Ser libre para poder amar

Ser libre para poder amar

El otro día escuché la narración de un joven a quien, siendo apenas adolescente, su padre le impedía cortejar a una chica por pertenecer a otra clase social. El joven se rebeló contra esa disposición, y el padre lo puso ante la disyuntiva: «O te quedas conmigo y cumples las reglas, o te vas y no vuelves a tener mi apoyo». El joven, seguramente sin medir del todo lo que supondría su decisión, afirmó que no podía vivir en un sitio donde no fuera libre para amar. Así que se fue. Y en efecto, el padre le cerró la puerta de la casa, le retiró su apoyo económico y no lo vio durante años. El chico se vio obligado a dormir en la calle en la gran ciudad antes de lograr salir a flote por sí mismo. Y creció sin el apoyo familiar durante varios años de su vida estudiantil e inicio profesional.

 

Adolescente
No era capaz de vivir donde no fuera libre para amar.

A partir de entonces, este joven mostró una extraordinaria capacidad para afrontar la adversidad, para valerse por sí mismo, buscar y encontrar salidas a situaciones difíciles. Eligió una universidad que se pudiera pagar trabajando, fue alcanzando en su ámbito laboral cotas crecientes de responsabilidad. Y todo ello en un contexto familiar general al que volvió más tarde, pero en el que no se le consideraba «un triunfador», persona con éxito económico visible en las categorías sociales de su entorno. No ponderaban el gran valor de una persona con tan enorme fortaleza y una brújula interior que le guió en su camino contra viento y marea.

Me pregunto qué elementos configuran la respuesta resiliente de alguien ante la adversidad. No todo el mundo es capaz de mantener su estructura personal y fortalecerla en circunstancias de ese tipo. Seguramente hay elementos genéticos, de temperamento y energía básicos. Pero también posiblemente el amor recibido de niño, por parte de su madre, abuelos, hermanos, y también, a su manera, de ese padre que sin embargo no fue capaz de asumir la libertad de su hijo. El joven desarrolló una fuerza del yo que se consolidó aún más cuando contó, tan pronto en la vida, únicamente consigo mismo para comer todos los días. Y le acompañó desde entonces una honda espiritualidad, que cultiva conscientemente y le ha preservado del rencor y la ira. Ha tenido y tiene aún ante sí otros grandes desafíos en su armonización vital, pero puede decirse que está bien cimentado para afrontarlos.

No puedo evitar compararlo en mi mente con algunos jóvenes -ellos y ellas- que, habiendo tenido la atención de sus padres y hasta grados de comodidad privilegiados, gestionan su vida con desdén, descontentos al primer contratiempo, delegando sus responsabilidades en otras personas. Se dice que muchos padres hoy han «amortiguado» en exceso las dificultades a la generación de los niños y adolescentes, con lo que se ha reducido su capacidad de respuesta a los desafíos auténticos de la vida. Un efecto de esa educación excesivamente protectora es la tendencia a atribuir a otros la responsabilidad de lo que les pasa (tienen lo que se llama «locus de control externo»). Son «los demás» los culpables de todo: el gobierno, mi jefe, mis padres… En cambio la persona que asume su vida en primera persona, tiene «locus de control interno»: sabe que no puede todo, pero intenta todo lo que sí tiene al alcance para superar obstáculos y sacar partido de todas las oportunidades.

Seguramente no pueden hacerse generalizaciones. Las personas no reaccionan todas igual, ni siempre… Tampoco es necesario arrojar a los jóvenes fuera del apoyo familiar para que crezcan. Pero parece que debemos ampliar el margen en que se les permite hacerse cargo de sí mismos, acompañándoles por supuesto en lo sustancial, pero educando su libertad otorgándoles áreas de responsabilidad personal que vayan más allá de sacar adelante los estudios. Y convocándoles para que asuman libremente la opción de seguir adelante, sin abatirse ante las contrariedades, en el aprendizaje de la vida y del amor.

En el caso de este joven, que veía recortada por su padre la posibilidad de amar a alguien elegido por él, seguramente esa fue la brújula que lo mantuvo en pie a pesar de la desprotección paterna y la carencia de otros apoyos que le habrían hecho más fácil la vida. ¡Ser libre para poder amar! Libre de las disposiciones externas e influencias obligadas, pero libre también del peso del resentimiento, la sed de venganza o la ira, que le habrían carcomido por dentro, desgastando la energía necesaria para vivir.

Ser libre para poder amar. Esta frase, que el joven pronunció de manera espontánea ante quien fue su origen, pero que le exigía una sumisión total, expresaba una guía de vida y salió de sus labios sin que él se diera cuenta del alcance que tiene.

A mí me llegó al corazón cuando la escuché. Recordé que en una entrevista radiofónica a Alfredo Rubio, estando en Hermosillo (México), la locutora le preguntó qué diría al mundo si pudiera volver después de la muerte y tuviera un minuto para hablar. Alfredo respondió: «Que sean libres, porque sin libertad no se puede amar«. Una sintonía profunda entre ese joven y el fundador de esta revista. Por eso comparto en ella esta breve historia, deseando para todos esa lucidez y esa fuerza para poder avanzar por la vida.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y Doctora en Comunicación
La Herradura, Granada, agosto 2021

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