Llegadas estas fechas, cercanos a finalizar un año e iniciar el siguiente, muchos aprovechan para hacer balance al tiempo que comienzan a plantearse nuevos objetivos, soñar proyectos… Como en tantas otras ocasiones, sentimientos dispares se van entremezclando. Aflora la añoranza por vivencias que quedan atrás y el remordimiento por aquellos objetivos que no se supo llevar a buen puerto. Pero también lo hace la sensación de satisfacción por los logros alcanzados. Y, cómo no, vibran sentimientos de emoción ante nuevos retos, ante nuevas oportunidades…

Necesitamos parámetros que nos ayuden a calibrar, tanto al hacer balances como al construir proyectos. Aunque no siempre es tenido en cuenta, el entusiasmo es un barómetro interesante. Se define como un sentimiento intenso de exaltación del ánimo producido por la admiración apasionada de alguien o algo, por algo que lo cautive.

Ciertamente, ni la palabra, ni el concepto, ni su contenido, han estado de ordinario dentro de nuestro pensamiento como algo importante. Es común, tanto en las familias como en las escuelas, pensar en dimensiones que ayuden a orientar. La paz, la alegría, la justicia, la capacidad de soledad y silencio, y muchos otros valores y actitudes vitales deseables, son tomadas de referencia, tratando de asimilarlas, vivirlas, proclamarlas. Sin embargo, el entusiasmo ha sido algo casi completamente ajeno a nuestra preocupación y a nuestra ansia de vivir. Marginado, no hemos atisbado la tremenda importancia que tiene.

Nos preocupamos de tener cualidades, libertad, inteligencia, memoria, manejo de las emociones, etc., nos ocupamos de disponer de información para afrontar la vida. Incorporamos el concepto de ilusión en nuestros quehaceres dejando de lado que esta, a menudo, se refiere a una percepción o interpretación errónea de un estímulo externo real. Aun así, lo aplicamos en la acepción de esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo, asociándola con valores positivos que nos ayudan a buscar los cambios. ¿Y qué hay del entusiasmo?

Consideremos este sentimiento intenso a la hora de acometer proyectos. El entusiasmo causa un dinamismo nuevo y nos hace ser creativos, inagotables en nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. El entusiasmo se contagia, se muestra y genera energía.

Cierto que hay que detectar entusiasmos inauténticos apoyados en sueños irrealizables. Recuperar la actitud entusiástica, constituye una tarea social por cuanto contribuye a la buena salud y plenitud de un núcleo social. El entusiasmo es propio de quien está como inspirado y, con fuerza y vehemencia, avanza convencido de su buena dirección.

Sea este nuestro deseo para todos en el año que ha de comenzar: vivir el entusiasmo cabal, esa actitud afirmativa y convencida que tanto contribuye a la propia realización y felicidad de cada uno, así como al mayor fruto de nuestra actividad. Entusiasmémonos con cada cosa que hacemos, con lo que tenemos, con lo que vemos, con lo que vivimos, con las personas que nos rodean… ¡Vivir con entusiasmo!

Elena GIMÉNEZ ROMERO
Periodista
Barcelona
Diciembre 2018

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