Creando puentes

Creando puentes

Fotografía: Josep Alegre

Los puentes son elementos cotidianos en nuestra vida como elemento de conexión física o mental. Implican cruzar, emprender un viaje, una transición vital… El gesto de caminar de un lado a otro exige voluntad y determinación para avanzar porque el trayecto nos lleva de lo conocido a lo desconocido. En los puentes pueden distinguirse dos elementos: el pasaje y el carácter frecuentemente iniciático y peligroso que los envuelve, de ahí el gesto que muchas veces nos acompaña al cruzarlo: vamos cogidos de la mano y unidos por el mismo horizonte. Es la única posibilidad para avanzar alejándose de lo confortable para sumergirse en lo desconocido de un mundo diferente que nos ofrece otra realidad. Lo cruzamos porque creemos en nuestras posibilidades.

Cada ser humano tiene ante sí puentes metafóricos que interpelan de retos, búsquedas, perspectivas, oportunidades, formas de ver la vida, soluciones… que ha de afrontar más allá del puente. Son un tránsito a cubrir, una traba a superar, unos extremos a unir, un poder a desarrollar… para los que tal vez necesita el apoyo, asistencia y acompañamiento que le aporten estabilidad y seguridad. Los puentes necesitan también para que no se caigan, además de levantarlos sobre buenos cimentos, mantenerlos adecuadamente, actualizarlos, conservarlos, renovarlos y mejorarlos durante y después de ser construidos para garantizar la vida de los mismos. Padres, maestros, profesores y educadores en general, son personas puente para los educandos.

La educación es un punto de encuentro entre personas y el aprendizaje un fruto de ese encuentro. Educador y educando se transforman en sujetos de la evolución: crecen juntos y en comunión educándose mutuamente y teniendo el mundo como mediador. Por este vínculo la educación se va convirtiendo en una práctica social reflexiva que implica el ajuste constante y sostenido de los implicados. La ayuda pedagógica en los progresos, dificultades, bloqueos… que se experimentan en todo acto y en el proceso de educar concentra razones sociales, políticas, económicas, culturales y existenciales que están presentes aparentemente de manera dispersa pero que determinan el aprendizaje. Educador y educando van de la mano para cruzar estos puentes simbólicos que emergen de la vida.

Éste espacio dialógico real y palpable en que se va convirtiendo la educación es muy ventajoso para los educandos frente a otros entornos porque hay como mínimo un adulto que tiene conocimientos previos y mundología que pueden ser de gran utilidad en el acompañamiento. Su experiencia educativa se convierte en una oportunidad que en otras redes sociales los niños y jóvenes no van a tener. La comunicación intergeneracional que puede establecerse en la mediación y en el aula, es puente acreditado, competente y estable que es idóneo para aporta mayores beneficios que el encuentro en el mundo de la comunicación virtual no siempre contrastado.

La educación ha sido y sigue siendo un bien social indiscutible. Los pueblos que apuestan por escolarizar a más gente, durante más tiempo y en mejores condiciones, son los puebles que más progresan. Por eso los estados están obligados a proveer de servicios educativos a todos los ciudadanos, los padres a incorporar sus hijos a las aulas y los niños y adolescentes a asistir a las clases. No hay excepciones en este tema. Con más educación es mayor el progreso social y mejor la felicidad individual, y hoy en día este proyecto esperanzador puede llegar a todos. La educación es un puente de equilibrio, de creación y transformación.

Hay una educación invisible que existe sin proponerla de manera formal. Sin embargo, la frontera que separa a la educación de la enseñanza es tan tenue que resulta difícil distinguirla. La educación se inicia en la esfera privada porque ésta es una de las tareas específicas que adquirimos al convertirnos en padres. Los padres personifican el eslabón entre generaciones  que acerca el patrimonio social, arraigado y transmitido por una larga tradición cultural de inteligencias anónimas de la que surgen modelos, criterios, orientaciones y sentidos para la vida en convivencia y respeto a todos. Aunque los niños no esperan ser educados, aprenden lo que en su ambiente se valora, se aspira y se vive. Son reflejo de quien los educa e imitan su comportamiento. De la mano de sus padres el niño aprende a caminar y cruzar muchos puentes.

La buena o mala educación no depende de ninguna asignatura o sistema de enseñanza sino de la autenticidad de la vida y las costumbres de la familia educadora que vive de manera coherente entre lo que piensa y lo que hace. Sin duda la familia es uno de los ejes o pilares fundamentales en la educación de los hijos porque son el primer agente socializador y el que le acompañará gran parte de su vida. Junto a este papel relevante de la familia, la escuela adquiere gran responsabilidad en la educación de sus alumnos porque la particularidad estructural de las familias hace difícil mostrar la realidad completa en su conjunto. Es en la escuela, con su sistema capaz de proveer de experiencias que favorezcan el conjunto de las facultades necesarias para vivir de forma activa en la sociedad, donde se completa y complementa su educación.

Sin embargo, los términos educar y enseñar entran en conflicto cuando nos olvidamos que es exactamente lo que queremos conseguir con nuestras acciones. La utilización indiscriminada de estas palabras hace difícil de distinguir su sentido pleno. En educar y enseñar estamos todos, pero no es lo mismo. Tomar conciencia de mis actos en el rol de educador tiene sus consecuencias. ¿Educamos o enseñamos? Enseñar es brindar una orientación constructiva sobre qué camino seguir, es un momento del aprender que lleva al aprehender. Para ello hay que ayudar en el tú a tú crítico y reflexivo para que aflore el conocimiento que ya se tiene. Sólo así el conocimiento se desarrollará de manera significativa y competente. El espejo al que ha de mirar el educador es su propio alumno y las posibilidades que atesora para desarrollar su vida.

Educar es afinar los sentidos para desarrollar integralmente la persona que educamos, para darle “sentidos” a toda su vida. Es un proceso de construcción activo, pluridimensional y dinámico de significados entre iguales, que comporta constantes y múltiples reorganizaciones. En este proceso de construcción conjunta, de cooperación, de confrontación de ideas y significados…, enseñar y aprender van de la mano y señalan etapas complementarias y graduales de la pedagogía educativa. El que educa también reaprende al enseñar mientras ayuda a reconstruir los caminos de curiosidad del alumno que le han de preparar para afrontar situaciones nuevas y de sentido pleno. Entre despertar inquietudes y ayudar a crecer hay gran diferencia. Cada persona ha de “cruzar puentes” que le permitan dar lo mejor de sí mismo y orientarse hacia el bien, la belleza, la felicidad…

Lo educativo apunta a lo potencia y se enseña con la vida, la enseñanza se basa en el saber que se transmite con la palabra. Educamos por impregnación y con amor. Formar personas es la primera tarea de los padres. Querer lo mejor para cada uno es educar realmente. El profesor educa a través de la materia que da. El derecho a enseñar se lo da el título y el derecho a educar está implícito en la condición de padres o educadores. La enseñanza tiene que ver con los saberes prácticos y se limita en el contenido y capacidad del que aprende. La educación tiene que ver con el ser personal. Educar es desarrollar las capacidades esenciales psíquicas, cognitivas y transcendentes del educando. Es finura de espíritu cuya tarea solo la limita uno mismo. Entre saber y saber vivir hay una gran diferencia que proviene de la enseñanza y la educación. Educar es enseñar a vivir y convivir con nuestra aventura misteriosa.

Todos podemos educar y enseñar. En los centros escolares, la educación pasa por la implicación de todos. Desde la diversidad e individualidad de cada sujeto, los actos pedagógicos han de surgir desde las historias personales y colectivas para construir el significado del saber universal. La escuela adquiere vida y sentido en el encuentro intersubjetivo, en la busca de nuevos valores para la propia realidad, en los múltiples viajes auto alimentadores del mundo de lo cotidiano, en la interactividad creativa que se provoca al entrar en contacto con lo que nos rodea, en el ver, sentir y asumir nuestro papel en el mundo, en los puentes de conocimiento que se tejen entre nuestro mundo y las múltiples maneras de hacer vida en él, en el aprender a vivir el día a día y cada instante…

¿En qué dirección caminas? ¿Qué tipo de progreso estás haciendo? ¿Cuál es tu destino? El puente está ahí como un elemento cotidiano con gran poder, como única posibilidad para avanzar a lo desconocido de un mundo diferente, como transito vital que ve la luz en el mismo horizonte… Tú decides si lo cruzas y en qué dirección lo haces en tu vida y como acompañante adulto, acreditado, competente,  estable y curtido capaz de dar “sentidos” a su vida y a la de los que están a su cargo, dispuesto a ayudar a cruzar puentes cogidos de la mano para aportar seguridad y estabilidad. Los puentes siempre son integradores porque ayudan a garantizar la vida y a creer en las posibilidades de crecimiento que tenemos si nos atrevemos a cruzarlos. ¡Porqué no ser personas puente, porqué no ser creadores de puentes!

Josep ALEGRE
Profesor, filólogo y educador socio-cultural
Barcelona
Noviembre de 2018

 

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