Morir, algo humano

Morir, algo humano

Fotografia: Elena Giménez

Noviembre, por tradición, es el mes relacionado o unido, para muchos, a la muerte. Es a principios de este mes cuando, mayoritariamente, se visita y se ofrendan flores a los difuntos, como manifestación pública del íntimo recuerdo de nuestros seres queridos que han fallecido recientemente o ya hace años.

Y es en este contexto, que he recordado el tratamiento del tema de la muerte en un monográfico de la revista RE: “Morir, algo humano”. Quiero compartir, como editorial, el siguiente texto, y hacerlo también en memoria de su autor, fundador y promotor de la revista.

Dar vida a pesar de todo

Muchos temen la muerte. Querrían no tener que morir. Sin embargo viven normalmente. Trabajan y se casan. Tienen hijos.

Me parece eso, una contradicción. Si temen y no querrían morir, ¿cómo se atreven a engendrar un niño que al darle vida, se la dan inevitablemente mortal? Imposible creer que sea una secreta venganza, tan injusta por otra parte: ya que me engendraron a mí, yo engendro a otros para que pasen la misma angustia que yo. Esto, además, contradiría el verdadero amor y ternura que los padres sienten por sus hijos. Más cierto debe ser lo contrario. A pesar de tener que morir, uno ama tanto la existencia que, por encima de todo, se desea ilusionadamente poder transmitirla a otros.

Alguien podrá objetar: los hijos se tienen por la fuerza del instinto, como ocurre en todos los animales. Me parece que decir esto, es reducir el problema. El ser humano, en efecto, es un animal pero racional y consciente. Es consciente hasta de sus instintos y los suficientemente libre para controlarlos, sobre todo cuando se trata de una cosa tan tremenda como es dar la muerte a seres que, por otro lado, son los que más se aman: los hijos de nuestras entrañas. También el ser humano es lo suficientemente inteligente para compaginar su instinto de placer gratificante con una permanente no concepción si así quisiera. Por lo tanto, si tienen hijos, es porque se les quiere tener -explícita o implícitamente- y se les desea.

Podría argüirse: el hombre a veces es tan egoísta, que puede desear los hijos sólo para tener unos muñecos con que jugar mejor; o para satisfacer este poder cuasi divino, de crear nuevos seres; o tener quienes nos puedan ser útiles el día de mañana para colaborar en el trabajo o ganar dinero; o bien para acompañarnos y ser atendidos en nuestra vejez. O poder transmitir a alguien nuestros blasones o el futuro de nuestros afanes presente y que no se pierda en el vacío, lo que con tanto esfuerzo y a veces sacrificio habíamos atesorado.

Pero todas estas suposiciones, para una persona de corazón normal, no serían razones válidas -ni aún todas juntas- para transmitir la muerte a unos seres que, presuponemos, vamos a querer con todas nuestras energías.

Las reflexiones anteriores pueden servir de editorial a este número de RE “hablar” de algo tan humano como es la muerte. Porque morir quiere decir que existo; que me ha tocado la gran lotería de ser cuando podía no haber existido nunca. En este mundo sólo no muere los que no existen.

Alfredo RUBIO, RE 2ª etapa. Número 8

Fotografía: Alberto Jiménez

¿Por qué será que el ocaso
aún es más esplendoroso
que el sutil amanecer?

El Sol, de su alta carrera
llega a su meta, triunfante
antes de anochecer.

Y el Sol quedar reposando.
Es la Tierra la que gira
suavemente hacia la noche.

El Sol brilla como siempre.
Los rojos, verdes y rosas
que brotan del horizonte,

son el aplauso en éxtasis
de las nubes y del aire
y de la mar hecha espejo.

¡Oh, que lienzos de pinturas
cada día nos regala
este cambiante museo!

Uno muere como el Sol:
el trofeo arrebatando
del haber cursado la vida,

y deja estelas de luz,
…Son los demás los que siguen
de nuevo, gira que gira.

(¡Sea de paz, el ocaso
de mi vida!)

A. RUBIO

 

 

 

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