¡Estate quieto!

¡Estate quieto!

Recuerdo una campaña publicitaria de hace unos años: Se veía un mar embravecido con olas espectaculares. Encima estaba escrita la siguiente frase: “La tranquilidad está en el fondo”. Hay momentos en la vida que son de tempestad, las olas te llevan arriba y abajo, sin tiempo para detenerte, lo cual comporta una desazón permanente. Es entonces cuando esta frase toma más sentido: la verdad, la vida, la encontrarás en el fondo, zambúllete dentro de tu ser y recuperarás la calma.

En esta época de inquietud hay que irse al fondo
La tranquilidad está en el fondo                                                                                                   Fotografía Pixabay

Tengo la sensación que vivimos una época de fuertes inquietudes, especialmente a nivel social y económico, y ello, aunque no nos agrade, nos afecta también al nivel personal. La gente está inquieta, formulando preguntas que demandan una respuesta urgente. También vivimos un momento parecido a nivel espiritual y manifestamos nuestras inquietudes a unos y a otros esperando que alguien nos aporte un poco de luz en las situaciones que hemos de vivir. En conjunto existe un cierto estadio confusión y es difícil encontrar salidas.

Igual que el eslogan de aquella publicidad, me parece que equivocamos el planteamiento. Las grandes cosas no salen de las inquietudes, sino de la quietud. La persona inquieta es la que nunca tiene tiempo, acaba una cosa y empieza otra, siempre está haciendo cosas, pero al mismo tiempo tiene que ir improvisando, porque no tiene tiempo de pararse y reflexionar. El pensamiento, la palabra, los proyectos nacen de la quietud.

Es frecuente que las personas sólo nos planteemos las cosas importantes cuando estamos inquietos, cuando las realidades que vivimos nos molestan y aturden. Pero estoy convencido de que sería mucho mejor plantearnos las cosas en momentos de quietud. Es en tiempo de sosiego, de serenidad, de paz, cuando realmente podemos encontrar soluciones y buscar nuevos planteamientos que construyan futuro. “Las prisas no son buenas para nada”, me repetía a menudo mi buen amigo Alfredo Rubio. Las cosas importantes de la vida requieren tiempo, serenidad y sobre todo quietud.

Nuestra vida es como viajar en tren, miras por la ventanilla y tienes la sensación que el paisaje se mueve. Pero ésta es una falsa percepción porque quien se está moviendo eres tú, el resto de las cosas permanecen quietas. Y cuanto más rápido va el tren, más ves las cosas pasar a tu lado, y llegas a ir tan rápido que al mirar por la ventana no tienes tiempo de reconocer lo que estás viendo, hasta llegar al extremo que la velocidad llega a ser un estorbo para la vista. Acabas por mirar el interior del tren y convencerte que la única realidad existente es la que tú estás ocupando en aquel vagón del tren. Esta misma sensación puedes tener con la propia vida. Si siempre vamos tan de prisa que acabamos por no ver nada; todo nos parece efímero, sin consistencia y nos molestan las personas porque impiden nuestro hacer. El único referente soy yo, porque los demás se han perdido en un exceso de velocidad. Nos dicen que todo tiene que tener una intensidad casi frenética porque si no, perderemos el tren de la vida. Y yo me pregunto: ¿Quién está interesado en que todo gire tan, tan deprisa? ¿Quién quiere en nuestro mundo, que la gente no tenga tiempo para sosegarse, para detenerse y disfrutar de la quietud de las cosas y de la vida?

Necesitamos tiempos de soledad y silencio, es decir de bajar un momento del tren de gozar del paisaje, de ver las cosas desde la quietud y no desde las prisas. Entonces es cuando descubres la belleza de la vida, de las cosas, de todo que te rodea y sentir que tu interior vibra ante tanta maravilla, que formas parte de todo cuanto ves y respiras. Sabes reconocer a los demás, no como algo que pasa en un momento por tu lado, sino como un ser humano a quien vale la pena amar. Es cuando comprendes el cántico de las criaturas de Francisco de Asís: hermano sol, hermana luna, hermana agua, hermano lobo, hermano hombre, hermana mujer, y te sientes fraternalmente unido a todo cuanto existe, a todo lo que Dios ha creado. Y tu corazón se expande, el espíritu descansa y encuentras el sentido de lo que vives y de lo que haces.

Da pereza volver a subir al tren, sientes y sabes que saborear este momento de eternidad es una llamada a disfrutar de la quietud, a saborear las maravillas que nos regala la creación, a descubrir el misterio de Dios que en ella descansa. Quién sabe si la mejor manera de encontrar a Dios en nuestra vida empieza por esta llamada: ¡Estate quieto, amigo!

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Sacerdote y economista
Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana
Septiembre 2019

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