No es fácil vivir con sentido

No es fácil vivir con sentido

Sumidos en las corrientes espasmódicas y volubles de la era digital donde todo parece que pase para, seguidamente, dejar de pasar y la apariencia de cambio constante pasa a ser la única realidad que «reclama» nuestra atención y participación activa o pasiva, hablar de profundizar sobre nuestro vivir puede dejar perplejo a más de uno e incluso incomodarlo, pues cuanto más fuerza totalizadora toma el paradigma tecnológico exponente de una forma de vida cuyo el sentido se persigue en la superficie brillante de las cosas, en la instantaneidad de las experiencias, en el presentismo (virtual o no) de las interrelaciones personales…

«Se busca un sentido que venga del interior de uno mismo y lo llene de
algún contenido … para hacer la existencia más significativa y valiosa.»

Se diría que nuestra condición de homo viator en la tierra (donde estamos de paso) se haya mutado en la de ser simples “pasajeros” temporales. Siendo nuestro ‘pasaje’ el tiempo que nos toca vivir, no importa que nos pasemos toda la vida en el mismo lugar (casa, ciudad, pueblo, país…) y por mucho que viajemos, o bien que no paremos de hacer de trotamundos.

‘Pasajeros’ que no mostramos mucho o nada de interés ni consideración hacia ningún plan de existencia trascendente que vaya, pues, más allá y más a fondo de lo que se nos presenta a nuestros sentidos y sensaciones siempre ávidos de novedades y ‘negados’ para la exploración íntima, profunda y comprometida con las capas más intrincadas y complejas de la realidad, empezando por la que concierne más directamente y singular a nuestro ser personal.

De nuevo resurge el miedo a conocernos. Un miedo, a su vez, más temido y temible cuanto más hondo se convierte. Hasta el punto de que preferimos que los demás nos conozcan a su manera que conocernos a nosotros mismos de ninguna manera.

Después de todo, siempre podemos cuestionar y desmentir el conocimiento que el prójimo tenga de nosotros. Pero no podemos escaparnos de hacer frente a nuestro propio autoconocimiento. O lo encaramos o nos engañamos. ‘Convivimos’ o lo ignoramos.

El precio a pagar, la pena a pasar

Puede que todavía resonara en nuestra mente y en nuestro corazón la máxima del oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». Y que ésta fuera toda la sabiduría alcanzable en el mundo. De hecho y bien mirado, no existe ninguna interacción humana que contenga la clave de acceso a la esencia de nuestra existencia, a nuestro núcleo óntico, es decir, a lo que verdaderamente somos.

En el mejor de los casos, se dan tentativas de llegar a los demás genuinamente, es decir, sin querer sacarle sólo un provecho egoísta e interesado. A lo sumo, serán aproximaciones a su manera de ser, la cual siempre es diferente a la nuestra, por muchas semejanzas que haya entre dos individuos humanos. Y por incontestable que sea nuestra igualdad fundamental, en cuanto a miembros de la misma especie o congéneres.

Nadie negará que se hace difícil vivir con sentido. Cierto. Y más cuando se busca un sentido que venga del interior de uno mismo y lo llene de algún contenido que estime positivo, pero no primariamente para hacerle la existencia más llevadera, práctica y feliz, sino sobre todo para hacérsela más significativa y valiosa. Lo suficiente para decirse, sencilla y honestamente: «¡Vale la pena vivir!». Esta expresión tan común y, también, tan sudada, si se toma textualmente, lo resume todo. Y presenta este corolario: la vida tiene un precio a pagar: la pena que toca pasar junto al valor que proceda de darle. Algo tan aparentemente simple pero de un calado humano muy profundo.

Se puede, ciertamente, querer tener una vida fácil y pensar que no hay ningún mal en hacer todo lo posible para conseguirlo. Otra cosa es que sea consciente del contrasentido en el que incurre si no cree que su desiderátum o propósito, legítimo y natural, podría estar revestido de una dificultad ineludible que no se encuentra bajo su control y que viene de la vida misma. Y por tanto, le es intrínseca. Dicho de otro modo, querer tener una vida fácil (permítanme la redundancia) no es nada fácil.

Pero en mi opinión, se podría ahorrar tal dificultad, la reconozca o no, asumiendo el marcado distanciamiento entre el deseo y la realidad y haciéndose cargo de la tensa fricción que tan a menudo se da entre querer y poder. Desgraciadamente, sin embargo, seguimos creyendo que es mejor no escarbar demasiado en nuestro interior. Y no ya porque cada vez parece que vaya ganando más predicamento la pseudo-idea materialista que interiormente no tenemos más que vísceras y órganos vitales, sino porque profundizar en nada es perder el tiempo para acabar yendo perdidos y autoengañados, creyendo habernos encontrado a nosotros mismos.

Pero el hecho es que nadie se encuentra si no se busca primero. Y sin embargo, no hay búsqueda que garantice ningún descubrimiento, pues la incertidumbre inherente a aquélla nos sale al encuentro, por así decirlo, en cada encuentro o ‘hallazgo’ realizado.

Entendernos un poco más

«No podemos escaparnos de hacer frente
a nuestro propio autoconocimiento.»

Sin embargo, creo que lo que cuenta a la hora de entendernos un poco más a nosotros mismos y los demás es no subestimar a nadie por ser (o aparentar ser) superficial en sus hábitos, comportamientos, criterios, opiniones y valoraciones sobre su vivir diario, en particular, y el mundo en general. Ni a sobreestimar a aquellos que viven inclinados a ir siempre al fondo de las cuestiones, sean cuales sean.

Las razones con las que funcionan de ordinario los primeros, por triviales que aparezcan y por mucho que éstos no crean necesario profundizar en nada, en contraposición a los segundos (por los que cualquier experiencia, evento, hecho y realidad se presta a ser objeto de pregonas reflexiones y a ser pensadas hasta el límite de sus posibilidades de sentido), serán suficientemente válidas, al menos en términos pragmáticos, para configurar su biografía personal e itinerario existencial.

Pero la pregunta de peso es, qué han sacado de sí mismos, qué aprendizaje, conocimiento, etc. han reunido de su trayectoria vital, y si todo ello les ha merecido la pena. Y saber que la respuesta que se den, buena o mala, sólo les servirá a ellos o ellas. Lo cual podría ser más dificultoso de lo que piensan, incluso, más que el camino que hayan hecho hasta este punto… (¿final?)

Por su parte, aquellos que han tendido por sistema hacerse preguntas e indagar en los quids de las cuestiones más propiamente humanas fuera de las corrientes efímeras y superfluas de la sociedad digital, podrían quedarse in albis en el momento primordial de hacer recapitulación de su vida.

Y es que profundizar sobre el vivir tiene sus riesgos, como toda aventura humana digna de tal nombre y puede llevar a la persona a permanecer a oscuras y demasiado encerrada dentro de sí misma. Pero no hacerlo (por miedo, pereza, incomodidad, inepcia…) puede llevarla a encontrarse en la vacuidad más estéril e insustancial.

Y no parece haber un término medio. A menos, por supuesto, que se opte por nadar entre dos aguas en todas las situaciones decisivas de su existencia. En otras palabras: a no aclararse existencialmente y a dudar de todo lo que crea tener claro. Y entonces la pregunta sería: ¿se puede vivir así?

Josep JUST SABATER
Poeta
España
Publicado originalmente en RE catalán núm. 108

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