La humanidad y tú

La humanidad y tú

Existe un fenómeno en sociología llamado el efecto tercera persona, según el cual cada uno de nosotros se siente «ajeno» o «diferente» al modo como actúan las masas, la gente, la humanidad. Por ejemplo, si se pregunta a personas por la calle si se dejan convencer fácilmente por los mensajes de la publicidad, un alto porcentaje lo negará. Si a esas mismas personas se les pregunta si los demás, la gente, se deja llevar por la publicidad, responderá con un sí rotundo. O sea, cada uno/a de nosotros se percibe diferente —y por supuesto, mejor— respecto a eso que llamamos «la gente», «los demás».

Existen frases hechas muy clásicas con esta mentalidad de fondo: «La gente es sucia», cuando se ven papeles por la calle o en la montaña. «Son como borregos», cuando hay mayoría de votos para un candidato que no es el propio. «El mundo está loco», ante fenómenos sociales que no entendemos, pero ante los que cada individuo se distancia y piensa de sí mismo que está muy cuerdo.

La pregunta es si somos realmente más lúcidos, más astutos, más libres, que ese colectivo que llamamos «humanidad» o «la gente», y si nos hemos cuestionado hasta qué punto «yo soy los otros«. Si aquello que nos sorprende y desagrada de los demás, no es en el fondo algo que uno mismo podría llegar a hacer o está haciendo en según qué circunstancias. Las necesidades físicas, psicológicas y espirituales de todos los seres humanos se parecen mucho. Los sentimientos que nos embargan, también. Nuestras reacciones ante el peligro, también.

Ciertamente hay matices entre culturas, por supuesto, y más aún entre las tipologías de carácter y personalidad. Y evidentemente, cada uno/a de nosotros es irrepetible y único. Pero existe un amplio fundamento que constituye nuestra humanidad común en la que, a pesar de todo, nada de lo humano nos es ajeno. La empatía surge justamente a partir de ese fundamento compartido en el que se descubre a las otras personas como «otros yo», con una piel sensible, con necesidad de sentido, deseosas de afecto y soporte ante las dificultades. Y además, profundamente interconectadas. Lo que sucede a unos, afecta a todos. Somos hermanos en la existencia. Nadie pidió existir, y somos. Estamos siendo. Y lo estamos, juntos.

Es humana la solidaridad y la búsqueda de la paz.

Ahora es cuando emerge veloz el argumento de que hay personas que son monstruos; que no quieren afecto, sino dominar y doblegar a los otros. Que la maldad deliberada no pertenece a la categoría de lo humano, y que no podemos de ninguna manera identificarnos con ese tipo de sujetos y de acciones. Estoy de acuerdo en esto último, por supuesto. Dentro de las capacidades humanas, comunes a todos, está también la de decidir. Y las personas convergen o se distancian según sus decisiones. Las más pequeñas y aparentemente insignificantes, nos van conduciendo en una dirección, poco a poco se vuelven más importantes y significativas. Y configuran nuestra historia.

Nuestras opciones ante los dilemas éticos importantes sobre cómo ser y cómo interactuar con los demás, nos diferencian mucho unos de otros, sí. Pero no tanto que coloquen a los diferentes como no-humanos. Desgraciadamente, la maldad deliberada está también entre las posibilidades de las personas. ¡No entre los animales! Es propia del ser humano esa opción de hacer daño. Nadie está libre de esa posibilidad. Pero también tenemos la contraria, la más ennoblecedora: la solidaridad y la búsqueda de la paz.

En el caso acuciante que estamos viviendo con la invasión de Ucrania, vemos muchas caras de esa humanidad compartida. Al mismo tiempo el ensañamiento de un grupo de personas ante poblaciones desarmadas, y la solidaridad de los pueblos vecinos y de millones de desconocidos para apoyar a los ucranianos, acoger incondicionalmente a los refugiados más indefensos. Probablemente nadie de uno y otro grupo es tan ajeno a nosotros que nos deje a salvo de comparaciones, deseadas o indeseadas. En este caso, «la gente» son ambos, y todos los matices intermedios entre bondad, indiferencia y maldad.

¿Dónde está el punto de inflexión en la vida personal para unirnos a lo más noble de la humanidad común? ¿Cómo asumir el papel que realmente deseamos en nuestra propia historia y en la historia compartida?

Un primer paso es tomarnos en serio las decisiones serias.

Hanna Arendt habló de «la banalidad del mal» asegurando que muchas personas «normales», terminan haciendo atrocidades casi sin darse cuenta, colaborando acríticamente con acciones que dañan a otros, simplemente por no plantearse las cosas de manera más consciente y responsable. Se refería a quienes colaboraron con el nazismo por ligereza, por mirar hacia otro lado, por no cuestionar lo que estaba sucediendo, justificándose diciendo simplemente que obedecían órdenes. La frivolidad de no plantearse la vida en serio, es uno de los terribles elementos de la riada de mal que tantas veces asola a poblaciones enteras. Ser frívolo es pasar por la superficie de las cosas, no queriendo ver las consecuencias de nuestras decisiones.

Por lo tanto, para colaborar a las corrientes de bien en nuestra historia, no es necesario sentirnos ajenos o distintos, sino asumir con seriedad la vida —que implica también con buen humor—, y decidir aquello que construye paz, defiende la vida, respeta la dignidad de cada persona.

Hay guerra aquí cerca. Nunca ha dejado de haberlas por aquí y por allá. Pero hemos podido, millones de personas, vivir una paz duradera durante años. No es imposible. No es un sueño. La humanidad es capaz de crear espacios de entendimiento, de arte, de ciencia, de alegría, ¡de fiesta!

Tú, yo, cada uno de nosotros, que somos «la gente», «la humanidad», podemos aportar algo bueno a este planeta, al menos a esta generación, desencantados del posible atractivo de pelear, cultivando deliberadamente el bien querer, el respeto, la igualdad de oportunidades y de salud, de vida, de solidaridad, asumiendo un papel activo y consciente en la historia que nos toca vivir.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y Doctora en Comunicación
Madrid, Abril 2022

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