La soledad en el adulto mayor

La soledad en el adulto mayor

Las personas de la tercera edad, sobre todo aquellas que padecen enfermedades o que se ven limitadas por su deterioro natural al paso de los años, requieren de compañía para no caer en un estado aún más delicado y doloroso, tanto en lo físico como en lo emocional.

Fotografía de Beytlik en Pexels

La soledad significa sentirse solo —apartado, dejado a un lado— independientemente de la cantidad de contactos sociales o de familiares que se tengan.

Hay varios tipos de soledad, la que uno elige en momentos o en periodos de la vida, donde se retira de las personas o familiares de manera voluntaria y no produce daño porque es por elección.

Luego tenemos a la soledad por enfermedad en donde familiares o amigos se retiran para no ver la evolución de la misma, porque le produce dolor presenciar situaciones críticas como la demencia, el cáncer y otras donde no toleran verlos sufrir.

La soledad por abandono, donde no les importan los sentimientos que tenga el adulto, en ocasiones es por castigo, por no tener tiempo para ellos, por no haber un lazo fuerte para apoyarlos, por indiferencia, por mil razones válidas según el criterio del que abandona.

Pero… ¿que produce la soledad o el aislamiento social, llamado así ahora en el adulto?

El aislamiento social aumenta significativamente el riesgo de una persona de morir prematuramente por cualquier causa, un riesgo que rivaliza incluso con el del tabaquismo, la obesidad y la inactividad física.

El aislamiento social se asoció a un aumento de casi el 50 % del riesgo de demencia.

Las relaciones sociales escasas (caracterizadas por el aislamiento social o la soledad) se asociaron a un aumento del 29 % del riesgo de enfermedad cardíaca y a un aumento del 32 % del riesgo de accidente cerebro vascular.

La soledad está asociada a mayores tasas de depresión, ansiedad y suicidio.

La soledad en los pacientes con insuficiencia cardíaca está vinculada con un riesgo de muerte casi cuatro veces mayor que cuando no se padece, y a un aumento del 68 % del riesgo de hospitalización y del 57 % del riesgo de visitas a la sala de urgencias.

Aunado a lo anterior en el estado emocional del adulto inician cambios que van a dañar su estabilidad como:

  • La crisis de identidad donde se viven un conjunto de pérdidas que pueden deteriorar la propia autoestima. Sintiendo que ya no son valiosos por no aportar a la familia o a los amigos las cosas que ellos hacían.
  • La crisis de autonomía, dada por el deterioro del organismo y de las posibilidades de desenvolverse en las actividades de la vida diaria, por las enfermedades, o las limitaciones propias de la edad.
  • La crisis de pertenencia, experimentada por la pérdida de roles y de grupos a los que la vida profesional y las capacidades físicas y de otra índole que se realizan en la vida social. Y los llevan a la inactividad y a la pérdida de ilusión y de capacidad de adaptarse a su nueva circunstancia.

Salir al paso de la soledad no es exclusivamente una responsabilidad de la persona mayor, o de la familia, sino de la sociedad en su conjunto. Esta debe sensibilizarse ante este problema, generando y desarrollando programas terapéuticos de prevención y control de la soledad y la depresión que deberán detectarla, neutralizarla y, sobre todo, prevenirla.

Hemos hablado de todo aquello que la sociedad puede hacer para evitar que el adulto se vaya quedando solo; es de vital importancia darnos cuenta de lo valioso de verlos, de convivir con ellos, integrarlos a nuestro mundo social, y que cada día sea para ellos una oportunidad de vida.

Aprovechemos las ocasiones de encuentro para dejar una huella de cariño y amor a nuestros adultos, hacerlos sentir que sin ellos no hubiéramos existido y que damos gracias a la vida por tenerlos todavía con nosotros.

Dra. Maria Bertha COVARRUBIAS MANRIQUE
Geriatra
Hermosillo, Son. México
Septiembre de 2022

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