Trasfondo

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Estamos hechos de tiempo

Incluso el reloj de sol sólo puede darnos la hora mientras el astro mayor mueve la sombra de su aguja. Su diseño es tan maravilloso: fruto de la contemplación de la realidad. Y, a la vez, tan limitado: sirve para lo que sirve.

Durante siglos su maquinaria, formada por una piedra grabada, una aguja de hierro y la perfecta inclinación, fue la orientación temporal de la jornada solar. Ahora se ha vuelto ininteligible para los contemporáneos. Hasta lo más simple requiere una destreza.

Lo cierto es que allá, en lo alto, se erige como un monumento a «otro tiempo», donde otros ojos le consultaban para organizar su actuar. Algo tan trascendente como el paso del tiempo era captado en el andar de una delgada sombra y, ésta, movía al ser humano en su jornal.

La tecnología ha conseguido prescindir del sol para informar la hora. Mecanismos autómatas o digitales nos anuncian al segundo en qué momento del día o de la noche nos encontramos. Y la única destreza que se necesita es administrarles energía para que nos sigan sirviendo.

Antes y ahora, la medición del tiempo nos ayuda a administrarnos, a saber qué hacer y adónde ir en cada momento. Sin embargo, antes alzábamos los ojos para consultar o imaginar la hora, en caso de día nublado. Y la jornada se acababa al agotarse la luz que el sol da. Ahora somos «más dueños del tiempo»: llevamos en la mano todo el día y parte de la noche dispositivos que nos dicen qué hacer y cómo hacerlo.

Parece que ya no hace falta mirar más allá… No obstante, el tiempo sigue siendo nuestro hogar y no podemos reducirlo a dispositivos tecnológicos. Estamos hechos de tiempo y hemos de aprender a leernos.

 

Javier BUSTAMANTE
Poeta
Ciudad de México (México)
Enero de 2020

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