La sabiduría: buscar el bien de la gente

La sabiduría: buscar el bien de la gente

La información es el caudal de datos que le llega a una persona a lo largo del día. Datos que observa, que escucha, que percibe, y algunos de ellos quedan retenidos. Esto es lo que llamamos conocimiento. Es evidente que hay estrategias para conseguir el conocimiento y hay personas que acumulan tanto conocimiento que merecen la categoría de eruditos: aquellos que han acumulado mucho conocimiento, que no han dejado perder la información, y que tienen una cabeza clara y ordenada. Pero no nos equivoquemos: esto no es ser sabio. La sabiduría como dice el filósofo francés Edgar Morin es «saber aplicar en la propia vida todo lo que hemos conocido; en el fondo, crecer en humanidad, ser más persona, desplegar el talento que tenemos dentro». Me atrevo, a poner un pequeño matiz: es saber aplicar bien, el saber en la propia vida.

«Hay que pisar el terreno, caminar por las calles, oler las ciudades,
mirar y dialogar con las personas, contemplar ‘in vivo’
su belleza para saborear realmente las cosas.»

Etimológicamente, sabiduría viene de la palabra latina sapere, de la que se derivan dos palabras: saber y sabor. Dos palabras que indican: aquel que sabe, y al mismo tiempo saborea lo que sabe (saboreando aquello de lo que trata su saber). Un saber que se alimenta de la vida, no puede ser sólo un saber teórico sobre las cosas, sino una experiencia conocida y vivida. Dice el poeta y sacerdote argentino Hugo Mujica: «Si la filosofía es la transmisión de lo pensado, la historia del pensamiento, la sabiduría es el testimonio de lo experimentado, la experiencia de la vida misma, de su gusto. El sabio no es quien pensó la vida sino quien dejó que la vida le diga lo que ella misma aprendió viviéndolo a él, quien dejó que la vida le entregue su sabor, le revele su sentido».

Nuestro propio ser

Algunos autores creen que la sabiduría es un atributo del ser y, por tanto, la primera experiencia de sabiduría debería empezar por conocer y paladear lo que es más cercano a nosotros mismos, nuestro propio ser. La sabiduría se potencia desde la soledad y el silencio, es decir, desde la contemplación profunda de la vida de las cosas que escuchamos y aprendemos. De esta contemplación que alienta la reflexión sobre nuestra interioridad, brota la conciencia, es decir, la ciencia de nosotros mismos. Esta conciencia que nace de nuestro diálogo interior nos permite saber quiénes somos y cómo somos, y ayuda a conseguir una aceptación plena, para poder utilizar y desarrollar en la vida, las potencias y capacidades de cada uno.

Situarnos en la propia existencia como punto de partida para vivir lo que realmente somos y darnos cuenta de que existimos, cuando podíamos no haber existido nunca, nos abre la capacidad de sorprendernos ante la realidad, las personas y los eventos que nos rodean. Y esta admiración sorprendente es la que nos lleva a una sana curiosidad, que es el verdadero motor del aprendizaje. El doctor Alfred Rubio señalaba: «Aquel que está contento con ser lo que él es, ser un ser humano, encuentra que el universo es muy interesante, de una gran belleza, su hogar, del que hay que cuidar. El que está contento de vivir tal y como es, cuida del universo, de las cosas que tiene alrededor; está abierto a la ciencia, a una investigación amorosa, para ir descubriendo y disfrutando de los secretos de ese universo en el que se encuentra, del que forma parte, que lo constituye porque sin él tampoco sería». De la alegría de ser, en lugar de no ser, surgen muchas preguntas y sus posibles respuestas y sobre todo el deseo y la motivación por seguir aprendiendo. Me atrevería a decir que la sorpresa, la admiración por todo lo que existe y el saber ubicarse con alegría en la realidad, son la base para lograr la sabiduría.

La sabiduría es una actitud que surge sobre todo de la experiencia, y ésta, está hecha de conocimientos, valores, acciones, creencias, emociones, deseos, principios, sentimientos, en definitiva, de una mezcla difícil de separar y que nunca es el resultado de amontonar todas estas cosas. Ni la sabiduría ni la verdad son valores exclusivamente intelectuales, ni actividades puramente racionales, sino sobre todo una forma de tocar la realidad y de recrearla.

La sabiduría consiste en hacer más verdadera la vida y no escondernos en argumentaciones y raciocinios, que a menudo sólo quieren justificar supuestas verdades objetivas. No es de sabios validar verdades abstractas, inanimadas, desencarnadas, que están fuera de la vida. Una cosa es definir el amor y otra cosa es amar. Mirando la vida y sus obras, podemos saber si realmente amamos, si nuestro amor es verdadero.

La búsqueda de la verdad

«Sabiduría viene de la palabra latina ‘sapere’,
de la que se derivan dos palabras: saber y sabor.
Dos palabras que indican: aquel que sabe,
y al mismo tiempo saborea lo que sabe.»

En el prólogo del evangelio de Juan leemos: «La vida era la luz de los hombres y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron». La «vida era la luz», pero, con el paso del tiempo, se invirtieron los términos y, terminamos diciendo: «la luz era la vida de los hombres», con lo que identificábamos la luz con el conocimiento, con la verdad intelectual y racional. De esta manera la vida ha quedado supeditada a la verdad, como si vivir fuera ir tras la verdad, y ésta se convierte en la brújula de la vida. Sin negar toda la importancia que tiene la búsqueda de la verdad: «y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres», dice el propio evangelista, la sabiduría nos dice que debemos ser luz, y que la vida es la que ilumina. Así pues, contemplando la vida de la gente vamos descubriendo sus obras, sus gestos y acciones, y mirando los hechos de la vida, vislumbramos sus conocimientos, valores, ideales y creencias, lo que podríamos llamar su «verdad». Esto no implica un relativismo radical, sino que implica una noción humana de verdad que integra el intelecto con lo concreto y la experiencia. Entre el relativismo y una absolutización de una verdad abstracta hay un riquísimo margen por el que transita la sabiduría.

A menudo, cuando la discusión se juega en el ámbito de la verdad siempre hay malentendidos y separaciones, pero cuando se realiza en el ámbito de la vida, a pesar de los obstáculos que brotan del miedo y del egoísmo, tendemos a buscar la unidad y la concordia. Esta constatación me hace entender que la sabiduría consiste en buscar el bien, llegar a la verdadera estima y concordia con los demás, y, desde esta plataforma, es de donde podremos iniciar también el debate de los valores, de los conceptos, de las ideas y de las grandes verdades. La verdadera sabiduría consiste en trabajar juntos, porque coexistimos, nos «co-constituimos», pues la vida va más allá de los conceptos.

La sabiduría nos hace entender, que debemos sentir el bien de la gente, y que, desde la encarnación concreta de este bien, podremos hacer un discurso sobre la verdad. (Mientras la gente pasa hambre o muere de sed, hacer discursos sobre las grandes verdades puede llegar a ser imprudente e improcedente). Casi podríamos decir que lo bueno que hago es mi verdad concreta. Cuando siento que hago el bien y que ese bien lo es también para los demás, es cuando mi inteligencia encuentra y siente esta concreción como una verdad de la que es difícil dudar. Dice el filósofo Josep María Esquirol: «Si la verdad es lo que se muestra y se siente con más fuerza, más vivamente, entonces la verdad es la verdad de la vida, y del amor y del pensamiento que intensifican la vida. (…) La verdad es la verdad del ser capaz de vida. Y esto determina la falsedad: todo lo que estropea la vida, todo lo que la degenera, todo lo que la niega, todo lo que duele. Todo lo que en lugar de dar, quita, que no genera nada sino que lo degenera todo: indiferencia, insensibilidad, abstracción». Éste ser capaz de vida es la brújula que nortea la sabiduría.

Mirada realista

La realidad no podemos mirarla sólo desde el exterior, ya que existe el riesgo de teorizar con excesiva facilidad y expresar una serie de razonamientos tan abstractos que no reflejen la realidad de lo que somos y vivimos. Hay que pisar el terreno, caminar por las calles, oler las ciudades, mirar y dialogar con las personas, contemplar in vivo su belleza para saborear realmente las cosas y, después, poder hablar de ellas con seriedad y buscar soluciones adecuadas a los problemas que se plantean. La sabiduría se sitúa en la realidad, no podemos situarnos fuera de nosotros mismos, de una manera idealista y abstracta.

Los sabios son maestros de vida, de libertad y de amor. Siempre hemos necesitado y necesitaremos del testimonio de hombres y mujeres capaces de enseñar, porque han conocido, probado y saboreado: la libertad, la amistad, la fraternidad, la familia, etc., todos aquellos valores que construyen personas y crean civilización. Ésta es la maestría de la sabiduría que nos hace crecer, que compromete la vida y que nos invita a transformarla.

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Director de la Universitas Albertiana
España
Publicado originalmente en RE catalán núm. 108

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