hubo fue realmente amistad, amistad verdadera. Donde se ha amado queda algo de amor; de otro tipo, ciertamente, pero queda un rescoldo de amor: quién sabe si algún día se pueda avivar…

Natàlia PLÁ VIDAL
Asesora y acompañante filosófica
Barcelona
Publicado en RE 67

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